Por: Rodrigo Villegas
Un amigo se va, viaja fuera del país, nos deja atrás para regresar meses o años después, cuando pueda, cuando la tierra lo llame una vez más. Ahí estamos nosotros, sus amigos, los que lo queremos, quienes lo acompañamos en su despedida, con los licores del caso, con la música a todo volumen, con los abrazos. Con los mejores deseos para él en medio del baile sagrado, de las luces rojas y violetas en medio de la oscuridad, entre los ritmos de la salsa y de la cumbia argentina.
“Volveré y seré millones”, nos dice. Reímos, nos abrazamos una vez más. La noche es corta, la noche se diluye entre nuestros dedos.
Se hace de mañana, despierto con la cabeza un poco atolondrada por el festejo, con sed. Tomo agua y entiendo que es sábado, que el fin de semana ha llegado para quedarse dos días nada más; luego será el retorno al trabajo, a las ocho horas sentado en la silla negra de siempre, la que gira por sus ruedas. En la que ahora estoy sentado para escribir esto que sale, que germina lentamente.
El sol está en lo alto y me recuerda a los días pasados, a los de la nieve. Al manto de frío que lo cubrió todo en La Paz. A la lluvia intermitente, necesaria ante la posible futura crisis hídrica por el fenómeno climático del Súper Niño, que, según expertos, llegará en las siguientes semanas y provocará sequías. Es, entonces, una lluvia bendita. Pero ahora el calor está ahí, encima de la piel de mi rostro moreno. Cierro los ojos y respiro con calma, como si la vida (literal) se me fuera en ello. Amo los días soleados. Me recuerdan a la esperanza.
Intento, ya que no estoy de turno en el trabajo este fin de semana, no ingresar al Facebook u otras redes sociales, donde las noticias siguen siendo las mismas: los avances del caso Fernando Cerimedo, los bloqueos en Beni en rechazo al decreto que incrementa el precio del diésel, las críticas al último mensaje del presidente Rodrigo Paz, el nuevo precio del dólar en su modalidad flexible… El estrés se dispara a los cinco minutos de recaer en la revisión de la actualidad nacional. Dejo el celular lo más lejos posible y elijo la vida: salgo a la calle.
Camino hasta plaza Uyuni desde mi nuevo hogar en villa San Antonio, no tardo más de media hora. De rato en rato saco de mi mochila un botellón de agua que me sirve a pasar la resaca de la noche pasada. Las familias, ya en el Cruce, compran los alimentos necesarios para la preparación de la comida de los días siguientes, de los almuerzos, cenas y desayunos. Las madres, acompañados de sus hijos y/o esposos, eligen las mejores mandarinas, los tomates más resistentes, la carne que congelarán en sus refrigeradores. Escucho a una mujer quejarse por el incremento en el precio de algunas hortalizas.
“Es la falta de combustibles, casera”, le responde la vendedora. “Ha hecho que algunas verduras suban su precio porque ahora trasladarlas desde otros departamentos hasta aquí es más difícil”.
En poco tiempo estoy en la cancha, por la avenida Busch, donde juego futsal por dos horas, donde somos tres equipos que hacemos lo posible para no salir: es la regla de quien marca dos goles debe dejar la cancha para el paso del otro grupo de jugadores.
Regreso a casa, hecho bolsa, en un minibús. Me compro un pollo al espiedo para almorzar y una gaseosa pequeña, abro la puerta de mi casa, como, me baño y me echo en cama. Duermo un poco, unas dos horas. Despierto y veo el atardecer, cómo el sábado fluye con calma. El sábado es el mejor día de la semana, no tengo dudas.
Salgo a caminar un poco más, como si mi cuerpo ya de por sí agotado me exigiera un poco más de sacrificio. Compro algo para cenar (esta vez un silpancho) y vuelvo a leer a casa: me concentro en unas crónicas del premio Nobel japonés Kenzaburo Oé, que titula Cuadernos de Hiroshima. Son relatos acerca de su visita a Hiroshima casi veinte años más tarde del impacto de la bomba atómica Little Boy en la Segunda Guerra Mundial, el 6 de agosto de 1945, que devastó esa localidad, provocó miles de muertes y dejó otros miles de heridos de gravedad, ante todo enfermos de cáncer por la radiación que eventualmente irían falleciendo con dolores abdominales o de huesos que los harían gritar del horror.
Es a veces inentendible entender la capacidad del humano de provocar tanto pero tanto dolor en los otros como él, en los que ve como enemigos, en donde se ha dirigido su odio. Hiroshima es un de los recuerdos más latentes de eso, de la destrucción que podemos provocar cuando así lo deseamos.
Dejo atrás el libro, ceno el silpancho y elijo, ahora, ver una película. Es esta que se llama La invitación, de Olivia Wilde, que se estrenó hace poco en cines y que va de una pareja de esposos que invita a otra pareja como ella, sus vecinos, a una cena. Lo que parece ser una reflexión acerca del desgaste permanente del amor a través del tiempo se convierte en una comedia relativamente erótica que culmina con una reflexión todavía más latente acerca de la compañía, acerca de lo valientes que debemos ser si en realidad queremos al ser que nos hace aunque sea un poco feliz. En el poder sanador de las decisiones tomadas a tiempo.
Se hace de noche, el sol ha desaparecido para dar paso a las estrellas, que relucen en un cielo límpido, sin ni una sola nube. Me lavo los dientes, me cambio de ropa y me meto a mi cama. Reviso estúpidamente mi celular una vez más y veo que el bloqueo en Beni se ha levantado tras un acuerdo de los pobladores con el Gobierno. Veo, también, que Cerimedo ha recibido una nueva condena de la justicia por presunto enriquecimiento ilícito: seis meses de detención preventiva en la cárcel de Chonchocoro.
Me desconecto del WiFi y apago las luces. Antes de dormir pienso en las horas posteriores, en el domingo: cancha, comida y alguna película más para ver antes de ingresar a una nueva semana de laburo, de rutina. Agradezco a Dios por el fin de semana de descanso. Duermo.


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