Por: Pablo Peralta M.
Tras la Revolución, el presidente solía recibir a la gente dos veces a la semana, en audiencias públicas, en el Palacio Quemado. Centenares ingresaban al edificio y le contaban sus problemas o le planteaban sus peticiones.
El Jefe de Estado acostumbraba estar con su secretario, quien anotaba los casos y otros pormenores de los encuentros. Entre los visitantes, solía haber gran cantidad de indígenas y representantes de diversos sectores. Todos, eso sí, tenían la instrucción de ser breves.
Esos pasajes están contenidos en “Biografía del Palacio Quemado”, libro publicado por Mariano Baptista Gumucio, quien trabajó en los primeros años del gobierno de la Revolución Nacional en Palacio.
Baptista rememora que la imagen que más le impresionó de aquellos años fue la masa compacta, abigarrada y entusiasta que acudía con frecuencia al gran hall central, además de las delegaciones que llegaban de todas partes del país hasta el Salón Rojo.
“En su fervor revolucionario, los mineros consiguieron mantener allí en forma permanente junto al Dr. Paz Estenssoro, una escolta armada en el mismo plano que la guardia de seguridad y los edecanes militares”.
En una de esas audiencias, en las que la gente planteaba sus peticiones, una mujer le dijo a Paz que su hijo mayor había muerto a consecuencia de las heridas que recibió durante la Revolución.
La progenitora le solicitó al mandatario una ayuda económica para pagar la cuenta del centro hospitalario que atendió a su vástago, además de la promesa de que su hijo menor, que la mantenía, no perdería su trabajo en Correos.
Paz le dijo que retornara al día siguiente, con los documentos relacionados con el deceso de su hijo, y se dirigió a su secretario para que le diera un pase y preparara una nota para el jefe de Correos.
Otra mujer le solicitó una pensión para su hijo, que había quedado herido en un combate de la Revolución. Paz le indicó a su secretario que le diera una nota para el Ministerio de Previsión Social, para saber si ameritaba una pensión.
Pero también estaban quienes no tenían la suerte de conseguir lo que solicitaban, como un joven que quería un empleo en Buenos Aires. Ante la petición, Paz le respondió que no había vacantes en las embajadas.
“Pero usted sabe que combatí en la revolución”, replicó en tono de protesta el sujeto. “Muchos combatieron y hasta ahora no se han conseguido trabajo”, retrucó el mandatario.
En aquellas audiencias, el Palacio se convirtió en una especie de tribuna, donde se entregaban documentos o peticiones escritas, se presentaban carnets de militancia del partido rosado, se pedían recursos o hasta se solicitaba una pensión.
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P.D. Ya en el poder, los movimientistas invitaron a Bolivia al escritor guatemalteco Miguel Angel Asturias, quien escribió un texto en el que afirma: “Sobrevivientes de los horrores de la más intensa de las explotaciones forman el pueblo que ahora llena la Plaza de Armas y se aglomera frente al histórico Palacio presidencial…”. Años después, este autor fue galardonado con el Nobel de Literatura.


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