Por: Carlos Decker-Molina
Pertenezco a la generación boliviana de la Revolución Nacional de 1952. Entonces tenía unos once o doce años. Fui, por tanto, uno de los beneficiarios directos de la reforma educacional.
Cuando llegó el momento del secundario me inscribieron en el Colegio Nacional Simón Bolívar, un establecimiento público donde aún existían profesores por vocación, de esos que parecían dispuestos a dar la vida por enseñar.
Los seis años de bachillerato calaron hondo en mi personalidad y, más tarde, en la profesión que elegí: el periodismo. La reforma educacional planteaba como meta el bachillerato en humanidades; es decir, formar seres universales. Además, en aquellas aulas convivía todo el espectro social de la Bolivia de entonces.
Mis tres grandes amigos provenían de mundos distintos. Uno era hijo de un zapatero remendón que con los años llegó a ser jurisconsulto. Otro, hijo de un exiliado peruano casado con una boliviana. El peruano poseía una biblioteca que —según nuestras conversaciones de mozalbetes— era pura dinamita política. Ese amigo terminó estudiando medicina. El tercero soy yo, que más tarde deambuló por Chile, Francia, Argentina y Suecia, huyendo de las dictaduras, pero siempre con una libreta de periodista en el bolsillo.
El exilio me quitó países, pero la literatura me permitió entrar en otros.
En aquellos cursos tuvimos un par de profesores de literatura que eran lectores empedernidos. Habían memorizado pasajes de La Ilíada, hablaban de Las Euménides como si hubiesen asistido al teatro griego y defendían la aparición de una institución más noble y humana: los tribunales de justicia de Atenas.
Y no solo aparecía la Grecia antigua. También irrumpía el Imperio persa con Omar Jayyam y, más tarde, Ferdousí. Organizaban sesiones voluntarias fuera del horario escolar para seguir profundizando en la cultura universal. Como el colegio carecía de biblioteca, ellos mismos nos prestaban libros.
Uno de esos maestros era además un gran fotógrafo; el otro, un apasionado del teatro. El fotógrafo nos enseñó, en cursos extracurriculares, a tomar fotografías y a revelar negativos. El hombre de teatro intentó montar varias obras y fue entonces cuando nació mi primer acercamiento a Escandinavia.
Durante los años del exilio —que mi esposa llama “los años de las tres huidas”: Bolivia, Chile y Argentina— aquellas lecturas de adolescencia me abrieron puertas en América Latina, pero también en Francia y Suecia.
Hablar en Chile de Baldomero Lillo, Gabriela Mistral o Pablo Neruda resultaba tan integrador como comentar a Sábato y Cortázar en la Argentina de los años setenta. En el Chile de Allende leí a Juan Rulfo y quedé impresionado por el lúgubre Comala. Y gracias a la colección Quimantú descubrí escritores que escapaban por completo a mi horizonte cultural.
Al fin y al cabo, Bolivia, Chile y Argentina forman parte de una misma patria idiomática.
Lo verdaderamente interesante de mis procesos de integración ocurrió en Suecia, un país con el que Bolivia no compartía casi ninguna referencia histórica y mucho menos cultural. Yo sabía del Premio Nobel de Literatura y recordaba aquella obra teatral que mi viejo profesor intentó montar con alumnos del Colegio Bolívar y del liceo Adela Zamudio: Señorita Julia.
Esa joven aristócrata que abandona la fiesta de su clase social para celebrar el verano con sirvientes y criados, y que termina cruzando las fronteras invisibles de la jerarquía social.
Probablemente aquel profesor, que vivía los años luminosos de la Revolución Nacional —el voto universal, la reforma agraria, el fin del pongueaje— creyó que había llegado la hora del desclasamiento social. Tal vez por eso le fascinaba Strindberg. O quizá intentaba comparar la Suecia de 1894 con la Bolivia de 1952.
Cuando comenté estas ideas con mis primeros colegas suecos, se abrió una puerta de entendimiento humano.
Ellos, sin embargo, no conocían escritores bolivianos. Eran años dominados por el Boom latinoamericano. Pero una editorial sueca descubrió El metal del diablo, de Augusto Céspedes, y decidió traducirla. La traductora trabajaba en la Televisión Sueca, en el mismo edificio donde funcionaba Radio Suecia y la redacción de lenguas extranjeras. Me pidió ayuda para comprender ciertos modismos bolivianos y, sobre todo, palabras quechuas difíciles de trasladar al sueco.
Entonces dejé de ser “el extraño”. Dejé de ser “el otro”. Y los suecos dejaron de parecerme esos seres silenciosos que dicen “sí” casi ahogando la palabra. Se transformaron en colegas, amigos y, algunos de ellos, en amistades entrañables que aún conservo.
Bajo esos mismos principios, dos bolivianos que viven en un suburbio de Gotemburgo —Yarko Reha Salazar y José Hernán Romero— organizaron hace algunos años el primer Festival de Literatura Hispana en Angered, una comuna marcada por la inmigración y también por las heridas de la reconversión industrial neoliberal.
Aquella iniciativa de dos poetas y gestores culturales terminó convirtiéndose en la Feria del Libro de Angered: una verdadera vitrina de novelas, poemas y ensayos escritos por migrantes que decidieron quedarse en Suecia.
Hoy es un acontecimiento consolidado.
Prueba, quizá, de que la literatura abre puertas.
Una novela situada entre Irak y Suecia, o entre Chile y Suecia, escrita por un refugiado o por el hijo de inmigrantes, no solo contribuye a la integración cultural en una sociedad ajena; también siembra las semillas de la convivencia. Abre puertas por donde entra algo más profundo que el simple respeto: la comprensión del otro.
Y digo comprensión, no solamente respeto, porque en muchas sociedades el respeto suele confundirse con el miedo, especialmente en estructuras patriarcales o autoritarias.
Por eso tampoco creo en la asimilación que hoy predican sectores de la derecha europea respecto a los inmigrantes. Pero tampoco creo en el multiculturalismo entendido como la coexistencia de comunidades encerradas en sus propias burbujas nacionales.
Creo en la integración: ese espacio donde dialogan la cultura del migrante y la del país receptor.
De ese encuentro nace una nueva realidad, una suerte de metacultura. Se expresa, por ejemplo, en que muchos jóvenes suecos consideran hoy al kebab como una comida “sueca”, aunque su origen esté en Turquía. Y, curiosamente, los “niños envueltos” de algunos países latinoamericanos tienen también raíces otomanas.
Quizá la verdadera integración no comienza en los parlamentos, ni en los discursos oficiales sobre identidad. Comienza en las bibliotecas, en las novelas, en los poemas, en la posibilidad de reconocerse en la historia del otro.
Las fronteras políticas separan territorios; la literatura, en cambio, enseña a habitarlos juntos.


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