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    [Crónica] Lo inevitable

    Por: Rodrigo Villegas

    Un contingente policial arriba a San Julián, a la carretera bloqueada, en muy tempranas horas de este sábado. Son cientos de efectivos del orden. Lo curioso, lo distinto: vienen acompañados de civiles, jóvenes integrantes de la Unión Juvenil Cruceñista, quienes azuzan y llegan con palos, con otros instrumentos para atacar y defenderse. Llegan preparados para lo que sucede después, cuando se libera la vía, cuando se deja pasar a las cisternas, a las decenas de camiones que se encontraban varadas hace más de veinte días debido al bloqueo de los protestantes que exigen la renuncia del presidente Rodrigo Paz, donde no aceptan ningún diálogo ni nada parecido: comienza el enfrentamiento. Horas después, la Policía debe replegarse; el objetivo no se ha cumplido a cabalidad, debido a que los manifestantes muestran una férrea resistencia y retoman su concentración. Por los medios de comunicación se muestra cómo un uniformado es levantado por sus compañeros debido a que cayó al suelo por el impacto de una bala que le dio en la cabeza. Otro es atendido por una herida en la pierna, presuntamente de otro misil. Por el otro lado también hay heridos, y se hace viral el video de un comunario al que, según denuncian, le ha alcanzado, también, un proyectil. Solo que este estaría muerto.

    La sangre, otra vez, comienza a manar desde los dos frentes. No hay salvación pacífica, parecieran decirnos los dos contrincantes, para esta Bolivia quebrada, rota hasta sus más arraigados cimientos.

    Mientras tanto en la ciudad de La Paz, bloqueada hace más de un mes por los sectores campesinos, algunas juntas vecinales de la ciudad de El Alto y la Central Obrera Boliviana (COB), que es una de las impulsoras de estas medidas de protesta, se lleva a cabo la sesión en la Cámara de Diputados que analiza la aprobación del proyecto de ley que regula los estados de excepción, enviado por el primer mandatario hace unos días. El jueves, feriado por Corpus Christi en todo el país, la Cámara de Senadores ha hecho lo suyo: ha aprobado en grande y en detalle esta normativa, que dará mayores atribuciones a la Policía y a las Fuerzas Armadas en su futura tarea de “pacificación” de la nación.

    Pareciera que su dictamen es inminente, inevitable.

    Es decir que pronto veremos a los militares por ahí, pululando por las vías para “devolverle el orden” al país. Cada vez son más los sectores que pidieron esto, el estado de excepción, ante el brutal encarecimiento de la canasta familiar, principalmente en la carne de pollo, el huevo, las frutas y las verduras. Muchas empresas, por esta situación, han debido cerrar o están en eso, con el despido pertinente de los trabajadores.

    En las redes sociales se ve mucho de eso, comentarios de Facebook donde muchos habitantes de este maltrecho país exigen al presidente que ponga “mano dura”. A la vez, las publicaciones de varios analistas predicen más derramamiento de sangre si Paz decreta este movimiento en la tabla de ajedrez que juega el Gobierno día a día, semana a semana, desde el pasado mayo turbulento, destructivo.

    ¿Habrá otra forma de resolver el conflicto?, nos preguntamos entre los amigos, entre los familiares, los vecinos. Es la charla del día a día, no hay otra cosa de la que se pueda hablar, en la que se pueda pensar. Estamos contaminados de esta política ruin, nos ha llegado hasta lo más profundo del estómago, es el sedimento de nuestras lágrimas.

    “Yo no defiendo a Paz, me parece un mentiroso, un canalla, un ineficiente (¿hay algún gobernante que no sea así?), pero por encima de todo está la democracia”, me dice un amigo. Otro, por su cuenta, argumenta que el mandatario se ha equivocado demasiado, que no ha sabido escuchar, que su soberbia y su equipo de trabajo le ha hecho fallar más de una vez y que debe nomás renunciar. Otro pide “bala para los bloqueadores”, y otro “muerte para los blancos”.

    “¡Le damos 48 horas a Rodrigo Paz para que renuncie!”, exclama Vicente Salazar, máximo ejecutivo de la federación Tupac Katari en un cabildo llevado a cabo en El Alto, mientras que el presidente alerta, desde un desbloqueo en Río Abajo sucedido el pasado viernes, que utilizarán “la ley que la Constitución les faculta para hacer prevalecer el orden”. “Debe renunciar y llamar a elecciones en tres meses”, exige Evo Morales desde el Trópico.

    Lo lamentablemente cierto es que a estas alturas del problema, que es enorme, pareciera que la “salida”, si es que la hay, pasará por un enfrentamiento mucho más violento de lo que hemos visto hasta ahora (y eso que ya hemos visto bastante), donde los hermanos, que somos todos, le guste a quien le guste, nos encontraremos cara a cara con el otro, sin reconocernos, odiándonos por lo que nos han implantado los de arriba, tanto los gobernantes como los dirigentes, convenciéndonos de que estamos luchando por esa patria de papel por la que nos obligan a sangrar, a morir. Nos daremos un puño, nos diremos cuánto nos despreciamos. Alguno ganará, pero la victoria será pírrica: se celebrará sobre un charco rojizo. Sobre las cenizas de lo que dejó nuestra ineptitud.

    En el fondo, todos sabemos que en realidad se juega el poder, nada más que eso. A ellos, los que eventualmente ocuparán las sillas máximas, no les importamos prácticamente nada y eso se ha demostrado en estas semanas que han pasado. Solo somos carne de cañón.

    Pobre, pobre país. Pobre de nosotros. Pobre.

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