Por: Roxana Pomier F.
Dicen que los adioses verdaderos reordenan lo vivido. En el Monumental, Lionel Andrés Messi habló nueve minutos, él, que durante 21 años con la Albiceleste había dejado hablar a los pies. Lo primero que nombró fue a su viejo, muerto el 8 de agosto. “Estoy hablando más que nunca y no me quiero ir de acá”, dijo hacia el final. La frase suena a disculpa y es la definición exacta de su último tango, ese que nadie que ame el fútbol quiere ver terminar. Después vino un orden de gratitudes. La camiseta, los compañeros y el “gracias” que se extendió por todo el mundo Messi.
Dijo que era el día más triste de su carrera, en el mismo estadio que, según contó, había sido escenario del día más feliz, el del primer partido después de Catar. Los que lo rodeaban se quebraron antes que él. Enzo Fernández lloró de principio a fin, y las cámaras captaron lágrimas en Julián Álvarez, en Franco Mastantuono y hasta en Lionel Scaloni.
En Enzo hay un dato espectacular. Cuando Messi se retiró por primera vez, en 2016, él era un adolescente que hacía cuentas con la edad de los dos para saber si algún día llegaría a jugar a su lado. Llegó, fue campeón del mundo con él en Catar y la cuenta le salió. Anoche lloró igual.
Y aquí, permítanme confesar un delito en este oficio. La primera regla que se aprende en una sala de redacción de periódico es que el periodista no aplaude. Mira, anota y desconfía de su propio entusiasmo. Yo la cumplí casi siempre. Casi. Porque cada vez que Messi recibía de espaldas, ante dos, tres y hasta cinco rivales pegados a la camiseta, mi libreta se quedaba en blanco, y sólo al terminar la jugada recordaba que estaba trabajando. Es de esos secretos del oficio que únicamente se confiesan cuando se agota el motivo.
Volviendo al adiós de Messi a su Selección, antes de los nueve minutos hubo un partido. Un tango se baila de a dos, y el de Messi se bailó con 85.000 personas a la vez. Una camiseta especial con dorsal dorado, un doctorado honoris causa de la Universidad de Buenos Aires antes del pitazo, todos los campeones de 2022 invitados a acompañarlo y entradas que fueron desde 19 dólares, las de los niños de tres a diez años, hasta 316 dólares en la platea media. Faltaba un rival, y le tocó Benín, el puesto 93 del ranking FIFA, un país que jamás jugó un Mundial. Benín no había leído el guion y llegó al descanso con el marcador en blanco, antes de que Argentina lo resolviera 3-0, con un golazo de Nico Paz, que como bien dicen los periodistas argentinos, fue a lo Messi y un gol de Otamendi, otro que se iba, despedido con ovación.
La gente cantó el himno llorando. En el minuto 10 coreó su apellido, porque el 10 “no se va”. El último gesto de la noche fue de Thiago, el hijo mayor, quien estalló en llanto y se refugió en el abrazo de su padre, y después Messi y los suyos dejaron la cancha caminando despacio.
Antes retumbó el “No lo soñé (Jijiji)”, del inolvidable Indio Solari y los Redonditos de Ricota. Después, los recuerdos. Los orígenes, cuando el mejor futbolista de este siglo era un problema de presupuesto de 1.500 dólares al mes, y el último truco de un hombre que aprendió a ganar caminando. Vendrá el inventario de lo que dejó atrás, con Batistuta, Crespo y Maradona de testigos, y el duelo con Diego, que Messi ganó sin proponérselo. Más tarde, el emigrante que se llevó el barrio puesto y la renuncia de 2016, que esta vez no tiene vuelta. Al final quedarán la advertencia que el propio Messi hizo desde el micrófono, la pregunta de qué hace una Selección sin su genio.
Messi había anunciado el adiós a los 39 años, después de una final perdida con España y de un Mundial en el que lloró más veces de las que acostumbra. En su carta dijo que ya no le quedaba nada por dar. Jorge Valdano respondió por todos los que amamos el fútbol: a nosotros nos deja llenos. Ya no disimulo la parcialidad que mi oficio me prohíbe.

Foto: AFA – Selección Argentina
Dos canciones para un adiós
Las tribunas eligieron la banda sonora sin consultar a nadie. Cantaron “No lo soñé”, del Indio Solari, una canción que las hinchadas llevan a los estadios desde hace años. El título, tomado al pie de la letra, contiene el estupor de quien asiste a algo extraordinario y teme despertarse.
Solari murió el 5 de junio, días antes de que empezara el Mundial, y dejó grabado un mensaje que nunca se animó a enviarle a Messi. Lo llamaba “un tesoro deportivo argentino” y le sugería, a manera de posdata, ir por otro campeonato del mundo. El periodista Hernán Castillo lo hizo público. Una semana después de la muerte del cantante, Messi publicó un video de entrenamiento con otra canción suya, “Encuentro con un ángel amateur”. Fue por ese campeonato, llegó a la final y la perdió con España.
Para el último tango propongo “Adiós Nonino”, de Ástor Piazzolla, y no sólo por el título. Piazzolla estaba de gira en Puerto Rico cuando le avisaron de la muerte de su padre, Vicente, apodado Nonino, y escribió la pieza en octubre de 1959, en Nueva York, lejos de todo. Retomó “Nonino”, el tango que le había dedicado a ese mismo padre cinco años antes en París, conservó su parte rítmica y le agregó la letanía de un lamento. Es un adiós construido con materiales previos, muy parecido a lo que hizo Messi. 21 años con la camiseta Albiceleste, reordenados en una sola noche.
Messi llegó a su último tango menos de dos meses después de perder a su padre, Jorge, el hombre que lo acompañó a Barcelona cuando Leo todavía era un niño. Fue lo primero que nombró cuando tomó el micrófono.
Esos 1.500 dólares
A los ocho años, al futbolista más grande de este siglo le faltaba una hormona. El tratamiento costaba 1.500 dólares mensuales, una suma imposible para su familia. Dos empresas rosarinas lo sostuvieron un tiempo. Cuando ese dinero dejó de llegar, Newell’s, su equipo, no quiso asumirlo y River Plate, que lo probó y lo quiso, tampoco. Terminó cruzando el océano, y el 14 de diciembre de 2000 Carles Rexach le prometió un futuro sobre una servilleta de bar, un papel con el mismo valor legal que una plegaria.
Una servilleta y una cuenta mensual. Eso separaba al mejor de su generación de ser una buena anécdota rosarina. Quien vive de cerca un club sudamericano conoce esa aritmética de memoria. El talento se cría acá y la factura se cobra allá.
Lo que dejó atrás
El inventario y las cifras tienen algo de ofensivo. Messi cierra con 208 partidos jugados, 126 goles y 70 asistencias con la camiseta albiceleste. Batistuta, dueño durante años del récord de goles, se quedó en 56, menos de la mitad. En los Mundiales, Messi marcó 21 y el Batigol, diez. En las Eliminatorias, 36 frente a los 19 de Crespo. Las 208 presencias dejan en 106 las que había alcanzado Simeone hasta 2002, y las 70 asistencias más que duplican las 26 que se le atribuyen a Maradona en toda su carrera.
Con Diego, la comparación pierde la cortesía. Maradona jugó cuatro Mundiales y Messi, seis. Diego fue capitán en 16 partidos de la Copa del Mundo, Messi en 26. Ganó 23 partidos mundialistas contra 12 y acumuló 3.055 minutos frente a los 1.938 que sumó Diego hasta Estados Unidos 94, el torneo del que lo apartó el dopaje.
Maradonianos dirían que a Diego lo recordamos por lo que hizo una tarde de 1986 contra Inglaterra, y a Leo por lo que hizo durante 21 años.

Foto: AFA – Selección Argentina
Ganar despacio
Con los años, Messi aprendió a jugar más despacio y a hacer más daño. El gran Valdano lo comparó con el ilusionista René Lavand, que repetía su truco de una sola mano cada vez más lento sin que nadie lograra atraparlo. La imagen es exacta. Yo le sumaría la del ajedrecista que ya no necesita mover rápido porque ve tres jugadas por delante del reloj.
Los números hacen el resto del trabajo con aburrida elegancia. Seis Mundiales y 34 partidos mundialistas. Los especialistas en datos calculan un promedio de 0,79 goles por partido sostenido durante más de 20 años, algo que ningún otro jugador de élite logró.
A los 39, en su último Mundial, Argentina perdía 2-0 contra Egipto a 11 minutos del final. Jonathan Wilson cuenta que Messi pareció decidir, ahí mismo, que aquel no sería su último partido mundialista. Argentina ganó sin necesitar la prórroga.
Los dos milagros
Dicen que Diego era el drama y Leo es la eficacia. La vida los juntó con cierta crueldad. Maradona dirigió a Messi en Sudáfrica 2010 y tenía que lograr que su discípulo consiguiera lo único que le faltaba para destronarlo. No lo consiguió ninguno de los dos. Un año antes, el 1 de abril de 2009, con Diego en el banquillo y Leo en la cancha, Argentina había perdido 6-1 en La Paz.
Muchos años después, Messi ganó el Mundial que a Diego le quitaba el trono.
El emigrante
El ídolo global es también un emigrante. Se fue de Rosario siendo casi un niño y se llevó el barrio latinoamericano puesto. Habló siempre como quien aún vive en él. La política argentina intentó repartírselo, Diego para unos, Leo para otros, como si el genio necesitara carnet. Un jugador de ese tamaño pertenece a quien lo mira y eso incluye a millones de personas que jamás pisaron la Argentina.
Sí iba en serio
En 2016, después de fallar su penal en la final de la Copa América contra Chile, Messi se retiró de la Selección. El país entero lo tomó como una amenaza y organizó una campaña para que volviera. Volvió, y en diez años ganó dos Copas América y un Mundial, y llegó a otra final. Quienes lo convencieron imaginaban seis años más. Fueron diez.
Tiene 39 años, perdió a su padre pocas semanas después del Mundial y reconoció en público sus dudas sobre cuánto más podría jugar. Queda Miami, con contrato garantizado hasta 2028 y una duda razonable sobre si lo cumplirá. Nadie en ese club está en posición de discutirle el calendario.
Lo que viene tiene fecha y nombres. Scaloni firmaría una extensión hasta la Copa América 2028, con opción al Mundial de 2030, y de los 35 convocados para esta ventana, 12 tienen tres partidos internacionales o menos. Argentina ya demostró que puede brillar sin su estrella: goleó 4-1 a Brasil en marzo de 2025 con Messi fuera de la cancha. Ese día había red debajo del trapecio. Ahora hay que aprender a trabajar sin ella.

Foto: AFA – Selección Argentina
La agenda tuvo su ironía. La primera parada de la Argentina sin Messi fue Bolivia, que cayó 4-0 en Córdoba el 30 de septiembre. Tres días después, Burkina Faso cayó 7-0 en el Monumental. Once goles a favor y ninguno en contra antes de que Leo volviera a ponerse la camiseta, y 14 con el 3-0 a Benín. La red, por ahora, aguanta.
Messi, que conoce mejor que nadie el valor de una red, no se fía. En su discurso avisó que vendrán momentos malos, porque lo que se hizo durante tantos años no es normal. Pidió no darles el gusto a quienes quieren ver mal a su Selección. Él, dijo, la defenderá desde la tribuna.
Los minutos de descuento, que Argentina vivió durante una década como un estado de gracia, pasan a ser minutos de descuento a secas.
El último tango
Alguna vez leí que lo peor de que se acabe una época es el vacío. Pero no hay vacío donde queda la memoria y lo que Messi nos dejó ya no depende de él, es nuestro. Gracias por eso. Gracias por un talento que discutió con la geometría y con la gravedad y por una genialidad que convirtió el área rival en territorio de milagros cotidianos. Gracias por la historia, la del niño al que dijeron que su cuerpo no alcanzaría y que terminó alcanzando el cielo, la del hombre que cargó un país entero en la espalda. Gracias por los que lloramos sin saber por qué, por los que contaremos lo visto sin que nos crean y por los que aprendimos con él que se nace con talento, pero la grandeza se insiste.
Aún queda su despedida del fútbol, la de su club, la que todavía no tiene fecha. Que sea la que se reserva a las leyendas. Que llegue con la libreta en blanco y la certeza de que, mientras alguien reciba de espaldas y levante la cabeza, él seguirá siendo la medida.


![[Artículo] Un abrazo para la historia](https://unapalabra.net/wp-content/uploads/2026/10/Diseno-II-14-218x150.jpg)
