Por: Rodrigo Villegas
Toma el micrófono, agradece al público que lo acompaña. A los amigos, a la familia. A los desconocidos con los que hablará luego, cuando le toque firmar los libros, los suyos, que caigan en la mesa de la presentación. Cuando levante la cabeza y su sonrisa refleje el placer de ver su trabajo correspondido. De sentir que su obra, a la que tanto esfuerzo le ha puesto, llega a determinadas personas. Eso sucede en una de las salas de la Feria Internacional del Libro (FIL) de La Paz de este año. En otra sala cercana, casi al lado, sucede un evento similar, casi idéntico. Se oyen aplausos, voces felices. Así nacen, a veces, los libros.
Algo de eso se ha vivido en los ya doce días de feria, que culminan este domingo 9 de agosto después del ruido y la furia de los días consecutivos de venta, del descanso anhelado por los libreros, pero también de la nostalgia de los que ya no estarán en esos stands, en los pasillos, en las salas de presentaciones. Habrá que esperar un año para repetir esta alegría mezclada con un cansancio acumulado.
Eso sí, si algo hay que aplaudir a los encargados de ofrecer los miles de libros que se encuentran acomodados de distintas formas en los stands de las editoriales y librerías es la sonrisa firme, casi de soldados, de los feriantes, que resisten el frío, el letargo de la lengua ya seca de tanto hablar para convencer a los compradores de que ejerzan justamente esa apelación. Es heroico a ratos no bajar la guardia y atender con la confianza y templanza del caso ante un agotamiento inevitable.
Es por ellos que esta feria sigue vigente y hasta se posiciona como la mejor de toda Bolivia, la más ambiciosa, la más amplia. Miles de visitantes llegan hasta el Campo Ferial Chuquiago Marka, donde está ubicada la feria, para disfrutar de la enorme oferta literaria, de charlar con los escritores nacionales presentes, muchos de ellos recién llegados desde otros departamentos solamente para presentar un nuevo libro o para mover su material. Este año cumple tres décadas de organización, treinta años de regocijo para todos aquellos que aman la lectura, que han encontrado en esa acción una esperanza ante los males cotidianos ya habituales.
Faltan cinco minutos, le dice una de las encargadas de sala a un escritor que no ha contabilizado bien el tiempo, la hora que le correspondía en su testera. El narrador/poeta/ensayista/periodista/gestor cultural acepta con timidez y cierta resignación, culmina su discurso, es aplaudido por los que lo escucharon con atención, se retira con rapidez, pero antes firma unos cuantos ejemplares recientemente vendidos. Incluso se saca fotografías con un par de nuevos amigos, antes solamente compradores. Inmediatamente después del acto ingresa otro escritor o escritora y toma asiento delante, a la espera de repetir el acto de su antecesor.
Así se va la feria, una más, entre libros recién comprados, con ese todavía olor a nuevo, en bolsas que son levemente sacudidas por el viento que se cuela por la pasarela que conecta el Chuquiago con las avenidas donde ya algunos minibuses aguardan por las familias que esperan retornar a sus hogares luego de haber salido de aquel universo mágico, donde cada página revela una historia, un pensamiento o un recuerdo añorado. Así se va la feria, como ellos, cuando parte el vehículo hacia el centro de la ciudad de La Paz.


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