Por: Roxana Pomier F.
¿De quién es el fútbol? La pregunta tiene una respuesta sencilla. De la FIFA, que con este Mundial norteamericano proyecta ingresos superiores a los 10 mil millones de dólares. De los patrocinadores, que convirtieron el juego en un espectáculo de cuatro tiempos. De los presidentes de federaciones y asociaciones, que desfilan para la fotografía junto al trofeo. De las cadenas de televisión, que venden el show a 6.500 millones de personas.
Y, sin embargo, desde hace casi un siglo el fútbol ofrece algo que ninguno de ellos puede comprar, administrar ni medir. La ilusión de la igualdad, como dice Martín Caparrós. No la igualdad real, que no existe. La ilusión. Que es distinto, y a veces más poderoso.
Aunque la historia de los Mundiales parece desmentir esa ilusión. Hace unos días, Raúl Peñaranda, quien fue director y mi jefe en el extinto diario Página Siete, observó en un streaming que los campeones siempre son los mismos. Tiene razón. Existe un club de campeones cerrado y exclusivo, administrado por Europa -con Alemania (4), Italia (4), Francia (2), España (1) e Inglaterra (1)-, y Brasil (5), como si fuera una herencia familiar que nadie puso en discusión. En casi un siglo, sólo Uruguay (2) y Argentina (3) consiguieron irrumpir desde afuera. Dos países.
Pero esa estadística nunca consiguió destruir la ilusión. Porque cada Mundial vuelve a empezar desde cero. El dinero puede diseñar el torneo, fijar el calendario, elegir las sedes, repartir los contratos y vender los derechos de televisión. Lo que nunca consiguió gobernar es aquello que ocurre cuando la pelota rueda. Porque desde ese instante, el Mundial deja de pertenecer a quienes lo administran y pasa a manos de lo imprevisible.
Por eso, en este Mundial conviven relatos que ningún comité organizador habría podido controlar. Un Presidente que organizó el torneo y casi no apareció en él. Una ciudad que invirtió 1.000 millones de dólares para albergar partidos que la mayoría de sus habitantes terminó viendo por televisión. Una selección que entró y salió del país anfitrión casi como si cruzara una frontera clandestina y aun así no perdió un solo partido. Un arquero que alguna vez vendió sus botines para alimentar a su familia y terminó atajándole penales a Alemania. Un país imaginario, construido sobre una camiseta y la memoria de una diáspora, que avanzó impulsado por la fe. El fútbol siempre nos recuerda que tiene otras ideas.

La selección de Brasil celebró eufóricamente sobre la cancha su clasificación a los octavos de final del Mundial 2026. Crédito: FIFA World Cup
La ilusión de la igualdad
Los jugadores de Paraguay se arrodillan a rezar antes de los penales contra Alemania. Es fe pura, la última herramienta de los futboleros. Y Orlando Gill, el portero que meses atrás vendía su uniforme para alimentar a su familia, detiene lo que tenía que detener. Alemania, que nunca había perdido una tanda de penales en un Mundial y que para colmo diseña los balones, queda eliminada.
Marruecos brilla contra Países Bajos, superior, magnético. Cuando el partido se va a penales, los neerlandeses se abrazan entre sí para darse ánimos. Los marroquíes se arrodillan a rezar. El portero Bono detiene el disparo decisivo como una estatua de sí mismo. Un país imaginario, construido sobre una camiseta roja y la memoria compartida de la diáspora, avanza.
Estos equipos no ganan porque tengan mejores recursos. Ganan porque tienen mejores razones. Y porque el fútbol sigue siendo el único escenario donde la desigualdad estructural puede ser transitoriamente subvertida. No es justicia.

Jugadores de Marruecos oran antes de la tanda de penales en Monterrey, donde eliminaron a Países Bajos (3-2) tras empatar 1-1 en el Mundial 2026. Crédito: FIFA World Cup
El negocio más eficiente
Estados Unidos organizó este Mundial con una lógica que Andrew Giuliani, comisionado de la Casa Blanca, resumió sin pudor. Lo hicieron de manera más eficiente que quizás cualquier otro país antes. La palabra eficiente es la clave. Catar gastó 220.000 millones de dólares. Brasil, $us 12.000 millones. Rusia, $us 14.000 millones. Estados Unidos gastó $us 1.200 millones, la mitad en seguridad y $us 500 millones en prevención de ataques con drones. En transporte público para las ciudades anfitrionas destinó apenas $us 100 millones.
El resultado es un Mundial sin legado urbano, sin transformación de infraestructuras, sin promesa de ciudad mejor para después. Sólo estadios de fútbol americano reconvertidos y una factura cobrada con precisión quirúrgica por la FIFA, que alquiló los recintos a precio fijo y se quedó con todos los ingresos.
Víctor Matheson, economista deportivo de la Universidad de Holy Cross, lo dice sin eufemismos. Las estimaciones de impacto económico de la FIFA deben interpretarse más como comunicados de prensa que como estudios serios. El dinero que gastan los aficionados extranjeros desplaza a los turistas habituales. Gran parte del gasto no se queda en las ciudades. La FIFA cobra desde Zúrich.
Toronto gastó 1.000 millones de dólares organizando 13 partidos. Sus propios vecinos vieron el torneo por televisión. Goldman Sachs estima que el impacto total del Mundial en la economía estadounidense será equivalente al 0,2% de su PIB. Después de 39 días, 48 selecciones y 104 partidos, el número que queda es ese. Un decimal.
Gianni Infantino, entretanto, está satisfecho. Como les contaba en mi primera columna, escribió en su libro, con una candidez involuntaria, que antes el dinero cambiaba de manos por debajo de la mesa. Desde 2016 se mueve abiertamente para que todos lo vean. La corrupción no desapareció. Se volvió espectáculo.
Y los hinchas, como siempre, pagan la entrada para verla. La más cara para la final en el MetLife de Nueva Jersey cuesta 71.373 dólares. No es un error tipográfico, estimado lector.
Lo que el dinero no puede comprar
Nadie cree seriamente que 90 minutos con 11 contra 11 puedan frenar la espiral de autoritarismo y división que define esta época. El fútbol no detiene guerras. No resucita niños.
Pero hay algo que los balances contables no saben dónde poner. 6 mil millones de personas mirando la misma pelota al mismo tiempo. Sólo las grandes religiones habían conseguido algo así, y ninguna a esta escala.
El poder organizó este Mundial. Puso los estadios, los contratos, los precios dinámicos que convirtieron las tribunas en balnearios para gente con dinero y políticos acomodados. Construyó muros invisibles alrededor de los que menos tienen. Y entonces salió el fútbol a jugar.
¿Y el anfitrión de la fiesta?
Donald Trump lleva más de tres semanas prácticamente invisible en su propio Mundial.
Cuesta entenderlo. Este es un hombre que habla de todo, todo el tiempo, con esa voz inconfundible que inunda cada conversación, cada red social. Y eligió el silencio. Precisamente ahora.
Quizás porque este Mundial es una fiesta de diásporas. El equipo estadounidense es diverso y multicultural. Marruecos jugó con 19 de sus 26 jugadores nacidos fuera de su país. Paraguay clasificó con un portero sin contrato que vendió su uniforme para darle de comer a su familia. Ninguna de esas historias encaja en el relato de un presidente construido sobre la demonización del otro y el cierre de fronteras.
El precedente es Putin en 2018. El dictador asistió al Mundial, pero en silencio, sin provocaciones visibles, dejando que Rusia se presentara al mundo como un lugar ordenado y hospitalario mientras su maquinaria de represión funcionaba puntualmente fuera del encuadre de las cámaras. Trump repite el manual. Estará en la final. Recibirá la Copa junto al campeón. Se fotografiará con el trofeo.
Pero mientras tanto, el fútbol ocurre sin él. Y quizás no haya ironía mayor. El hombre que quiso convertir este Mundial en un espejo de sí mismo terminó siendo un personaje secundario de la historia.


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