Foto: Nobel Prize
Por: Carlos Decker-Molina
La Academia Sueca ha concedido el Premio Nobel de Literatura 2026 a la escritora canadiense Anne Carson con la siguiente motivación:
«Por sus obras audaces e imaginativas que, en un diálogo lúdico con las tradiciones clásicas, han creado nuevas formas para la literatura contemporánea».
Anne Carson nació en Toronto, Canadá, en 1950. Poeta, ensayista, traductora y especialista en literatura clásica, ha dedicado buena parte de su vida a la enseñanza del griego antiguo. En 2020 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras.
Su obra es extensa y, sobre todo, difícil de encasillar. Ha publicado libros que combinan poesía, ensayo y reflexión filosófica, como Cristal, ironía y Dios y Decreación; obras teatrales en verso, como Norma Jeane Baker de Troya; ensayos como Economía de lo que no se pierde; el diario de viaje Tipos de agua; y El método Albertine, una particular lectura de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. A ello se suman su traducción de Safo, Si no, el invierno, y el singular libro-objeto Nox.
La editorial Vaso Roto ha publicado buena parte de su obra en español.
Según algunos críticos literarios suecos, para acercarse al universo de Carson existen varias obras fundamentales que permiten comprender cómo su literatura ha conseguido borrar las fronteras entre los géneros tradicionales.
Otros destacan especialmente tres títulos: Autobiografía de rojo (1998), La belleza del marido (2001), un ensayo narrativo en 29 tangos, y Red Doc (2013).
Confieso que solo he leído un libro de Anne Carson. Y no fue una lectura fácil.
Se titula Decreación, una obra difícil de clasificar porque mezcla poesía, ensayo filosófico, reflexión religiosa y experimentación literaria. Su título original es Decreation: Poetry, Essays, Opera (2005).
El escritor español Javier Cercas ha insistido en la importancia de formularse preguntas para emprender una tarea literaria. Sigo su consejo y comienzo por una que me parece esencial para comprender a Carson:
¿Es posible desprenderse del propio yo para alcanzar algo que está más allá de nosotros: Dios, el amor, la verdad o la belleza?
Pero vayamos por partes.
¿Qué significa «decreación»?
Carson toma el concepto de la filósofa francesa Simone Weil, para quien la decreación consiste en renunciar al dominio del ego, despojarse de la voluntad de ser el centro del mundo.
No significa destruirse ni morir, sino abandonar la ilusión de que somos dueños de todo lo que sentimos, conocemos y amamos.
Aquí aparece una primera paradoja: para acercarse a lo absoluto, el individuo debe aprender a desaparecer como centro de su propia existencia.
Carson examina esta contradicción a través de tres mujeres y tres maneras de desaparecer.
Safo, la poeta griega, experimenta el amor como una fuerza capaz de deshacer la identidad. Amar significa también perder algo de uno mismo.
Marguerite Porete, mística medieval quemada por herejía en 1310, defendía el abandono de la voluntad propia para alcanzar la unión con Dios. Su pensamiento resultó intolerable para las autoridades religiosas de su época.
Simone Weil, filósofa francesa del siglo XX, concibió la renuncia al yo como una forma extrema de atención, amor y apertura a lo divino.
En las tres aparece una misma tensión: amar algo tan profundamente que el propio yo deja de ocupar el centro.
Y aquí surge otra pregunta.
¿Y qué pasa con Dios?
El Dios que aparece en estas reflexiones no es simplemente el Dios de las iglesias, los mandamientos o los dogmas. En el universo literario de Carson, lo divino puede leerse también como una manera de nombrar aquello que supera nuestra capacidad de comprensión.
La flamante Nobel de Literatura se interesa por una contradicción fundamental: queremos acercarnos a lo absoluto, pero nuestro propio deseo de poseerlo puede impedirnos alcanzarlo.
Por eso, en la tradición mística que examina, acercarse a Dios exige renunciar incluso a la pretensión de poseerlo.
Esperaba que el Nobel de este año recayera en el rumano Mircea Cărtărescu o en el israelí David Grossman. Sin embargo, la elección de Anne Carson me complace, especialmente por su manera de aproximar la literatura a la filosofía.
Lo más interesante de Decreación es que puede leerse sin necesidad de ser creyente. Quizá incluso ayude no serlo, como ocurre en mi caso.
La pregunta religiosa se transforma entonces en una pregunta existencial:
¿Podemos vivir sin colocar permanentemente nuestro yo en el centro de la realidad?
No puedo evitar recordar a Byung-Chul Han y su crítica a la sociedad contemporánea, dominada por la autoafirmación, el rendimiento y la exposición permanente del individuo.
Encuentro aquí un acercamiento fascinante entre literatura y filosofía.
Mientras nuestra época parece gritarnos «sé tú mismo, muéstrate, afírmate, hazte visible», Decreación plantea casi lo contrario: tal vez comprender al otro y comprender el mundo exija aprender a retirarse de uno mismo.
Vivimos en una sociedad que ha convertido el yo en una especie de mercancía. Hay que exhibirlo, promocionarlo, defenderlo y, si es posible, venderlo. La identidad se ha transformado en una vitrina y la existencia, en una permanente representación de nosotros mismos.
Carson, en cambio, nos invita a pensar en la posibilidad de un yo que no necesite ocupar todo el espacio.
Y aquí aparece otra paradoja: el yo no necesariamente se empobrece al dejar de ser el centro; puede enriquecerse al reconocer aquello que existe fuera de él.
Mi afuerinidad y la reconstrucción del yo
En este punto no puedo evitar introducir mi propia experiencia, aquello que desde hace años llamo mi afuerinidad.
Nací en Bolivia, viví en varios países y terminé estableciéndome en Suecia. El exilio me obligó a abandonar territorios, lenguas cotidianas, costumbres y certezas. Pero también me obligó a reconstruirme.
Mi yo ha sido una reconstrucción permanente.
El hombre que salió de Bolivia no es exactamente el mismo que llegó a Suecia, ni el que hoy escribe estas líneas. Cada país, cada lengua, cada encuentro y cada despedida han dejado algo en mí.
Mi identidad dejó de ser un territorio cerrado. Se convirtió en una suma de experiencias, algunas dolorosas, otras enriquecedoras.
Quizá mi afuerinidad sea una forma involuntaria de decreación. No en el sentido místico de Simone Weil, sino en uno profundamente humano: tuve que renunciar a la ilusión de poseer una identidad definitiva.
El exilio me enseñó que uno puede perder una parte de sí mismo sin desaparecer. Y que, a veces, aquello que perdemos deja espacio para algo que todavía desconocemos.
Mi primer yo no murió, pero dejó de ser el único.
Se enriqueció con todo aquello que estaba fuera de él.
Sin embargo, encuentro una diferencia importante entre mi experiencia y la propuesta filosófica que explora Carson. El exiliado no siempre renuncia voluntariamente a su identidad. Muchas veces se la arrebatan. No es lo mismo elegir desprenderse del ego que verse obligado a abandonar el mundo donde ese ego se había construido.
Por eso me pregunto si la decreación puede ser una liberación cuando nace de la voluntad, pero una herida cuando es impuesta por la historia.
La última paradoja
Si se animan a leer Decreación —y se lo recomiendo—, no esperen encontrar una novela ni un tratado filosófico sistemático.
Carson piensa a través de imágenes, fragmentos, poemas y contradicciones. No intenta resolver el misterio de Dios o del yo, sino mostrar lo difícil que resulta hablar de aquello que nos trasciende.
Su literatura no ofrece respuestas cómodas. Más bien nos obliga a desconfiar de nuestras propias certezas.
Y llego a mi última pregunta:
¿La decreación es una liberación del individuo o puede convertirse en otra forma de negación de sí mismo?
Porque también existe el peligro de que la renuncia al yo termine convirtiéndose en una renuncia a la propia dignidad. La historia está llena de mujeres a quienes se les exigió desaparecer, obedecer, sacrificarse y dejar de ser ellas mismas en nombre de Dios, del amor o de la familia.
No es lo mismo desprenderse libremente del ego que ser despojado de la propia identidad.
Esa tensión entre desaparecer y realizarse constituye, a mi juicio, uno de los aspectos más provocadores del pensamiento que Carson explora.
Quizá la verdadera decreación no consista en dejar de ser quienes somos, sino en aceptar que nunca hemos sido solamente nosotros mismos.
Somos también los otros, los lugares que habitamos, las lenguas que aprendemos, los amores que perdemos y las historias que nos transforman.
Tal vez el yo no sea una fortaleza que debamos defender hasta el último día, sino una casa cuyas puertas y ventanas necesitan permanecer abiertas.
Anne Carson no es una escritora fácil. Pero tampoco lo son las preguntas que plantea.
Y acaso allí resida uno de los mayores méritos de la literatura: no enseñarnos necesariamente a encontrar respuestas, sino ayudarnos a formular mejores preguntas.
Lean Decreación. No les prometo una lectura sencilla, pero sí una experiencia que puede cambiar la manera de pensar sobre el amor, Dios y, sobre todo, sobre nosotros mismos.
Totalmente recomendable.


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