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    [Crónica] Siempre brilla el sol

    Por: Rodrigo Villegas

    Papá y mi hermano se trasladan nuevamente. Es su segundo cambio de casa en poco más de un año. El que insiste es Diego, mi menor, que se entusiasma con la posibilidad de un nuevo hogar, en este caso en villa San Antonio. “Ya no quiero estar tan lejos de la ciudad, de cualquier oportunidad laboral”, le dice a papá, que, a su modo, se encontraba cómodo en Palca, a pocas cuadras de Chasquipampa, donde vivimos juntos los tres por casi veinte años, antes que yo salga de casa por tercera vez. Papá aceptó, lo hizo por amor.

    Porque trasladarse siempre será una epopeya. Guardar los libros en cajas, la ropa en bolsas de yute y en plásticas. Desarmar los catres, bajar la televisión del estante, sacar los colchones entre dos, verificar la suciedad que han agarrado los objetos, lo que se ha impregnado. Ver, ahí, el paso del tiempo.

    Papá y mi hermano se trasladan en plena crisis social, en medio de marchas diarias y bloqueos de carreteras de sectores sociales que exigen la renuncia del presidente Rodrigo Paz, que amaga con dictar un estado de excepción, en sacar a los militares y reforzar a la Policía para contener a los movilizados. Papá y mi hermano se apresuran, guardan sus computadoras, sus películas. Su vida en cajones, en bolsas. Como se pueda. “Quién iba a saber que justo todo esto pasaría”, se lamenta papá acerca de los conflictos, pero no se desanima y contrata un camión enorme donde, entre todas las cosas, deben caber Choco y Blanco, que son el perro y el gato de la familia.

    Como las vías hacia la zona Sur aparecen bloqueadas algunas mañanas por choferes que se han declarado en paro, no puedo ir ahí para ayudarlos. Me remuerde la conciencia. Pero en cuanto se liberan las vías, con el pasar de los días, salgo y tomo un minibús que me acerque lo más que se pueda. Un vehículo sin disco, sin su numeración tradicional. Tiene miedo a chicotazos o algo peor por parte de sus mismos compañeros que acatan la medida de presión.

    Llega el día del traslado y subimos los sillones, la cocina, el refrigerador y todo lo alistado al camión, que es rojo. El conductor, experimentado por el oficio, nos ayuda a acomodar los catres, las mesas y las sillas de la mejor forma posible. Terminamos muy manchados de polvo, el bus arranca y yo me subo en medio de los muebles con Choco. Papá, mi hermano y Blanco irán en la cabina.

    El vehículo comienza a moverse y veo una vez más esa casa en la que no viví, pero que me deja un cierto halo de nostalgia. Pienso en mi papá y Diego, en cómo se sentirán. En los cambios constantes a los que nos exponemos para intentar ser más felices de lo que ya podemos ser.

    El carro baja, inesperadamente, por Rosales, Pedregal y los Almendros, zonas adyacentes que no veía hace mucho tiempo, desde que decidí mudarme para estar solo, para ejecutar mis proyectos con la calma y paciencia que, creía, necesitaba. Por la necesidad de sentirme mayor, ya casi en mis treinta, en un avance necesario. Aquellas avenidas me recordaban de niño, de adolescente, ya que antes de Chasquipampa esas habían sido nuestras zonas, la del colegio que siempre odié, la del polvo constante de las calles, la de la vía por la que, ya más grande, salía a trotar todas las mañanas antes de escribir un cuento o una novela al regresar a casa.

    El sol bañaba la cima de las casas, sus techos o sus terrazas.

    Dejábamos, después de veinte años, la zona Sur, sus profundidades.

    Luego vino el centro paceño, el camión pasó Obrajes para ingresar a Miraflores, donde, en dos giros, apareció en San Antonio, zona a la que papá y mi hermano regresaban luego de dos décadas: antes de Chasquipampa fue el Cruce de Villas, la infancia.

    Arribamos a la nueva casa, con una puerta enorme y negra, descargamos las cosas y nos machucamos más de un dedo. Mis brazos no daban para más, pero continuamos cargando los muebles. Esta vez había que subir muchas gradas.

    Cuando terminamos la tarea, luego de algunas horas, nos pusimos a comer pan y galletas con gaseosa. No habíamos almorzado, así que aquellos alimentos nos sirvieron como un manjar. Choco y Blanco hacían lo posible por reconocer su nuevo hogar, olisqueando cada esquina, cada espacio.

    Se hizo de noche y me despedí de papá y mi hermano, debía regresar a mi casa, a mi departamento en alquiler.

    “Chau, hijo”, me dijo papá, que me acompañó hasta una esquina donde, a lo poco, apareció un minibús. Tenía el rostro cansado, las ropas sucias por el traslado.

    Cuando el coche avanzó, vi su cuerpo moverse hasta su nueva casa, donde vivirá con mi hermano por, sabrá Dios, cuánto tiempo.

    Días después me pasó una fotografía de Blanco, el gato. Se había parado encima de un muro, el sol pintaba su pelaje y lo hacía brillar.

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