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    [Artículo] Un salvoconducto al Chapare

    Foto: Anagrama

    Por: Pablo Peralta M.

    “La gente, al verlo a usted, ha de decir que viene uno de la DEA”. El conductor lanza esa frase en medio del recorrido rumbo al Chapare (Cochabamba), una travesía para la que el cronista argentino Martín Caparrós debió conseguir un salvoconducto.

    En un momento del trayecto, ambos pueden divisar a un hombre en el piso alto de una choza, tratando de retirar una antena. A continuación, el chofer de la flota le comenta al cronista algo que estremece: le dice que se trata de los “huoquitoqueros” (informantes), empleados de los “capos del narco” que avisan, por una red de walkie-talkies, “cuando llega algún gringo, algún leopardo” (efectivo de Umopar).

    Es 1991 y esos detalles quedan plasmados en “Los ejércitos de la coca”, texto incluido en el libro «Lacrónica», de Caparrós. Para ese relato, el autor no solo viaja al terreno, sino que también entrevista a dirigentes, políticos y efectivos.

    Uno de los entrevistados es un dirigente de 31 años. El cronista lo retrata como una persona alta en una tierra de bajitos, con el pelo crinudo que le inunda los ojos y una sonrisa pícara, un poco socarrona; habla como un militante y es el “único dirigente rentado” de la federación de esa región. Los otros deben cumplir funciones y dedicarse a sus parcelas.

    “Nosotros producimos nuestra coca, la llevamos a los mercados primarios, la vendemos y ahí termina la responsabilidad”, dice el dirigente al cronista. Pero, además, llega a reconocer que la coca se desvía al “problema ilegal”. El autor nota que el entrevistado insinúa cierta vendetta al expresar que tampoco le importa mucho que los norteamericanos quieran drogarse con ella. “Se podría pensar, incluso, que la cocaína es algo así como la venganza de Atahualpa”.

    El cronista también habla con un alto funcionario del gobierno de entonces, quien comenta, entre otras cosas, que el dirigente de la federación “aparece mucho en la prensa, más de lo que debiera” y llega a decir lo siguiente: “Yo no sé si está haciendo una carrera política…”.

    El relato también reseña una movilización en Cochabamba, donde, en la plaza central, el dirigente les habla a los manifestantes con una “verba encendida”. El cronista, a través de un colega, descubre que las movilizaciones responden a un patrón.

    “Los campesinos agitan un poco y les dan algo. Si no se movieran, nadie les haría caso. Entonces amenazan con huelga y bloqueos, vienen los ministros, negocian y ya. Hasta unos meses más tarde, cuando se hace claro que no van a cumplir los acuerdos y todo vuelve a empezar. Una y otra vez: ya llevan siglos”.

    Pero hay algo que también llama la atención. Es principios de los años noventa y el dirigente de la “verba encendida” habla de un instrumento político. El cronista lo refleja de esa forma: “para dar una respuesta política al gobierno el último congreso de la Confederación Sindical Única de Campesinos, al que pertenecemos, ha decidido crear un partido, un instrumento político propio de las mayorías nacionales, que somos nosotros”.

    Quién diría que esa plataforma se consolidaría a finales de esa década y que ese dirigente, el único rentado, de sonrisa un poco socarrona, llegaría al poder años después. Luego viviría un año en el exilio, retornaría y, en medio de una disputa interna, terminaría atrincherado en esa misma zona para la que el cronista, un día, tuvo que conseguir un salvoconducto para poder ingresar.

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    P. D. En Sima fecunda, Augusto Guzmán retrata el Trópico de Cochabamba de los años treinta. El protagonista de la novela emprende un viaje hacia esa región, un recorrido en el que aparecen los cocales e incluso la pesca con dinamita en el río. Se trata de una travesía que se convierte en la antesala de su participación en la Guerra del Chaco.

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