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    [Crónica] Caminar

    Por: Rodrigo Villegas

    Desde hace unos años, seguramente más de diez, que siempre que me encuentro triste o pensativo, que no puedo “resolver” mis problemas en la quietud, elijo caminar. Pero caminar bastante, demasiado, lo más que puedo. No controlo mis piernas ni mi mente y doy un paso tras otro hasta recorrer kilómetros y kilómetros de, en este caso, la ciudad de La Paz. No elijo una ruta, solo camino, camino, camino.Recuerdo, entre otras caminatas, los años de mi adolescencia, cuando se me había roto el corazón, donde decidía salir de casa en el atardecer, con la cabeza embotada de recuerdos que pasarían a diluirse por completo conforme pasaran los meses, para recorrer un largo trecho que comprendía la zona de Chasquipampa hasta la 17 de Obrajes, más o menos. Retornaba a casa al anochecer, unas dos o tres horas después de mi salida. Pero con la sensación de haber aliviado algo. O tal vez solo era el cansancio, que me permitía ya dormir más tranquilo y sin pensar en el rostro del amor perdido, con un leve dolor de pies.

    Pero esas caminatas no siempre fueron por algún conflicto sentimental, sino que varias las atribuía a diversas crisis personales, ya sea la de la falta de un empleo buscado con intensidad en mi juventud o el sinsentido de mi existencia, el preguntarme una y mil veces por qué vivía, para qué vivía. Cuando la literatura llegó a mi vida gran parte de esos dilemas se fueron cerrando, pero de tanto en tanto regresaban como pesadillas cortas, por suerte, de las que salía eventualmente al caminar horas y horas sin pensar demasiado.

    Me dedicaba más que a todo a ver la ciudad, las casas, los perros callejeros, a hablarles, a invitarles algún pan o algún otro alimento que me haya comprado en mi recorrido. A recordar mis tareas del colegio, las de la universidad, los trabajos a los que aspiraba llegar una vez finalizados mis estudios. Observaba también a las parejas, a las de jóvenes y a las más adultas, me preguntaba cuánto duraría su amor, si es que era amor todavía y no costumbre. Veía el cielo nocturno, las estrellas y la luna. Sentía el frío de la noche paceña, veías las luces de sus minibuses, de sus micros, grandes y amarillos que subían repletos de gente que hasta se colgaba de sus puertas para llegar como sea hasta sus hogares.

    A veces sacaba mis audífonos y un MP3 que tenía por aquel entonces y prefería escuchar música. Las melodías, recuerdo, pasaban de Soda Stéreo a Los héroes del silencio, de Wisin y Yandel a Joaquín Sabina. De Silvio Rodríguez a Los auténticos decadentes. Ahora, cuando salgo a caminar otra vez aquellos largos trechos, elijo a Feid, más que todo su nuevo disco El Club de las 19 flores. La música me eleva, me hace volar mientras camino.

    Recuerdo, también, mis caminatas por Cochabamba, por toda la extensa avenida Circunvalación, luego la América, la Ciclovía, los parques inmensos, la Aroma, Correos y la plaza 14 de septiembre, donde me sentaba a descansar mientras veía como las familias se sacaban fotografías o daban de comer a los pájaros del lugar.

    Pienso también en El Alto, más que todo la feria 16 de julio, que recorría de sector en sector sin una intención clara de comprar algo, solo de observar las ofertas, los colores, de caminar y caminar sin parar mientras respiraba lo más que podía para llenar mis pulmones de calma, de tranquilidad.

    Ahora, mientras camino por San Antonio y llego hasta el Estadio, a la Camacho, a la Pérez, inevitablemente, pienso también en el país. Ya tengo más de treinta años, ya no soy el adolescente que solo pensaba en sí mismo y sus problemas diarios, muchos de ellos banales. Me pregunto qué será de los precios de los productos de la canasta familiar, que ya han subido ante el levantamiento de la subvención del diésel. Pienso en las resoluciones de diversos ampliados que se van efectuando de a poco, donde determinan paros y movilizaciones en contra de esa medida, donde incluso se insinúa “un cerco a La Paz”. Recuerdo el viaje del presidente Rodrigo Paz a Estados Unidos, donde se reunió con Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, para reforzar su cercanía al Escudo de las Américas, liderado por Donald Trump, que ha amenazado públicamente a Irán en la cumbre de la ONU con “aniquilarla” si no se somete a sus condiciones y se finaliza la guerra.

    Pienso con indignación en la separata que le costó 3 millones de dólares al Gobierno de Bolivia por una publicación en un medio estadounidense, mientras los periódicos y otros medios de comunicación nacionales están casi que destruidos económicamente, sobreviviendo con lo que pueden.Ahora pienso también en eso, en la política, en el futuro cada vez más difícil de descifrar.

    Camino una vez más por la ciudad, recorro sus largas avenidas, sus calles, sus gradas. Bajo, subo, pienso también en los libros que pude leer en las últimas semanas, en las series y películas que alcancé a ver, en que sí, se pueden disfrutar de pequeños placeres cotidianos a pesar de las tristezas diarias. Me cubro con el sol radiante de primavera, con el calor, y sé que si persisto caminando seguramente varios de mis problemas, de mis tristezas, se resolverán.Tengo fe en eso. Me ha funcionado varias veces. Aunque no siempre.

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