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    [Crónica] La rebelión de los milagros y el mito de la magia

    Por: Roxana Pomier F.

    Me confieso. El lunes mundialista me desperté convencida de que España iba a ganar por goleada. Lo confieso sin pudor porque sé que no fui la única. Lo pensamos muchas y muchos que llevamos años viendo fútbol y olvidamos que el fútbol desmiente a la estadística con la épica.

    Me senté predispuesta a ver España-Cabo Verde con la pereza de quien verá algo predecible. Mientras esperaba, leía un artículo sobre el libro de la década de gestión de Gianni Infantino, ese documento extraño en el que el presidente de la FIFA habla de la magia del balón con la convicción rutinaria de un funcionario de ventanilla que convierte la pasión en trámite. 

    Minutos después, el fútbol se burló de España y de sus 1.220 millones de euros en plantilla. Se burló de la lógica, del ranking FIFA, de todo lo que Infantino llama magia y que suele ser, en realidad, simplemente el poder del dinero.

    Lo hizo a través de Vozinha. Un portero de 40 años parado entre los tres palos de un archipiélago de 600.000 personas frente a la costa de África. 40 años. La misma edad en la que varios ya suman al menos cinco como exfutbolistas.

    En esta misma semana, en Kansas City, otro hombre de 38 años llamado Lionel Messi anotaba un hat-trick contra Argelia, igualaba a Klose como máximo goleador en la historia de los Mundiales y se convertía en el primer futbolista en disputar seis ediciones de la Copa del Mundo. Cristiano Ronaldo, 41 años, otra “anomalía biológica”, hará lo propio: su sexto Mundial, su última danza con la imposibilidad.

    Porque la magia verdadera del fútbol no está en los libros de los presidentes ni en los contratos de televisión ni en los estadios de 90.000 personas. Está en un arquero que llora en el césped de Atlanta pensando en sus abuelos muertos. En un hombre de 38 años que sigue reescribiendo la historia porque simplemente no concibe otra forma de existir. En un archipiélago de 600.000 personas que le empata a una potencia de mil millones.

    Quizá por eso sigo creyendo que el Mundial es el mejor lugar para entender el fútbol y, a veces, también el mundo. Las grandes historias casi nunca nacen donde las esperamos.

    Messi, el último capítulo todavía no está escrito

    Catar fue perfecto para él. Impecable. El círculo cerrado, el trofeo levantado, el sombrero ceremonial sobre los hombros. Si el fútbol fuera literatura, ahí terminaría la novela. Pero Messi no quiere leer el guion.

    Este martes en Kansas City, antes de cumplir 39 años, convirtió un hat-trick ante Argelia, igualó a Klose como máximo goleador en la historia de los Mundiales con 16 goles, llegó a 200 partidos con la Albiceleste y se convirtió en el primer futbolista de la historia en disputar seis ediciones de una Copa del Mundo. Todo en 90 minutos. 

    La paradoja más extraña de este torneo es que Argentina ya no necesita a Messi para ganar, 75% de victorias sin él, casi idéntico al 76% con él, y sin embargo su sombra lo cubre todo. Messi ausente sigue moviendo a los soldados. Messi presente los lleva a la historia.

    El argumento fácil sería la nostalgia patológica, el ídolo que no sabe retirarse. Pero en Kansas no hubo nostalgia. Hubo tres goles, un récord mundial y la sensación incómoda de que Diego ganó la Copa del Mundo una sola vez.

    El último acto todavía no está escrito. Y eso, a estas alturas, es lo más extraordinario de todo.

    El precio del milagro

    La plantilla de España vale 1.220 millones de euros. La de Cabo Verde, 54,5. La diferencia es de 1.165 millones exactos. Y, sin embargo, al final del partido, ambas selecciones tenían exactamente el mismo número de puntos. Uno.

    El fútbol, cuando se lo propone, sigue siendo cruel con los poderosos.

    El hombre que hizo posible el empate tiene 40 años y se llama Vozinha. Empezó a jugar profesionalmente a los 25. Pensó en dejarlo. No lo hizo. Ante España sumó siete paradas en Atlanta, fue elegido mejor jugador del partido y terminó llorando en el césped, por sus abuelos muertos, y por su madre, que no pudo estar porque el gobierno anfitrión de este Mundial le exigió una fianza de 15.000 dólares para cruzar la frontera.

    Quince mil dólares para ver jugar a tu hijo en la Copa del Mundo. Hay una violencia silenciosa en ese dato que ningún resultado puede compensar. El mismo torneo que vende sueños de igualdad construye muros de papel moneda alrededor de quienes menos tienen. España trajo sus millones. Cabo Verde trajo a Vozinha y sus guantes.

    Su seleccionador lo dijo con precisión. El empate fue una metáfora de la nación. Un archipiélago en el Atlántico que lleva siglos resolviendo con ingenio lo que no puede resolver con recursos.

    Portugal, más allá del Siete

    Hay una paradoja en el centro de todo lo que rodea a Portugal en este Mundial. Su figura más célebre es, al mismo tiempo, el mayor obstáculo para comprender al equipo. Cristiano Ronaldo, 41 años, sexta Copa del Mundo, eclipsa con su sola presencia un conjunto que, lejos del ruido, es quizás el más completo que haya llevado el escudo que alguna vez defendió el gran Eusébio.

    En Europa dicen que esta Portugal no necesita a Ronaldo para ser extraordinaria. Lo necesita para ser noticia.

    Su mediocampo, Fernandes, Vitinha, João Neves, Bernardo Silva, Rúben Neves, es probablemente el mejor del torneo. Fernandes viene de 21 asistencias en la Premier League, récord histórico. Vitinha fue el mejor jugador de la última final de la Champions. Son cifras que, en una selección sin Cristiano Ronaldo, protagonizarían todas las portadas.

    La historia, sin embargo, no les favorece. Desde Eusébio en el 66, Portugal osciló entre el brillo esporádico y la decepción sistemática. Martínez llegó con el estigma de las dudas, pero respondió con 100 goles en 39 partidos, una Liga de Naciones levantada sobre Alemania y España.

    Portugal siempre prometió más de lo que entrega. Hoy, por primera vez en décadas, la promesa suena menos a retórica y más a compromiso tangible.

    Manual de ilusionismo

    Leí una reseña sobre el libro de Gianni Infantino. Al terminar la lectura, tuve la incómoda sensación de que no sólo se hablaba de un libro malo.

    Porque hay libros malos y hay algo peor, libros que revelan, sin quererlo, exactamente lo que pretenden ocultar.

    Forward, que repasa la gestión de Infantino en la FIFA, habla mucho de magia. La pelota mágica. La magia del fútbol. La magia de Gianni. Y uno entiende por qué. La magia es el lenguaje de quienes no pueden explicar racionalmente lo que ocurrió.

    Críticos europeos ven a Infantino como un abogado suizo del montón insertado casi por accidente en la burocracia más opaca del deporte. Y en el libro está impresa una confesión. La deja escapar el propio Infantino: «Antes el dinero cambiaba de manos por debajo de la mesa. Desde 2016, se mueve abiertamente para que todos lo vean».

    Ahí está todo el Mundial que estamos viendo. ¿La corrupción no desapareció? ¿Se volvió espectáculo?

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