Foto: FIFA
Por: Rodrigo Villegas
Un centro, un cabezazo al medio del área, una pierna izquierda que empuja el balón a la red, al arco, que marca el gol, que provoca el grito de cientos, de miles de sus hinchas. Fue así: Pedro Perro tiró el sablazo, Nico Williams se adelantó a su marcador y logró dar con la frente a la pelota que llegó hasta casi el punto del penal, fue Ferran Torres, quien había ingresado desde el banco de los suplentes, el conocido como “Tiburón”, quien perfiló bien su zurda y derrotó a Emiliano Martínez, el arquero de la selección argentina de fútbol, y así, con ese solitario gol en el alargue, le brindó la Copa del Mundo, la segunda de su historia, a España, la más que merecida ganadora de este certamen que nos emocionó a todos.
Tuvieron que pasar dieciséis años para que la Roja sostuviera una vez más el trofeo más anhelado de este deporte. En aquella final contra Países Bajos, con aquel gol mágico de Andrés Iniesta, el equipo español se coronó en Sudáfrica a la espera de repetir esa proeza. Hoy, de la mano de Lamine Yamal, de Rodri, de Laporte, Cubarsí, Cucurella y otros tantos, lo ha hecho una vez más.
Su entrenador, Luis De la Fuente, dio un masterclass de resistencia en la cancha, de copar cada espacio del césped, de tener siempre la pelota en su poder, de adueñarse de todos los segundos balones, de los rebotes, y no desesperarse ante la intención del equipo de Lionel Messi de recuperar el esférico, de hacer algo, lo que sea, para marcar un gol, cosa que no pudo pasar debido al esquema táctico del DT español, que ya hace solo dos años consiguió una Eurocopa con esta misma selección.
De la Fuente ya lo había demostrado días antes con Francia, tal vez la gran favorita para ganar el Mundial debido al nivel extraordinario de Mbappé, que se terminó retirando de la competición como el goleador, con diez anotaciones. La Roja anuló a una temerosa Francia que había destruido a sus anteriores rivales, pero que no pudo con el juego de posesión del equipo español que, sin apresurarse, con la lentitud de un orfebre, la dejó afuera en Semifinales.
Esta vez sucedió prácticamente lo mismo. España dominó de principio a fin el juego, superioridad que se vio incrementada con la expulsión de Enzo Fernández a poco del término del segundo tiempo. Por eso mismo, Lionel Scaloni, el entrenador de la albiceleste, colocó a mediocampistas y defensores, apelando a la resistencia y a los penales, pero la Furia roja fue más contundente, aunque ya había errado más de una posibilidad medianamente concreta.
El hachazo de Ferrán fue el golpe de gracia, la conclusión de algo que se veía venir, que estaba al caer. Fue el fin, parece ser, de una era: la de Messi, de quien es más que probable que fue su último Mundial.
España logró con elegancia y suprema calma lo que sus predecesores, los campeones del 2010, habían hecho marca registrada, aunque con un poco más de vistosidad, de talento propio en aquella ocasión. Esta selección apeló a roer desde los cimientos a sus rivales como si fueran una mesa de madera y ellos, los jugadores, termitas. Poco a poco, muy lentamente, las dejaron sin patas, sin defensas. Y supieron cuándo y cómo dar el golpe definitivo.
España es una digna campeona del Mundo. Más que merecida.


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