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    [Crónica] Las novelas de nuestras vidas

    Por: Rodrigo Villegas

    Hace unos días charlaba con alguien de muchas cosas, de la misión del Artemis II a la Luna, de si habría o no segunda vuelta por la Gobernación de La Paz, de si se habría resuelto de una buena vez el conflicto de la gasolina de mala calidad en el país, de la sesión de la Asamblea Legislativa comandada por el vicepresidente Edmand Lara que buscaba interpelar al ministro de Hidrocarburos, Mauricio Medinaceli, de la amenaza de Donald Trump de “hacer desaparecer a toda la civilización” de Irán si no se abría el estrecho de Ormuz, de nuestros trabajos, de nuestras vidas, de nuestras familias, y llegamos, no recuerdo cómo, a las novelas, mejor dicho telenovelas, que habíamos llegado a ver alguna vez en nuestras vidas, más que todo acompañados.

    Recordamos con cariño algunas novelas, esas que pasaban por la televisión nacional a diario. Esas que nos congregaban muchas veces en familia para verlas mientras compartíamos el almuerzo o el té de la tarde. Podíamos ser todos los integrantes o solo un par, pero algo lindo de ver esas historias repletas de drama y suspenso amoroso era sentir que el otro o los otros que estaban a nuestro lado compartían esa emoción, esas ganas de saber por dónde iría la trama.

    “Me acuerdo de Xica da Silva”, me contó ella, que hacía memoria y recreó a sus abuelos, a sus padres y hermanas frente al televisor encantados con aquella novela brasileña.

    “Yo veía Pasión de gavilanes”, le respondí, recordando que la historia de aquellos tres hermanos enamorados de otras tres hermanas nos tenía del pescuezo, tanto que hasta mi papá, que no era fiel a este tipo de programas, había caído en la red y gastaba una de sus pocas horas de descanso laboral en empantanarse en ese guion.

    “Con mi hermana éramos fanáticas de Floricienta”, me confesó luego una amiga a quien también le pregunté al respecto, que me dijo que en su momento aquella novela causó un furor tremendo en las niñas y adolescentes de su generación, tanto que hacían todo lo posible por imitar la vestimenta de la protagonista, su modo de hablar y memorizaban sus canciones como si fueran el Himno Nacional.

    Escarbo en mi cerebro y recuerdo Esmeralda, una de las tantas novelas mexicanas que veía junto a mi abuelita (también vimos Destilando amor): una mujer joven quedaba ciega por un incendio del que había sido salvada por un hombre muy mayor, pero que había quedado con la cara quemada al socorrer a la protagonista y por esa razón reclamaba estar con ella y así “cobrar su deuda”. Claro, no faltaba el galán de telenovela que la salvaba de aquel futuro impuesto y por el que, al final de todo, vivían felices por siempre.

    De alguna manera mi educación sentimental se vio contagiada de estas historias, con argumentos histriónicos donde el amor, en sus distintas versiones, funcionaba como el motor y leitmotiv de aquellas escenas, de esos desenlaces. Era muy difícil no pensar que la vida “real” no tendría esos matices, que en el futuro nos esperaba algo de eso, de esas tragedias cotidianas que constaba querer a alguien o ser querido.

    Con el tiempo también vi Teresa y La esclava Isaura con ella, con mi abuelita. Luego llegué a la adolescencia y dejé de acompañarle en el sillón donde nos interesábamos por una misma historia, donde, a pesar del silencio en el que nos quedábamos ambos para escuchar con atención los diálogos de los actores, estábamos juntos, compartiendo emociones. Ahora me arrepiento. Era que vea aunque sea una o dos novelas más con ella.

    Pero el tiempo pasa, así son las cosas, la vida en sí. Con los años conocí otro tipo de historias, las de papel, y fui atrapado esta vez por ellas. Recuerdo que la primera vez que me dijeron que aquellas historias largas, de muchas páginas, se llamaban novelas, fue inevitable no pensar en las de la tele: a esa palabra, novela, tuve que darle otro significado, renombrarla en mi cabeza.

    “Yo vi El Clon con mi mamá, que ya no está conmigo”, me cuenta otra amiga. “A mí me gustaban Escalera al cielo, aunque la última que vi fue Fatmagul, la turca”, me relata un amigo que también compartía aquellas historias con su abuela.

    Con la aparición de Netflix y otros servicios de streaming, la dinámica de las telenovelas se ha reducido. Es decir, por aquel entonces, cuando los televisores no eran todavía de pantalla plana y pesaban una tonelada, estos dramones los pasaban en un horario determinada, habitualmente en la hora del almuerzo, del té o de la cena, conminándote a organizarte semanalmente para no perderte ningún capítulo de la historia si es que deseabas persistir en el relato. Ahora, ya que la mayoría de estas telenovelas están en Netflix y otros, solamente debes buscar lo que deseas, ingresar y maratonear como si fuera una serie o ver uno o dos episodios, dejarlos a la mitad y volver a ellos cuando tengas tiempo. Es una ventaja, por supuesto, pero a la vez le quita mucho de esa emoción diaria del pasado, ese correr para alcanzar a la novela.

    Ahora, ya con más de treinta años y sin mi abuela, recuerdo con cariño cada una de esas historias, esas horas congregados en la sala de nuestra pequeña casa en la que disfrutábamos de aquella historias de amor, venganza o traición que nos conmovían, aquello que encontraría luego en los libros, aunque con otros matices. Éramos felices y no lo sabíamos.

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