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    [Crónica] Volver a vivir con papá

    Por: Rodrigo Villegas

    Despierta y desayuna, es lo primero que hace. Pone agua en la caldera, enciende el fuego de la cocina. Prepara huevos en un sartén. Mi hermano sale de su cuarto con su perro y nos sentamos en la mesa, comemos, nos alimentamos. Bebemos el café caliente. Conversamos acerca de la situación del país, de lo aparentemente venidero. De octubre, de los dólares, del incremento del precio de los combustibles, del diésel. Del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para levantar la subvención total a partir de 2027. De la tristeza.

    Hasta que el gato, que es blanco, aunque cada vez más naranja, baja del techo al que se sube constantemente a pesar de las trabas que ponemos para que deje de hacerlo: cada regreso es una nueva cicatriz de guerra en su rostro, en sus patas. Maúlla, nos pide comer. Papá le da casi la mitad de su desayuno. También al perro, color del chocolate.

    No creí que regresaría tan pronto. Solo estuve fuera dos años. Pero la vida tiene estos derroteros. El volver fue producto de los más de cincuenta días de bloqueos, de la crisis económica. De las oportunidades que se abren y que no se puede dejar pasar. Ahora veo la luz del sol todas las mañanas desde mi cama, desde mi ventana. La ciudad brilla. La ciudad nace.

    Papá sale al mercado, voy con él. Compramos las verduras, el arroz que coceremos, la carne que será parte del almuerzo de la jornada. Charlamos, son veinte minutos, más o menos, de caminata, de interacción con las vendedoras. Papá me cuenta una historia de su pasado, de su infancia, de su juventud. Me encanta escucharlo, a pesar de que me ha contado esas historias, las mismas de siempre, un montón de veces. Siempre hay matices nuevos, algún detalle deslumbrante. Algo que ilumina la anécdota.

    Al regresar sale, otra vez, pero en esta ocasión con su bicicleta. Regresa en una media hora. Mi hermano, mientras tanto, cocina. Ayudo con lo que puedo mientras comienzo, de a poco, a trabajar.

    Cuando papá regresa el perro y el gato o reciben en la puerta como si llegara con huesos de pollo, con carne fresca. Papá siempre les da algo para comer, habitualmente un pedazo de pan.

    Papá, luego de almorzar, de debatir una vez más acerca de la situación del país, de la ciudad, de los acontecimientos noticiosos y deportivos de la jornada, se acomoda en los sillones de su sala y comienza a ver partidos de fútbol, uno tras otro hasta que se hace de noche. A veces se coloca unas cuantas hojas de coca dentro de la boca. Ve, también, los partidos de tenis, que es su segundo o tercer deporte favorito de la vida. Se concentra en las finales del US Open de tenis. El perro se acomoda casi a su lado, encima del sillón, y duerme, lo acompaña. El gato, por su parte, vuelve a subirse al techo. Regresa en la noche para cenar y dormir.

    Mientras tanto yo trabajo; mi hermano hace lo mismo, aunque a veces sale por las tardes.

    Papá, cuando se hace noche, me pregunta si voy a cenar algo. Le digo que no, que ya tomé un té, que estoy bien. Papá y mi hermano están acostumbrados a comer un poco más, así que mi reticencia a cenar parece preocuparles un poco. Hemos cambiado desde que me fui, desde que salí de casa con la intención de no regresar, aunque lo he hecho antes de lo previsto.

    Aunque ahora la casa es otro, en una zona diferente. Hemos dejado la zona Sur de La Paz.

    Cuando termino de trabajar subo al piso de papá y mi hermano, encima del mío, y me despido. Les digo que voy a dormir, les doy las buenas noches. Papá, ya con los ojos cansados, me dice que en unos minutos “trancará” la puerta de ingreso, que configurará las chapas metálicas. Que apagará los focos de luces blancas que iluminan los patios, el mío y el de papá y mi hermano.

    Ya con las luces apagadas y con solo la luz de la televisión, de los resúmenes de los partidos más importantes de fútbol del día o con alguna entrevista a algún personaje nacional que reflexione acerca la actualidad de Bolivia, pienso en papá, en su jubilación, en sus más de sesenta años. En su paciencia, en sus virtudes, en sus defectos. Lo imagino dormir y soñar con su infancia, con sus días en el campamento minero del que migró, de sus tardes soleadas con algún amor de verano, en sus lágrimas por algún fracaso cotidiano. Pienso en él y pienso también en mi abuela, su madre, que ya va dos años muerta.

    Cierro los ojos y pienso una vez más en él, en mi hermano, en el perro y el gato. En los libros que voy leyendo, en las películas que quiero ver, en el trabajo rutinario del día siguiente. En lo rápida que pasan las semanas, los meses. Ya estamos a mediados de septiembre.

    Duermo, logro soñar con el pasado, con los simulacros de un futuro distópico. Despierto siete horas más tarde, ya con el sol en lo alto. Escucho las pisadas de papá arriba, en su piso. Ya ha despertado.

    Me lavo los dientes, la cara, y subo a desayunar con él. Tal vez esto, en su total sencillez, es la felicidad. Sí, seguro que así es.

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