Por: Roxana Pomier F.
Lo pienso cada vez que lo veo. Lo pensé en Kansas City, cuando anotó el primero con esa facilidad irritante de quien resuelve un crucigrama que a los demás nos lleva horas. Lo pensé en Dallas, cuando superó el récord de Klose con la misma expresión de siempre. Sin aspavientos. Me sorprendo y vuelvo a pensar que Lionel Messi no debería estar ahí. Que un hombre con un título mundial, bicampeón de América, una medalla olímpica colgada al cuello y decenas de títulos, debería estar en las graderías, recibiendo los honores que se reservan para los que ya lo ganaron todo. Pero no. Lio sigue ahí, batiendo récords históricos como si fuera, simplemente, lo que toca hacer un día cualquiera.
Y no, Messi no bate récords en días cualquiera.
El día elegido
Jorge Valdano escribió hace unos días algo que vale la pena detenerse a leer con calma: «Hay personas que, a pesar de tener una vida apasionante, parecen haber nacido para un día determinado. Diego Maradona eligió el 22 de junio de 1986».
Valdano estaba ahí. Entró al arco a sacar la pelota después del segundo gol -el gol, el de los diez toques en diez segundos- y en vez de correr a abrazar a Diego, se quedó solo un momento, medio enojado, pensando: «Grítalo solo». Porque para aquel futbolista Valdano, aquella jugada era irrepetiblemente suya.
Cuarenta años después, Messi también eligió su día.
Sólo necesita estar
La paradoja más incómoda de este torneo tiene nombre y apellido: Lionel Andrés Messi. En la anterior columna decía que Argentina ya no lo necesita para ganar. Los números lo dicen, el equipo funciona con o sin él. Y, sin embargo, Messi desbarata los conceptos y sus porcentajes.
Messi nunca compitió contra Diego Maradona, ni contra Cristiano Ronaldo, ni contra el tiempo. Messi siempre compitió contra sí mismo. Eso lo hace diferente a cualquier otro grande que haya existido. Los otros querían ser los mejores del mundo. Él quiere ser mejor que ayer. “El último Messi es siempre el mejor Messi”, dice Pablo Aimar.
En un torneo donde Mbappé, Haaland, Vinicius, Kane y Bellingham compiten por definir la época, el que más goles tiene y más por sí solo impulsa a su equipo es un hombre de 39 años.
Lo vimos en el minuto 95 contra Austria. No en un gol fácil, no en un penal, no en una jugada ensayada. Sino en algo que sólo ocurre cuando el fútbol y el instinto se funden sin que el jugador lo decida del todo: visión para habilitar al compañero mejor ubicado, un taco inventado para controlar una pelota imposible, y luego los pies, tirándose, ganándole de mano a todos. Es la inteligencia del que lleva 20 años leyendo el juego antes de que ocurra.

Messi juega y hace jugar. Son cosas distintas. No todos los genios saben hacer las dos. Scaloni lo sabe mejor que nadie. Ha construido un vestuario de líderes colectivos, un equipo que funciona con o sin él. Y aun así, cuando Messi aparece, algo cambia en los demás. El líder indiscutido no necesita gritar. Solo necesita estar.
El tenista Roger Federer tenía esa misma condición: la de hacer que lo extraordinario pareciera normal. Pero Federer se retiró llorando en Laver Cup, con Rafael Nadal al lado, sabiendo que era el final. Messi no llora. Messi anota en el minuto 95 y camina de vuelta al centro del campo con la misma expresión de siempre.
El récord del depredador que finge calma
18 goles en Copas del Mundo. Más que Klose. Más que Ronaldo. Más que Pelé. Más que cualquiera que haya puesto un pie en esta competencia desde que existe.
La cifra es colosal. Y como toda cifra colosal, corre el riesgo de volverse abstracta si uno no se detiene a contextualizarla.
Klose tardó cuatro Mundiales y 15 años en llegar a esos 16. Messi llegó en seis ediciones y casi 20 años de selección, con un camino que incluye finales perdidas, años de incomprensión, una retirada falsa, un regreso, una consagración en Catar…
En Dallas, mientras Austria presionaba sin lastimar, lo veíamos caminar por el campo. Pero no era el caminar de quien descansa. Era el de quien huele por dónde va a agredir. El depredador que finge calma.
Disfrutémoslo
Llevamos años tratando a Messi como si ya fuera pasado. Como si el partido definitivo ya hubiera ocurrido en Catar 2022, con el trofeo levantado bajo la lluvia de Lusail.
Algún día se irá. Entonces descubriremos que lo extraordinario nunca fue que rompiera un récord más, sino que durante dos décadas nos hizo creer que lo imposible era una rutina.
Tal vez esa sea la única responsabilidad que nos queda como espectadores, empezar a comprender el privilegio histórico de haberlo visto. No sabemos cuándo va a terminar esto. La pregunta queda suspendida. Y Messi, como siempre, responde con los pies.



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