Por: Roxana Pomier F.
Dos campeones del mundo juegan su propio partido. Sin árbitro. Iker Casillas, campeón en Sudáfrica 2010, tira el primer centro y augura que el desenlace del Mundial norteamericano queda repartido casi por completo entre países europeos. Jorge Valdano, campeón con la Argentina de Diego Maradona en México 1986, no deja que el argumento se asiente. De acuerdo, concede, pero antes hay que derrotar a Argentina.
Cada uno defiende su trinchera. Ninguno alza la voz. Valdano despliega una artillería de nombres: Di Stéfano, Pelé, Maradona, Messi, y le cede a Cruyff el único lugar europeo en una lista de leyendas plagada de sudamericanos.
Casillas no se deja intimidar y responde con una segunda oleada de apellidos, esta vez del Viejo Continente: Xavi, Iniesta y Zidane. Valdano, sin embargo, tiene reservada la jugada de cierre y recuerda que, incluso en el segundo escalón, Sudamérica reúne también su propia veintena de nombres. Termina el partido disputado en un set de TV mexicana, donde ambos comentan el Mundial 2026.
Ninguno gana. Los dos cumplen, en cambio, con la vieja tradición de discutir cada cuatro años si el fútbol se mide en resultados o en leyendas. Europa contra Sudamérica. La primera representa la aritmética fría. La segunda, la memoria de los próceres. Uno cuenta trofeos, el otro cuenta genios. De esa vieja pelea sin ganador sale esta columna, que después se detiene en una canción cantada por la gran Negra Sosa para explicar por qué a cierta selección sudamericana le cuesta tanto morirse del todo, y termina, como toda buena discusión de café, en un empate que ninguno está dispuesto a firmar.
Cuando las cifras mandan
Los números dan la razón a los europeos. De los ocho equipos que llegaron a cuartos de final de este Mundial, seis eran europeos. Francia, España, Bélgica, Noruega, Inglaterra y Suiza ocuparon el lugar que antes se repartían con más generosidad las selecciones del sur. Sudamérica sobrevivió con un único representante, la propia Argentina, escoltada apenas por Marruecos como testigo africano de la fiesta.
Ese dato, que si bien no se repite mecánicamente en cada edición, consolida una tendencia de dominio de la última década, es la munición favorita de quienes sostienen que Europa ganó la guerra hace tiempo. La lista de finalistas y semifinalistas del último medio siglo tiene un marcado acento europeo. El resultado, insisten, no admite apelación.
La ecuación invisible del fútbol
Lo que Casillas defiende con estadísticas, la UEFA lo defiende con dinero, y esa es la parte de la ecuación que rara vez se cuenta. Mientras Sudamérica exporta genios, Europa exporta contratos. Sólo la Liga de Campeones mueve anualmente una cifra cercana a los 5 mil millones de euros (5.014 millones exactamente, según el balance de la UEFA), con una proyección de crecimiento en torno al 20 % a partir de la próxima temporada. La FIFA, en cambio, sigue dependiendo en su enorme mayoría del torneo que se celebra cada cuatro años para sostener sus ingresos. Este año, por ejemplo, espera superar los 10.000 millones de dólares, lo que explica buena parte de la tensión reciente entre ambos organismos por el reparto del negocio de los clubes.
Esa tensión no se quedó en las oficinas durante este Mundial. Cuando la FIFA decidió levantar en pleno torneo la sanción que pesaba sobre el delantero estadounidense Folarin Balogun, habilitándolo para los octavos de final ante Bélgica, la UEFA respondió acusando al organismo mundial de cruzar una línea roja, en una escalada que involucró hasta gestiones políticas desde la Casa Blanca. Bélgica terminó igual remontando el resultado, como si el fútbol quisiera recordarle a ambas federaciones que las decisiones de escritorio sólo llegan hasta la línea de cal. Pero el episodio recuerda que la UEFA no sólo pesa por sus títulos ni por su chequera, también pesa por su capacidad de convertir un asunto disciplinario en una pulseta de poder que obliga a la propia FIFA a dar explicaciones. La disputa institucional entre Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, e Infantino, no es un capítulo aparte de esta historia.
El linaje del Sur
Pero hasta esa maquinaria europea tiene una paradoja en su propio origen, y aquí conviene detenerse en algo que Valdano observó desde una vereda distinta a la de su duelo con Casillas. Cerca de 300 jugadores de este Mundial defendieron una camiseta distinta a la de su país de nacimiento, 15 veces más que en el Mundial de Argentina 1978. No es un dato irrelevante. Buena parte del linaje europeo que hoy factura títulos fue fabricado por la diáspora del sur.
El cruce entre Francia y Marruecos funcionó como un pequeño tratado de historia colonial disputado en un campo de juego. Sólo un puñado de los seleccionados marroquíes nació en Marruecos; casi todos los demás son hijos de la migración magrebí en Europa. Del otro lado, casi todo el plantel francés desciende de familias migrantes. Fue un partido entre hijos de inmigrantes con distinto grado de integración, y ganó el país que mejor supo absorber ese talento ajeno.
La conclusión incomoda a cualquiera de los dos bandos. Si Europa gana en las cifras, lo hace en buena medida con savia que no es europea. La aritmética fría de Casillas tiene, después de todo, acento de otro continente.
Estoy aquí, resucitando
Hay una canción que cualquier argentino tararea. Como la cigarra, de María Elena Walsh, popularizada por la gran Mercedes Sosa. Es la historia de una cigarra que el mundo daba por enterrada y que, contra todo pronóstico, seguía cantando. “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí. Sin embargo, estoy aquí, resucitando…” No hace falta citarla entera para entender su fuerza. Resucitar con la insolencia de quien se niega a aceptar el final.
Esa canción explica mejor que cualquier estadística lo que le ocurrió a la selección argentina en este Mundial. Contra Cabo Verde sufrió más de la cuenta. Contra Egipto directamente se murió en el campo, 0-2 abajo con 11 minutos por delante, con Lionel Messi errando otro penal, el segundo del torneo. Y ahí, cuando cualquier lógica indicaba entierro, la cigarra volvió a cantar. Tres goles en el tiempo que le quedaba, sin necesitar la prórroga.
No es la primera vez que este equipo elige el camino largo para llegar a un lugar al que podría llegar por una autopista. Tampoco es casualidad que la canción que mejor los describe no hable de fuerza, sino de insistencia. La cigarra no sobrevive por ser la más fuerte. Sobrevive por negarse, con una tozudez casi insolente, a dejar de cantar.
La ciencia de las cigarras
Ningún dato explica por qué un jugador como Lionel Messi, de casi 40 años, que ya ni siquiera corre con la fluidez de antes, sigue decidiendo partidos con un pase que solo él ve. Ningún cuadro estadístico explica por qué, cuando Sudamérica pierde con pocos minutos por delante, algo cambia en el aire del estadio antes de que cambie el marcador. Eso no se entrena. Eso no figura en ninguna planilla de la UEFA ni en ningún informe de rendimiento físico.
Casillas tiene razón. Hoy domina Europa, con su contabilidad, sus derechos de televisión y su diáspora bien integrada. Valdano también tiene razón, porque la historia manda, y ahora manda en sudamericano, con sus genios, su insistencia y su gente cantando afuera del estadio cuando no le alcanza para entrar. Los dos hablan, sin saberlo, del mismo fenómeno desde dos orillas distintas.
Quizás ahí esté la respuesta que ninguno de los dos se atrevió a dar en voz alta: el fútbol no le pertenece a quien gana más, sino a quien se niega a dejar de cantar cuando ya lo daban por enterrado.
Europa aprendió a fabricar equipos. Sudamérica sigue fabricando futbolistas y esa urgencia de barrio que convierte una pelota parada en un asunto casi religioso. Son dos economías del talento, una de acumulación, otra de urgencia. Una construye maquinaria. La otra, cigarras.


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