Por: Rodrigo Villegas
Suena una matraca, da vueltas sostenida por la mano de un moreno. La matraca es celeste, brillosa. Desmenuza su melodía entre los que los admiramos, a él y a sus compañeros, fraternos, a las cholitas, a las diablas, a las mujeres que zapatean en el pavimento de la avenida Camacho, en el palco oficial, ya casi al final de un recorrido kilométrico, desbordante. Tienen, seguramente, los pies cansados, así como los brazos, pero resisten por la devoción de la danza, de una promesa de fe. Es el Gran Poder, la fiesta más importante de La Paz. Y se siente. El suelo retumba con el salto de los caporales. Es una enorme celebración.
Eso a pesar de la crisis económica, ojo, que tiene a mal traer a Bolivia y por la que el Gobierno ha tenido que recurrir a un nuevo préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI) y ante la escalada del precio del dólar en su tipo de cambio, que ya ha encarecido varios productos a nivel nacional. Cuando uno baila, parecieran decir, no hay fin, no hay memoria, no hay tristeza. Todo pasa, todo se olvida.
Tanto que, también parece suceder, se olvidan hasta los rencores políticos en lo que dure la fantasía. El presidente Rodrigo Paz baila en el palco principal, acompañado de varios de sus ministros. A su lado está el alcalde de La Paz, César Dockweiler, y el gobernador Luis Revilla, con sus concejales y asambleístas departamentales. No hay odios, al menos no a la vista. Aplauden, se palmean las espaldas.
Es el baile, el derroche. La vestimenta de cientos de danzarines que han invertido lo más posible en sus galas sin importarles el mañana. A pesar del incremento notable en el precio del oro, algunos fraternos, más que todo las mujeres, brillan por sus aretes y joyas de ese metal preciado.
“Esperamos un movimiento económico de unos 120 millones de dólares”, indica horas antes, en la inauguración de la entrada folclórica a la altura del Cementerio, el viceministro de Culturas y Folklore, Andrés Zaratti. Es así, esta fiesta pretende recuperar algo de lo inmensamente perdido en los pasados bloqueos de carreteras que duraron más de cincuenta días y detuvieron casi por completo el aparato productivo nacional.
Sin embargo, a lo lejos, en la zona Sur, también se vive otra fiesta: La Feria Internacional del Libro (FIL) de La Paz, que cumple sus primeros treinta años de vida, de organización. Miles de libros aguardan en los estantes, encima de las mesas, donde se los pueda poner, a ser comprados por los caminantes, por las familias que llegan hasta uno de los eventos culturales más importantes de la ciudad.
Editoriales nacionales como El Cuervo, Editorial 3600, Nuevo Milenio, Kipus, entre otros, ofrecen como cada año sus novedades, así como los clásicos de siempre. Entre Periférica Boulevard del gran Adolfo Cárdenas, por ejemplo, se mueve En tránsito, de Karen Veizaga, La jaula se ha vuelto pájaro, de Ariadne Ávila, y Los defectos de las caricias, de José Luis Durán, libros de consagrados con las nuevas voces de la literatura boliviana.
Así, hay decenas de nombres más de autores y autoras que aguardan por los futuros lectores, a la espera de formar un pacto literario: Yo te cuento una historia y tú aceptan creerla por unos momentos, lo que dure tu lectura. Trato hecho.
La FIL durará hasta el siguiente domingo, hasta el 9 de agosto.
Mientras tanto las matracas no dejan de dar vuelta y vuelta con el viento, por la fuerza de los brazos de los danzarines, que concluyen su recorrido y ahora se sientan en los cientos de puestos establecidos para el caso y beben cerveza, que se emborrachan, que pierden la memoria, que se sonríen entre ellos prometiéndose bailar al año siguiente una vez más. Se lo juran. Y así lo harán.



