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    [Crónica] La virtù no se perdona

    Por: Roxana Pomier F.

    91 minutos. Messi recibe la pelota en el sector derecho. Lleva casi toda la noche dejando que Inglaterra crea que puede con él. 

    Dos laterales le cierran el paso. Él los mira. Los mide. Y entonces hace lo que lleva 20 años haciendo con una naturalidad que todavía no tiene explicación racional. Encuentra el espacio, que sólo él ve.

    El cuerpo se acomoda solo. La derecha golpea el balón con una precisión matemática. El centro viaja tenso, bajo, exacto. Por un instante el balón parece suspendido en el aire, eligiendo su destino. Lautaro Martínez aparece donde tiene que aparecer. Cabecea y anota.

    Tuchel no se mueve en su banco. Tiene la expresión de quien acaba de entender algo que ya era demasiado tarde para remediar. Cuarenta y cinco minutos atrás tomó la decisión de cerrar el partido cuando su equipo todavía ganaba, metió defensores donde había atacantes, convirtió a Harry Kane en sargento de infantería. El dolor era autoinfligido.

    En la banca inglesa esperaban Rashford, Saka y O’Reilly. El equipo era un Mini Cooper sin gasolina mientras el Land Rover, el Jaguar y el Aston Martin dormían en el garaje. 

    Es la tercera vez en cuatro Mundiales que Argentina llega a una final. Es la confirmación de algo que Rodrigo de Paul dijo después de Catar y que le costó una lluvia de críticas: este ciclo es el mejor de la historia de la selección argentina.

    Los números ya no admiten discusión. Más de siete años invictos en competencias oficiales. Copa América 2021, título mundial en Qatar 2022, Copa América 2024, y ahora otra final. Superó en títulos y en continuidad al ciclo del Narigón Bilardo. Superó en consistencia a la campeona del 78, de Menotti. Hizo lo que ninguna generación anterior había logrado, ganar una vez y volver a la final del mundo cuatro años después, con el mismo líder, con la misma hambre, con la misma capacidad irritante de aparecer exactamente cuando todo indicaba que no iba a aparecer. Y aun así, casi todo el mundo sospecha.

    ArgentFIFA, la llaman en Italia. El equipo de Infantino, dicen en Francia. En Inglaterra se preguntan sin rodeos si los intereses del entretenimiento superaron a los del deporte. Es una pregunta legítima. Y es también, paradójicamente, la mejor evidencia de la grandeza de la Albiceleste.

    ¿Cómo se sostiene un mito cuando el mundo sospecha que está fabricado?

    ATLANTA, GEORGIA – JULY 15: Lionel Messi #10 of Argentina celebrates the victory with teammates following the FIFA World Cup 2026 Semi Final football match between England and Argentina at Atlanta Stadium on July 15, 2026 in Atlanta, Georgia. (Photo by Jean Catuffe/Getty Images)

    La noche de Atlanta

    Antes de que empiece el partido, los himnos son a puro silbido mutuo. Los argentinos responden cantando más fuerte. Desde la tribuna, algunos periodistas dejan la vida en el «ooo juremos con gloria morir». En la cancha, los jugadores de azul gritan la letra con una convicción que parece excesiva para un partido de fútbol y perfectamente proporcional para todo lo demás que esa noche significa.

    Cuarenta años después de México 86. Contra Inglaterra. Con Messi de capitán a los 39 años.

    El primer tiempo hay intercambio de golpes y patadas donde sobra la pelota. Cincuenta minutos de zozobra. Entonces, Gordon marca. Y Tuchel hace lo que hacen los que tienen miedo cuando van ganando. Guarda todo. Y el resto ya se sabe.

    Otra vez el mito del sufrimiento y la épica. El equipo de Lionel Scaloni parece diseñado por un guionista.

    La virtù de Maquiavelo

    Hossam Hassan, el entrenador de Egipto, lo dice primero y lo dice con la rabia de quien acaba de ver evaporarse la mayor victoria de su vida. «¿Quizás querían que los campeones del mundo siguieran en la competición? ¿Quizás querían que Messi siguiera en la lucha?»

    Su equipo ganaba 2-0 a Argentina. Trece minutos después, está eliminado. La jugada de gol que hubiera significado el 2-1 es anulada por el VAR por una falta a más de 100 metros de distancia. Un penal reclamado antes del tercero argentino es ignorado. La Asociación Egipcia de Fútbol emite un comunicado que «no puede permanecer en silencio» ante decisiones que «plantean serias dudas sobre la imparcialidad del juego». La federación argentina sufre un ciberataque. En Inglaterra dicen que más de 12 millones de personas firmaron una petición para descalificar a Argentina del torneo.

    No es un caso aislado. La FIFA suspende la tarjeta roja a Folarin Balogun tras la intervención directa de Donald Trump, quien se jacta públicamente de su papel en el asunto. La UEFA califica la decisión de «sin precedentes, incomprensible e injustificable». El caso Balogun no carece de precedentes. Meses antes, la FIFA había suspendido parcialmente la sanción a Cristiano Ronaldo para que pudiera jugar la fase de grupos. El patrón es claro. La FIFA protege sus activos comerciales. Y Messi es el mayor activo comercial de la historia del fútbol.

    Todo esto es verificable. Y todo esto convive, en el mismo torneo, con algo que ninguna conspiración puede fabricar.

    Cuando Argentina va perdiendo 1-0 contra Inglaterra con 45 minutos por jugar, sin haber pateado al arco, algo ocurre que no está en ningún guion. Un equipo sin ideas encuentra todas las ideas. Un capitán de 39 años empieza a ganar casi todas las disputas. Un técnico al que critican por conservador toma decisiones que resultan exactas.

    Quizás la conspiración más grande de este Mundial no sea que la FIFA ayuda a Argentina. Quizás sea que Argentina hace que parezca que la FIFA la ayuda. Porque gana igual.

    Hay una palabra para eso que el mundo confunde con suerte o con maquinación. El analista argentino Marcelo Longobardi recordó que Maquiavelo la usó en 1513 y la llamó virtù. No virtud en el sentido moral. Sino la combinación exacta de energía, coraje, astucia, sentido de la oportunidad, disciplina y la capacidad de leer el momento antes de que ocurra. Para Maquiavelo, la fortuna no es ciega. Es el premio que le espera al que llega preparado.

    Messi camina por el césped de Atlanta. Y entonces lee el momento. Y aparece donde nadie esperaba. 

    Eso no puede controlarlo la FIFA, por más que lo intente. Eso se llama virtù. Y lleva cinco siglos siendo imposible de comprar.

    Lo que los números no alcanzan a medir

    Rodrigo De Paul lo dijo después de Catar y le saltaron a la yugular. Que si este equipo era el mejor de la historia. Que si la arrogancia. Que si la falta de humildad.

    Hoy, después de Atlanta, la discusión ya no parece tan exagerada.

    Como mínimo, ya igualó al mítico ciclo del Narigón Bilardo, con un título y otra final en puerta. Superó en extensión y consistencia a la campeona del 78, de Menotti. Ganó la Copa América antes de Catar, la repitió después, y llegó a otra final sin perder un partido en el torneo. Siete victorias consecutivas. Todo eso mientras casi el mundo entero esperaba que se cayera.

    Pero más que los números, lo que define a esta selección es algo más difícil de tabular. Tuvo fútbol para recordar a los Carasucias del 57. Mostró la autoridad de la campeona del 86. Revivió la mística de la subcampeona del 90. Y logró algo que ninguna de esas generaciones tuvo en la misma medida: la identificación total con el hincha. 

    Las teorías conspirativas que rodean a Argentina en este torneo no son sólo síntomas de la paranoia futbolera. Son síntomas de algo más amplio y más oscuro: la desconfianza sistemática en las instituciones, la polarización política, la era de la desinformación donde una imagen generada por IA puede volverse viral antes de que nadie la desmienta.

    En ese mundo, la grandeza genuina se vuelve sospechosa por definición. Jude Bellingham, el mejor jugador de Inglaterra en este torneo, fue señalado meses antes del Mundial por algunos medios como un elemento perturbador para la armonía del equipo. El Daily Mail tituló «Dejen a Jude en casa». Periodistas ingleses identificaron que la hostilidad hacia Bellingham tiene una historia larga y específica, la de los hombres negros que se niegan a agachar la cabeza. Bellingham no agachó la cabeza. Y por eso incomodó antes de que empezara el torneo.

    La grandeza siempre incomoda. La grandeza negra incomoda el doble. La grandeza argentina, en este Mundial, incomoda al mundo entero.

    Y la virtù, según Maquiavelo, también.

    Lo que la conspiración no puede fabricar

    En este Mundial, la distancia entre el juego y el mundo que lo rodea se vuelve tan delgada que a veces cuesta saber dónde termina uno y empieza el otro.

    Trump interviene en una sanción de la FIFA. Infantino inventa un premio de la paz para congraciarse con él. Irán juega sus partidos entrando y saliendo del país como si cruzara una frontera clandestina. Los hinchas egipcios ven evaporarse la mayor victoria de su historia en 13 minutos y sienten, con razón, que la injusticia del campo es un reflejo de la injusticia del mundo.

    Y en medio de todo eso, Messi sigue apareciendo donde nadie espera. Respondiendo a la conspiración con la única cosa que la conspiración no puede fabricar. La grandeza sigue incomodando.

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