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    [Crónica] Los terremotos en Venezuela

    Por: Rodrigo Villegas

    Mientras en Bolivia pasábamos aún la resaca de más de cincuenta días de bloqueo de carreteras, con una lenta recuperación económica y con todavía filas largas de vehículos que buscaban combustible, el miércoles por la noche, el del 24 junio, un terremoto hacía temblar Venezuela, la destruía desde sus cimientos. Luego vino otro, con tal solo 39 segundos de diferencia, que consolidó la tragedia: cientos de muertos, muchos desaparecidos. Era el dolor, el siempre latente dolor.

    Aquel sismo inicial de 7.2 vino acompañado de otro de 7.5, que se ensañó ante todo con La Guaira, ciudad venezolana declarada en zona de desastre, donde el piso se movió con fuerza, donde cayeron los edificios, las casas. Donde se abría la tierra.

    Caracas, Carabobo, Yaracuy, Aragua, Falcón y Miranda fueron los municipios más golpeados por el llamado doblete sísmico, fenómeno que paralizó a un país económicamente mancillado desde hace décadas y que actualmente pasaba por una especie de transición política liderada por una Delcy Rodríguez que parece ser, ante todo, un elefante blanco del mandatario estadounidense Donald Trump, que ha capturado a inicios de este año a Nicolás Maduro, el expresidente chavista.

    Venezuela, nación que ha visto a millones de sus habitantes migrar masivamente a otros países del mundo por su latente situación social, ahora recibía un nuevo impacto, esta vez el de la muerte directa.

    El último reporte de los medios internacionales daba casi 1.500 fallecidos y otros miles de desaparecidos, que todavía se buscan debajo de los escombros.

    A la vez, se jugaba el Mundial de Fútbol en Estados Unidos, México y Canadá. Desde esta tragedia cada partido, antes de iniciarse, contaba con un minuto de silencio por el pueblo venezolano, en señal de solidaridad y respeto. Muchos de esos mismos países representados por sus selecciones enviaron ya ayuda humanitaria a Venezuela.

    Bolivia, por su lado, anunció el envió de personal para la ayuda de búsqueda de desaparecidos.

    Sin embargo, siempre hay una luz, aunque sea pequeña, en los momentos de oscuridad. En este caso es el número de sobrevivientes, de personas que aguantaron los embates de los escombros, del polvo, que resistieron a la falta de aire y agua.

    Varios de ellos relataron, ya atendidos médicamente, el momento del terremoto, de los terremotos. Cómo los vidrios de sus ventanas habían explotado cerca de ellos, cómo sus televisores, sus camas, sus muebles, cómo todo fue atrapado por la tierra, por su descenso a los infiernos.

    “Al menos estamos vivos”, decían algunos con cierta resignación. Lamentaban la pérdida de otros de sus familiares, que no pudieron escapar del sismo.

    A pesar de la recurrencia de algunas réplicas, mucho menos intensas que las pasadas (de 4.2), el pueblo venezolano persiste aterrorizado, aunque resistente a un nuevo embate. La solidaridad se ha reforzado en esta tragedia, donde miles de ciudadanos salieron a las calles a ayudar en el levantamiento de escombros, de la búsqueda de más supervivientes. La recuperación será, como es de suponerse, lenta, pero la fuerza y el corazón de los habitantes persistirá. Será el único escudo contra tanto, tanto dolor.

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