Por: Rodrigo Villegas
Bailas en El Dorado. Es la noche oscura, la noche abrumadora. Las luces del local, las sillas, las mesas. Las cervezas encima de ellas, las que se terminan. El líquido que se diluye en tu garganta, que baja hasta tu estómago y que sube mágicamente hasta tu cerebro. Que te permite bailar mejor. Es El Dorado, en El Alto, aquella ciudad a la que vuelves siempre que buscas ser feliz. Habitualmente sucede.
En un momento de aquel viaje hacia el fin de la noche el grupo Expreso ingresa a la tarima, encima, y canta “Yo soy tu maestro…”, un ya clásico de la cumbia nacional. Tú bailas, ahora estás en la pista, con muchas personas. Colores, diamantes, aromas. Sensaciones.
Recuerdas la última vez que estuviste ahí, hace ya más de un año. Tu situación era diferente. No estabas solo.
Olvidas cualquier acontecimiento nacional, las problemáticas del país, de tu vida. No piensas en tu trabajo: es sábado por la noche, estás totalmente libre. No estás de turno. No estás de turno.
Bailas. Las luces se reflejan en tu rostro, te cierran los ojos. Sueñas, vuelas. Tus amigos están cerca de ti. Deambulan, dan vueltas, ríen con fuerza. Beben y beben. La vida se nos escapa de las manos. La sostenemos con fuerza, más aún en momentos como este.
Son las 23.00, las 00.00, las 01.00, las 02.00. Tal vez a las 03.00 o 04.00 se van, la fiesta se ha diluido. Quedan hombres durmiendo encima de algunas sillas rojas; también mujeres, aunque menos. Poca gente baila, la que resiste al alcohol en la sangre.
Te encaminas a tu casa, en La Paz, en la ciudad. Subes a un minibús, luego a un taxi. Pierdes un audífono. Tienes flashes. Nada más.
La vida es hermosa, piensas, en medio del sueño.
Escuchas canciones al despertar, apenas puedes leer las últimas páginas de El museo de la inocencia, novela de Orhan Pamuk que te tuvo junto a ella por dos semanas. Uno de esos amores fugaces que les gusta a todos, pero que dejan marca como cicatrices. Así fue este libro. Piensas, también, en La bola negra, película española que viste un día antes de salir a El Dorado. Gran historia basada en un manuscrito de Federico García Lorca, o algo así. Recuerda la música, no la olvides: melodías de Feid se mezclan con Roberto Carlos, David Castro y The Police. De Alejandro Sanz con los Rollings Stones.
En la tarde, sin pretenderlo, es la chicha, jarrones, creo que más de tres. El coco que corona el líquido café, que te pinta los labios. De los que te acompañan.
Se hace la noche, cenas una sullka de ahí mismo, de aquel restaurante de comida chuquisaqueña y cochabambina. Piensas, otra vez, en lo feliz que eres ahora. Pero recuerdas, también, que son momentos, instantes, nada más. Recuerdas que hace unas semanas estabas en la lona, herido en el alma. Que te costó levantarte, pero lo hiciste. Y ahora te sientes bien otra vez. Muy bien.
La coronación de aquel fin de semana sagrado se da con la victoria de Lula en la segunda vuelta electoral en Brasil, donde, contra todo pronóstico, derrota a Flávio Bolsonaro. Ves los estados de Instagram. Compartes algo. Te alegras demasiado, así como la mayoría de tus contactos. Piensas en la esperanza, en la potencia de esa palabra.
Duermes. Pero despiertas en la madrugada. El calor que sientes es abrumador. Ves desde la ventana la luna, hermosa, como pocas veces antes la has visto. Es amarilla, brillante. Parece que te mira de frente, que te dice estoy acá, admira mi belleza. La veo sin pestañear por varios segundos, aunque tal vez son minutos. Hasta que las nubes, agresivas y pesadas, la cubren de a poco, como una manta.
Son las 03.00, tal vez un poco más. Ahora sí duermes. Ya es lunes, en unas horas deberás trabajar, retomar la rutina de todos los días, la vida adulta. La de ganarse la vida.
Eso sí, siempre se podrá regresar a El Dorado. Siempre se podrá ser feliz, un poco más.


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