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    [Crónica] Los muertos

    Por: Rodrigo Villegas

    Fue una bala. Fue no poder recibir la atención médica necesaria. Fue el gas lacrimógeno ingresando a los pulmones, destruyéndolos. Fue el bloqueo que no se pudo pasar, por lo que se tuvo que morir. Fue la represión policial. Fue… Es eso, fue. Ya no está. Ahora está muerto. Hay muertos, varios. De un lado y del otro. Se han creado eso, los bandos. Los muertos importantes y los que no. Pero hay un llanto, el de sus familiares, el de las personas que los querían. La tristeza que nos contaminan, que nos contagian. Hoy, de una forma y otra, llora Bolivia. Otra vez, siempre otra vez.

    Hay un acta, algo ya oficial. Víctor Cruz, comunario de Vilaque, de 24 años, ha fallecido. Su cuerpo fue recogido por paramédicos, mientras era resguardado por los vecinos, mientras, ya sin aliento, reposaba en la tierra. Su cuerpo, ahora un número más, una cifra. Es un nombre.

    Hay otros nombres que no se han hecho tan públicos como este, incluso el de un niño de 12 años que murió al no poder pasar Llallagua: sus padres y los médicos buscaban que sea atendido en un hospital adecuado, pero su vehículo quedó impedido de pasar las trancas de los manifestantes que exigen, desde hace ya más de tres semanas, la renuncia del presidente Rodrigo Paz. Se reportaron casos similares de Guanay, en Copacabana. Otra vez los números, las cifras. Lo que se empaña a los otros, a los enemigos. Las banderas de guerra que se colocan para cumplir sus objetivos. Los muertos como cetros, como espadas y escudos. Nada más que eso.

    Escribo desde el dolor de la sangre. De los caídos, de los que resisten, de los que intentan resistir. De los que pasan hambre ahora, de los que pasan hambre siempre. De la incomprensión, de la testarudez. Del dinero que corre por todas partes, que se lleva las vidas. Dinero pintado de rojo. Dinero acuarelado de muerte.

    Papá me dice que son dos semanas que no comen pollo ni huevo. Tampoco verduras. Que sobreviven con pan, con té, con arroz y con sardina, la que pudieron comprar y que ya se acaba. Amigos me cuentan que compraron una lechuga con Bs 10, un pepino con Bs 5. Que, a pesar de eso, tuvieron que buscar mucho. La comida se acaba.

    Mientras tanto se quema una Wiphala, se rompen puertas de comercios, se queman llantas en pleno centro de la ciudad. Se grita, otra vez, indios de mierda. Se piensa, otra vez, que mueran estos q’aras. Es la guerra infinita, la de los “diferentes”. Los que no se ven igual, los que nunca se han visto igual. Los que no lo harán. Es el rasgo de nuestra historia, la lucha de los contrarios.

    Papá me decía hace muchos años que el racismo nunca desaparecería por completo, que capaz se podría reducir un tanto, aplacar, pero que su germen siempre estaría ahí, como una bacteria dispuesta a crecer en cuanto viera la oportunidad. Somos un país enfermo.

    Yo, ingenuo, por aquel entonces pensaba que no, creía en la utopía, que se lo podía erradicar. Que el mismo presidente era un indígena, que algunos ministros también, que era el avance que todos habíamos esperado. Los años nos demostraron que no fue así. Los cambios fueron pocos. Más que todo en las respuestas acerca de nuestra identidad.

    Vuelvo a los muertos: son cuatro, son seis. Son dos. Las redes sociales nos muestran diferentes verdades, números, datos fríos. Nos confunden. Nos utilizan. Nos arrean para confrontarnos.

    El corredor humanitario, que juega a normalizarse los sábados, concluye en terror. Se habla de secuestros, piedras que rompen vidrios, dinamita que explota como una granada; de gases que ingresan hasta a las casas de adobe, con niños dentro, ahora hasta de disparos. “No se llevó armas de fuego”, asegura el vocero presidencial, José Luis Gálvez, que indica que el presunto muerto es falso, es desinformación. Horas después aparece el acta. ¿Quién miente?

    Porque sí, hay mentiras, hay relatos fantasiosos, espeluznantes, desde ambos bandos. Claro, uno de ellos no cuenta con todo un aparato comunicacional, con el presupuesto. Pero las redes, otra vez las redes, son su bastión.

    Escribo desde el miedo a lo que pueda pasar después, mañana, en una semana, en pocos días más. En la sangre que ya se está derramando, en la capacidad de los seres humanos, de los otros, de mí y de ti, de acabar con el que está al frente con tal de conseguir nuestro objetivo, sea legítimo o no, esté en lo cierto o no. Un amigo dice que “no somos hermanos” y otra amiga dice que “los aimaras también somos violentos”. Ambos discursos se reproducen intensamente, marcando el hito de las dos Bolivias, de las que están dispuestas a despellejarse por imponerse como las “reales”, las que cuentan. Eso no ha pasado ahora, viene de siglos de luchas y muertes. De cientos, de miles de muertes.

    Escribo desde el temor a lo que vendrá. El dolor ya está impregnado en todos nosotros. Nos perseguirá día a día, incluso cuando esta confrontación se termine, sea cual sea su final.

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