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    [Crónica] Pasear con papá

    Por: Rodrigo Villegas

    Despierto con una leve resaca y subo al tercer piso, donde papá vive con mi hermano. El mío es el segundo, así que escucho sus pasos encima, desde el techo. Salgo de mi cama y les doy alcance en el desayuno. Papá me dice que quiere ir a caminar, a aprovechar el sol del día. Como no estoy de turno en el trabajo, le digo que lo acompañaré.Ok, me dice. Termina de tomar su café con un pan y mantequilla. En media hora estamos en la calle.

    “En la mina, cuando moría el papá todo se venía abajo, perdías todos los pequeños privilegios que te daba el campamento, en Siete Suyos, y prácticamente te exiliaban a sobrevivir con lo que pudieras”. La voz de papá al contarme esta historia, la de la muerte de su padre, es casi que neutral, como si el dolor de aquella infancia ya no lo aturdiera y solo fuera una cicatriz permanente en el pecho que le doliera muy de cuando en cuando.

    “Cuando era adolescente, luego del fallecimiento de mi papá, tuve que trabajar y estudiar a la vez. Recuerdo que los domingos, así como ahora, cuando ya tenía unos doce o trece años, un hombre muy amable que trabajaba en el cementerio del campamento me ofrecía cavar alguna tumba de emergencia por un pago mayor al de cualquier día de la semana. Como la situación familiar era crítica, aceptaba. Me llevaba una botella de agua y unos dos panes, además de la pala y picota que me daba el encargado, que me tenía cariño porque casi siempre aceptaba lo que me pedía. Era la necesidad. Así se me iban los domingos”.

    Bajamos por San Antonio, hay muy pocos vehículos del transporte público porque la Alcaldía de La Paz ha decidido implementar un Día del Peatón Macrodistrital, que comienza en esta extensa zona. El sol está en lo alto y ya quema nuestras pieles, morenas. Papá lleva una gorra, yo la dejé en casa. Me arrepiento cuando llegamos al Cruce, cuando subimos a pie hasta el Estadio. Cuando llegamos, también a pata, hasta la Camacho, al Prado, donde se celebra la última feria dominical del año. Vemos libros a la venta, mucha comida y hasta un grupo de música cumbia.

    “Almorzaremos”, me pide papá, y caminamos hasta el Bruce Lee, una chifa que le gusta mucho, que queda por el Obelisco. Somos los primeros en ingresar al local, que está vacío porque no son las 12.00 aún. Papá se pide una milanesa, que le encanta. Yo un pollo.

    En el trámite me habla de El extranjero, de Albert Camus, que leyó recién. Lo compara con lo que sucedía en los velorios en Siete Suyos, en la viudez de su madre. En los rituales, los protocolos. “La familia doliente debía estar un año sí o sí de negro, con ropa de ese color. No podían salir a festejar alguna cosa, nada, se los debía ver tristes. En El extranjero Mersault es juzgado por no haber llorado por la muerte de su madre. Eso, seguramente, no hubiera sucedido ahí”.

    Terminamos y, como es domingo, subimos a El Alto, a la feria 16 de julio, uno de nuestros lugares favoritos de la vida. Ni bien llegamos papá se compra un helado de cono, esos que venden al paso a Bs 2. Luego se compra una gelatina. Después, una hora más tarde, otro helado. Papá es tan goloso como su madre, mi abuela, que eligió morir y comer todos los helados del mundo a pesar de su diabetes a sobrevivir sin el dulce que da la vida.

    Conversamos de fútbol, del partido que jugará en la tarde el Tigre, su querido Tigre, mi querido Tigre; de mi hermano, de su cumpleaños, que será la siguiente semana. Que cumplirá treinta. Papá pregunta por chamarras, zapatos, pantalones. Se compra un desodorante. Se compra, también, Ace para la casa.

    Como hemos caminado demasiado, le propongo, ya en la plaza Ballivián (el periplo alteño lo iniciamos en la Ceja, en el desvío), irnos a casa. Le digo que no doy más, que como jugué fútbol un día anterior, el sábado, mis piernas me están latiendo.

    “Está bien, hijo, pero yo me quedaré, quiero pasear un poco más”, me dice.Lo entiendo, así que tomo su mochila, me la llevo para que pueda caminar más ligero, nos damos un abrazo y lo dejo continuar su recorrido. El gusto que tengo de caminar largos trechos se lo debo a él. Pero esta vez me ha derrotado.

    Cuando me subo a un minibús que me llevará hasta la Pérez me siento un tanto mal por haberlo dejado solo, pero a la vez en paz porque sé, lo conozco muy bien, que también, así como yo, disfruta de sus largos ratos de soledad, donde tiene la oportunidad de pensar solo en él, de distraerse y no escuchar las voces de todos los días, de todas las horas. Seguramente llegará a casa, horas más tarde, con algún libro nuevo, una chamarra o un par de tenis que no necesita porque ya tiene un montón. Y con historias nuevas que contar, aunque casi siempre serán las mismas, pero con algún tono o detalle que hará maravillosa ese relato. Ese es mi padre. Así lo amo.

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