Por: Rodrigo Villegas
Un día, una semana, un mes. Treinta días han pasado y el país ha prácticamente colapsado. Más que todo La Paz, aunque los demás departamentos ya van sintiendo el golpe de los bloqueos de carreteras, la economía fragmentada, los bolsillos cada vez más vacíos. El tiempo pasa, pero el hambre no. Se hace lo posible para encontrar reemplazos a la carne, incluso a las verduras, que han triplicado en su precio. O hasta más. Lo peor: no se ve una solución cercana. Este domingo la Central Obrera Boliviana (COB) se reúne en un ampliado con los demás sectores sociales movilizados en este mayo funesto, que agoniza para darle paso a un junio que no parece pintarse de un color más amable. Los manifestantes han anticipado que no aceptarán ninguna convocatoria del Gobierno al diálogo. Que persistirán en su pedido de la renuncia del presidente Rodrigo Paz. El tiempo pasa, las carteras y billeteras se ven cada vez más desiertos. ¿Cuánto se podrá resistir?
A la vez, los discursos incendiarios persisten en las redes sociales, incitando incluso a la violencia. Y eso viene desde las dos trincheras, donde la rabia sube muchas veces de tono y crece hasta herir al contrario, al que piensa diferente que tú. No hay paz, los nervios se aprietan. La cabeza revienta de tanta información.
“Debe renunciar el pollo”, me dicen algunos amigos, que enumeran las mentiras de Paz en su campaña política, la que lo llevó a la silla presidencial, y a la derechización del estado.
“Debe sacar un estado de excepción”, me dicen otros, abrumados por el costo del kilo de la carne de pollo, de la libra de zanahoria, de cebolla. Piden la salida de los militares para “pacificar” el país. “No puedo trabajar hace un mes, estoy quebrado”, resaltan.
Camino por El Alto, en un día sin marchas pero con los persistentes bloqueos en las vías, y logro comprar un maple de huevo a Bs 55. Hace unas semanas costaba unos Bs 30. Un día antes, por el mercado Yungas, se lo ofrecía a Bs 70. Aún así, las filas eran largas. “Son para mi hijo, que es pequeño. Él no entiende de bloqueos”, me dice una de las compradoras, que reconozco como una excompañera de trabajo.
Otros que no entienden de estas medidas de presión son los animales, que, al igual que la mayoría de nosotros, padecen por la falta de alimento, no solo por su incremento indiscriminado en el costo, sino por la escasez. Los perros callejeros proliferan entre los basurales, que cada vez son más en las ciudades de La Paz y El Alto ante la imposibilidad de los carros recogedores de desechos de levantarlos. Buscan algo que rascar, que roer.
El mandatario, por su parte, poco hace para solucionar el conflicto: apela al desgaste de los sectores movilizados, al cansancio. Llama tímidamente al diálogo, pero también amenaza. El que más se pone las pilas, inesperadamente, es el vicepresidente Edmand Lara, que organiza, conjuntamente con la Defensoría del Pueblo y la Iglesia Católica, reuniones para intentar generar acuerdos que pacifiquen el país. Lastimosamente fracasa: los sectores movilizados no asisten.
“Se tiene que anular la orden de aprehensión contra el compañero Mario Argollo”, condicionan los mineros, y aquello sucede en los días posteriores. Pero no garantizan acudir a las mesas de reunión. “Eso lo tienen que decidir las bases”, indican.
Mientras tanto, en la larga y catastrófica espera, La Paz languidece: el paro indefinido de transporte se efectiviza, aunque merma con el pasar de los días: la mayor parte de los choferes sale a trabajar ante la necesidad de generar alguna ganancia, algunos pesos para seguir resistiendo a la crisis. Aún así, no es una normalidad. La urbe parece a ratos un territorio casi fantasmal, donde solo los trabajadores que debieron llegar con urgencias hasta sus fuentes laborales deambulan por el centro, sin estudiantes de colegio y universitarios ante la imposición de clases virtuales por estos conflictos, por las marchas que suelen terminar en enfrentamientos con la Policía, que ya ha normalizado el uso de gases lacrimógenos para dispersar, para reprimir.
Así, el tiempo va pasando, de segundo a segundo, de día a día, de semana a semana. Ya se cuenta un mes de hambre, de incertidumbre, de tristeza. En el acto me entero de que tres presuntos delincuentes han sido quemados vivos en Pocoata, de Potosí. Que fueron sacados de dependencias policiales por una turba enfurecida de habitantes del lugar, que los rociaron de gasolina y les prendieron fuego. Que ahora son cenizas. Horas más tarde sucede algo muy similar en Viacha, pero no se consuma el incendio: golpean a los ladrones, pero deciden devolverlos a las carceletas ante el temor, solo eso, de ser procesados por asesinato. Pero para que eso suceda los ánimos deben caldearse por bastantes minutos. Aún así, varios vecinos quedan insatisfechos por no haber llevado a cabo la “justicia comunitaria”.
Pareciera que Bolivia se ha convertido en una tierra de nadie. En una geografía de la tristeza, del enojo generalizado. El reloj, por su parte, sigue avanzando y los problemas no se llegan a resolver. Tic tac, tic tac.


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