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    [Crónica] A un paso

    Por: Rodrigo Villegas

    Ojalá esta noche gane la Selección, le dice un niño a su madre, mientras le toma de la mano en la larga fila del Teleférico Rojo. Una lluvia tenue moja nuestras cabezas, pero aquel niño sonríe impaciente por el resultado que habría de saberse horas más tarde y que le daría júbilo a un país golpeado en sus bolsillos por una economía que no se termina de estabilizar y, por lo menos en La Paz, por un paro de transporte que nos obligaba a esperar uno detrás de otro, reflejando nuestros rostros cansados en las espaldas de quienes teníamos adelante y luego en los vidrios de las cabinas que nos bajarían hasta el centro paceño. Ojalá esta noche gane la Selección, repite el niño, que ya tiene la polera verde puesta, cubierta por una chamarra roja.

    Ya en el aire, en pleno vuelo descendente, los que compartimos la cabina, apachurrados entre diez personas ante la inmensa cantidad de gente que tomó la opción de transportarse a través de la línea Roja, la charla improvisada es la misma: la decisión de los choferes de bloquear “las mil esquinas” del departamento de La Paz anta la presunta falta de resarcimiento económico por parte del Gobierno ante la carga de gasolina de mala calidad, que dañó gravemente sus vehículos y por lo que tuvieron que pagar sumas excesivas en talleres mecánicos para arreglar sus, en muchos casos, materiales de trabajo.

    Es culpa del Gobierno del MAS, de Arce, dice un señor avejentado, que tiene pocos cabellos encima de su cabeza, más que todo pelos blancos que luchan por cubrir a su modo la calva del hombre de voz molesta, cansada. Es el sabotaje, insiste.

    No, es responsabilidad de Rodrigo Paz, de sus ministros, de su ineficiencia. Cómo pues no se va a dar cuenta de la gasolina que se reparte. Señalar a la gestión anterior es desligarse del problema, ellos son los culpables, le responde una mujer un poco más joven, pero solo un poco. No discuten, por suerte, solo intercambian opiniones. Nadie más interviene, los demás habitantes circunstanciales de la cabina aprovechamos para descansar un poco encima de nuestros asientos antes de llegar a las paradas, la del Cementerio y la de la Estación Central, donde deberemos caminar kilómetros otra vez.

    Es lo que sucede: al llegar a la Vita, la puerta se abre y salimos con la resignación de emprender nuestros viajes a pie. Bajo hasta la Plaza Eguino, veo decenas de minibuses colocados en las vías para cerrar completamente el paso. Una ambulancia o un camión de bomberos no podría circular por aquí, pienso con tristeza, pero recuerdo también las historias ya de varios amigos que tuvieron que pagar de Bs 3.000 hasta los Bs 10.000 para arreglar sus automóviles, aunque algunos no lo lograron: vendieron sus vehículos como “autopartes”.

    Llego hasta la San Francisco y desde allí el clima es un tanto diferente: a pesar del paro, varios hombres y mujeres caminan con un ánimo renovado. La mayoría viste algún distintivo de la Selección de Bolivia.

    Camino, no dejo de caminar, y llego a casa. Antes, en la plaza Camacho, veo una pantalla gigante instalada en plena vía de la avenida Simón Bolívar, donde ya se prepara todo para recibir a los hinchas a eso de las 18.00, hora en la que comenzará el partido anhelado.

    Arribo a casa, abro la puerta, descanso unos pocos minutos y me pongo a trabajar, aunque es más difícil que de costumbre: mi mente no deja, así como la de la gran parte de los bolivianos, de pensar en el encuentro con Surinam, que definirá el siguiente paso de la Verde en su búsqueda de clasificarse para el Mundial de Fútbol 2026.

    Pasa una hora, luego otra y otra. En el trámite, una noticia que nos da algo de tranquilidad antes del partido es que los choferes levantan el paro tras un diálogo generado con el Gobierno. Poco a poco se reanuda el paso vehicular en las calles de La Paz. Pero las horas siguen pasando, de una en una. Hasta que se hacen las 18.00. Enciendo la TV. Como la antena no funciona correctamente para atraer la señal del canal estatal, veo el partido desde dos pantallas: acompaño la de la televisión, que es muy borrosa, con la que transmiten en una página encontrada en internet después de varios minutos de búsqueda.

    Ahí los veo, los vemos todos, a los nuestros, a nuestros emblemas verdes. Entonan el Himno Nacional y patean la pelota, se mueven: sus piernas son las nuestras, sus corazones son nuestros corazones. Los que se detienen cuando Surinam nos marca el gol, ese balde de agua helada que nos cae a todos en la cabeza, que nos provoca el desánimo, que nos recuerda años y años de fracasos, de derrotas, de humillaciones. Es como volver en el tiempo, a esa cruel temporada en la que todo nos salía mal.

    Gracias a Dios (no sé a quién más agradecerle), sucede lo contrario: la Selección se repone, se anima, el entrenador Óscar Villegas hace cambios en la alineación y permite la entrada de dos jugadores que serán fundamentales: Moisés Paniagua y Juan Godoy, ambos ofensivos, de ataque pleno. Es lo que hay que hacer, arriesgarlo todo.

    Y sucede, como una estrella que se enciende: Paniagua, entre una laguna de pies en el área chica de Surinam, puntea la pelota con una calidad inmensa, tanta que la pelota se cuela en una esquina del arco rival. Es el gol, el del empate, es la algarabía, el renacimiento de la esperanza. Es Bolivia alentando nuevamente, esta vez con más fuerza.

    Pocos minutos después se cae el cielo, es el desborde de la alegría: tras una falta a Godoy, se cobra penal, el que patea el símbolo de esta nueva camada: el gran Miguelito Terceros.

    Remata con la calidad de un crack, entendiendo que aquella pierna lleva toda la fe de los bolivianos: es el gol, el 2 a 1.

    No sucede más, pasan los minutos y Surinam ataca tímidamente, la Verde está bien parada atrás. El árbitro adiciona 10 minutos y todos nos queremos morir, de los nervios y de la rabia ante aquella decisión. Pero, gracias al cielo, no sucede más. El partido, por fin, se termina. La Selección lo ha logrado, ha dado el primer paso, uno demasiado importante.

    Los festejos nacen ahora sí en todo el país. Las plazas principales de las ciudades se llenan de hinchas, de ciudadanos adormecidos por la felicidad, pocas veces sentida, que provoca el orgullo boliviano. El Prado paceño se desborda de fanáticos que toman las vías y entonan cánticos, que se abrazan entre ellos. Que beben, que festejan. Que saben que es un momento histórico. Que todavía falta, que ahora hay que enfrentar a Irak para definir el pase al Mundial, pero nadie nos quita esta pequeña gran alegría.

    Por unas horas nos olvidamos de nuestros problemas, tanto los íntimos como los políticos, los económicos, los que nos involucra. Ya no nos importa la posibilidad de un nuevo paro, tener billetes de la serie B en nuestras billeteras o las implicaciones del incremento del precio del petróleo a nivel mundial por el conflicto entre Irán y Estados Unidos: estamos hermanados, aunque sea por un rato, en un aparente olvida llenado por esta algarabía única.

    Un día más tarde nos cuentan que el partido con Irak será el martes a las 23.00, casi a medianoche. No importa: nos preparamos desde ya para esa noche, tal vez una de las más importantes de nuestras vidas. Que pase el tiempo, que vuele, y nos trasporte de una vez hasta aquel instante. Estos días son como un mal relleno de una serie: no tienen sentido, solo queremos ver una vez más a la Verde, esta vez dando el paso definitivo. No sé, la verdad, si podremos resistir tanta alegría. Pero que llegue, que llegue el martes de una vez.

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