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    [Crónica] Sin la furia de lunes anterior

    Foto: FIFA

    Por: Roxana Pomier F.

    Rosario, Argentina, principios de los años 70. En una cena con amigos, un treintañero César Luis Menotti anuncia que tiene un plan para salvar al fútbol argentino. Quiere romper con el estilo europeo, más físico, y recuperar el toque y talento que Sudamérica siempre reclama como propios. Ese plan de sobremesa le va a costar, pocos años después (1978), tener que ganar un Mundial bajo una dictadura que él mismo despreciaba.

    Lo imagino prendiendo su cigarrillo, como hacía siempre, y después de haberlo escuchado en diversas entrevistas, lo imagino también explicando que a los jugadores argentinos había que sacarles primero el miedo a la potencia física europea, ese mito que se cura con la pelota y con paciencia, no con más músculo.

    Ese anuncio casual terminó convirtiéndose en la Albiceleste que todavía discutimos hoy. Una Argentina que se atrevió a cambiar su manera de jugar y que medio siglo después sigue sin recibir, por ese cambio, el crédito que le sobra en las estadísticas y le falta en el relato. Cada vez que gana, el mundo del fútbol le pide explicaciones que no le pide a nadie más; cada vez que pierde, encuentra en esa derrota la prueba de algo que venía sospechando desde antes.

    Esta columna es sobre esa costumbre. Sobre la aritmética que convierte seis finales de Mundial en una anomalía y no en una hazaña, sobre la idea propia que terminó ganándole al que la inventó, sobre el racismo real de algunas tribunas y el uso oportunista que se hace de él, y sobre un silencio, el de Lionel Messi, que es la explicación más honesta que nadie quiso escuchar.

    La escribo a propósito tarde. No en el calor del domingo de la final. La escribo cuando ya pasó la semana que necesita el mundo para que los verificadores hagan su trabajo, para que las teorías se caigan solas, para que la indignación original decante. Lo interesante de esta historia nunca fue la furia del lunes. Es lo que seguía en pie el domingo siguiente, cuando ya nadie discutía el resultado y, sin embargo, la sospecha, intacta, había encontrado otro disfraz. Esta no es una columna para defender a Argentina de la derrota; es una columna para preguntar qué sobrevive, siete días después.

    La aritmética como argumento

    El plan Menotti se implantó. Doce Mundiales en el camino, seis de esas 12 las jugó Argentina. La mitad. Ningún otro país, ni siquiera Brasil con sus cinco títulos, sostuvo semejante constancia en la cima del fútbol. Tres coronas (1978, 1986, 2022) y ahora, en 2026, una final más, la sexta, perdida en la prórroga contra una España que hizo del toque una religión. Cualquier estadística deportiva leería lo hecho por Argentina como un logro para aplaudir. El relato global, en cambio, la leyó como una anomalía a corregir.

    Ahí está el primer fraude de esta historia. Convertir la persistencia en sospecha. A Argentina no se le perdona ganar, pero tampoco se le perdona perder bien.

    La posverdad

    Apenas cayó el gol del español Ferran Torres, las redes se llenaron de una frase que se repitió como mantra -algo pasó-. De ahí en más, todo fue posible. Que España había cedido sus bases militares a Washington a cambio del título. Que el árbitro esloveno llegó con instrucciones. Que hubo un pacto, un ritual, una amenaza. Los verificadores -EFE, Chequeado, Newtral- revisaron una por una esas versiones y no encontraron una sola prueba que las sostuviera; encontraron, eso sí, imágenes viejas resignificadas, audios armados, la vieja maquinaria de la sospecha funcionando a régimen. Lo notable no es que la conspiración exista, es que sea más fácil de creer que la explicación sencilla que dio, sin que nadie se lo pidiera, el propio técnico argentino, Lionel Scaloni, cuando reconoció con una honestidad casi extraviada en estos tiempos que el rival, simplemente, jugó mejor. La posverdad no necesita mentir demasiado, le alcanza con ofrecer una explicación que duela menos que la verdad.

    Y ese reflejo no nació con la derrota. Ya durante el torneo, cuando Argentina ganaba, corrían también las sospechas de arreglo en sentido contrario. El mecanismo es el mismo. Cuando el resultado no coincide con lo que uno necesita creer, la explicación deja de buscarse en la cancha y empieza a buscarse en la sombra.

    Siete días alcanzan para desmontar esto. Ninguna de esas teorías sobrevivió a la primera revisión seria. Lo que sigue en pie, en cambio -y por eso esta columna avanza hacia otro terreno-, es lo que ninguna verificación puede desmentir porque no depende de un hecho puntual, sino de un hábito.

    El mito de la Argentina blanca

    Hay una injusticia más que este Mundial reactivó sin resolverla, la de un país al que el mundo le exige, una y otra vez, que explique por qué «no tiene jugadores negros», como si la pregunta fuera inocente. No lo es, pero tampoco admite la respuesta fácil que algunos quisieran darle. La antropóloga Lea Geler fue entrevistada por un medio de comunicación argentino en el que sostuvo que los afroargentinos nunca desaparecieron, sino que fueron dejados de contar. Ni la fiebre amarilla de 1871 ni las guerras de la independencia afectaron, según ella, exclusivamente a la población negra, y el propio mestizaje fue redefinido con el tiempo como una forma de «aclarar» lo que no se quería ver.

    Pero conviene no cerrar el caso con esa sola lectura. La mayoría de los historiadores que trabajan el período -lo señala, entre otros, el sociólogo e investigador argentino Alejandro Frigerio- coincide en que jamás hubo en la Argentina una política de exterminio planificada, ni una legislación que prohibiera, como sí ocurrió en Estados Unidos hasta bien entrado el siglo XX, el matrimonio entre blancos y negros. Al contrario, fue precisamente la ausencia de esa barrera legal, sumada a la escasez de varones afrodescendientes tras las guerras y las epidemias, lo que habilitó un mestizaje masivo y sin sanción social.

    La propia camiseta albiceleste desmiente el mito cada vez que se la investiga con paciencia. Alejandro Nicolás de los Santos, nacido en Paraná en 1902, fue el primer futbolista afrodescendiente en vestirla, ídolo de El Porvenir con 80 goles convertidos. Décadas después, José Manuel Ramos Delgado, hijo de madre argentina y padre caboverdiano, no sólo integró los planteles mundialistas de 1958 y 1962, fue capitán de la selección en 1964, el mismo año en que Estados Unidos firmaba su Ley de Derechos Civiles. Cuando en 2022 un diario norteamericano quiso explicar la «argentina blanca» con un dato demográfico, tuvo que corregirlo después porque la cifra que citaba estaba mal.

    Una Roja con alma Albiceleste

    Hay una ironía que el propio Mundial se encargó de servir en bandeja. La España que le ganó la final a Argentina juega, en gran medida, con una idea que Argentina le prestó sin saber que se la estaba prestando. En 2009, en el Bernabéu, un entrenador catalán le pidió a un rosarino de 21 años que dejara de ser delantero y empezara a ser el centro de todo. Ese entrenador era Pep Guardiola, quien había aprendido a discutir fútbol escuchando a un argentino, Jorge Valdano, y se había animado a dirigir después de una arenga de 11 horas de otro argentino, Marcelo Bielsa. Diecisiete años más tarde, media selección española -Cubarsí, Olmo, Pedri, hasta Rodri- habla el idioma que ese rosarino terminó de escribir en Barcelona. Dicho de otro modo, a Messi lo terminó venciendo su propia escuela.

    El silencio que

    Se le reclamó a Messi un discurso que jamás se le exigió, con la misma vehemencia, a ningún campeón europeo del último medio siglo. Curiosamente, esta vez el reclamo no vino sólo de donde siempre viene. Le pidieron a Messi que la grandeza en la cancha se tradujera en valentía fuera de ella. Y su silencio -el de un hombre que hace 20 años eligió que hablara la pelota y no la boca, mucho antes de que hubiera Mundial que perder o ganar- fue leído, otra vez, como culpa.

    La única opción que nunca se contempla es que un hombre de 39 años, que ya dio todo lo que tenía que dar adentro de la cancha, simplemente no le deba explicaciones al resto del planeta.

    Lo que el mundo antiArgentina no quiere ver

    Al final, la injusticia no está en haber perdido la final del Mundial norteamericano -eso es apenas fútbol, apenas una tarde de julio donde España fue más y mejor-. La injusticia está en la velocidad con que el mundo transformó seis finales en 12 Mundiales, tres estrellas en el pecho, una manera de jugar que enseñó a media Europa a tocar la pelota, en material de sospecha y no de asombro. Ningún país sudamericano volvió a acercarse a esa constancia. Y, sin embargo, cada vez que Argentina llega a la cima, el mundo no pregunta cómo lo hicieron, pregunta qué hicieron mal para merecerlo.

    Por eso esta columna llega tarde, y por eso llega ahora. Las conspiraciones ya se cayeron solas. Lo que nadie retiró, en cambio, fue el mito racial, la exigencia moral desigual, la sospecha convertida en costumbre. Eso es lo que no depende del resultado de un partido y por eso es lo único de todo esto que realmente merecía ser escrito con la cabeza fría.

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