Más

    [Crónica] A votar otra vez

    Por: Rodrigo Villegas

    Hay que votar, pienso al despertar, mientras veo la lluvia caer por la ventana que da al patio, mientras acepto con resignación en lo mucho que tendré que caminar para llegar hasta mi casa para trabajar, ya que, por segunda vez consecutiva, me ha tocado turno en una nueva jornada electoral, esta vez por los comicios subnacionales donde los bolivianos tendremos que elegir a las siguientes autoridades municipales y departamentales.

    Debido al frío, me tomo unos minutos más antes de salir de la cama caliente, cambiarme de ropa, despabilarme, desayunar algo leve y salir, caminar hacia el colegio donde voto desde hace ya más de medio año, cuando me empadroné en El Alto. Llego, no hay mucha fila (pocas veces la hay en los que nuestro apellido comienza con V), saludo, me entregan las papeletas y un bolígrafo, me piden que pase a una esquina del aula. Deberé votar ahí.

    El espacio es pequeño, solo cubierto por una mesa y unos cuantos pupitres encimados para que nadie pueda ver por quién marcarás tu voto, a quien le darás tu respaldo para que ejerza como autoridad en los siguientes cinco años.

    Abro las papeletas y veo un montón de rostros sonrientes, de esos que te prometen que jamás te harán algún daño, que no robarán, que no contratarán a sus familiares para puestos donde seguramente no tendrán la menor capacidad para el cargo pero que lo ejercerán como un puesto de mando, con la prepotencia del caso. Solo reconozco a unos cuantos, más que todo por los pocos debates donde se presentaron, donde apenas pudieron esbozar algo de sus campañas, con propuestas inverosímiles y hasta contradictorias.

    Cumplo con lo mío, doblo las papeletas, salgo del cubículo improvisado, introduzco mi voto en las ánforas correspondientes, marco mi dedo pulgar con tinta azulada y firmo. Me devuelven mi carnet y me regalan el bien preciado de esta jornada: el certificado de sufragio.

    Salgo del colegio y, ahora sí, emprendo mi camino, uno ya contado en una crónica de las elecciones gubernamentales de 2025: repito el recorrido, que va por el camino viejo, baja por las gradas que se conectan con la Buenos Aires, El Tejar y el Cementerio. Las calles están todavía mojadas, donde solo unos pocos vehículos pasan de tanto en tanto, con la acreditación del Órgano Electoral en su parabrisas. La gente que sube y que baja camina con premura para calentar el cuerpo ante el frío de la mañana, ante el viento. Están abrigados, con las manos dentro de los bolsillos de sus chamarras. Algunos perros callejeros con los pelos mojados me ven pasar como si fuera un vecino más, no les importa mi presencia ni estas elecciones. Ellos seguirán combatiendo el clima mañana y los días precedentes. No creo que alguno de los candidatos haya pensado en ellos.

    En los colegios por los que paso noto la repetición de siempre: grupos familiares que llegan hasta sus recintos para votar y evitar las multas del Tribunal Supremo Electoral (TSE), para después comer algo en las afueras, donde decenas de comerciantes se han apertrechado en busca de generar algo de dinero a través de los alimentos que ofrecen. Otros caminan con sus mascotas, a quienes direccionan con correas de diferentes colores.

    En mi paso por el Cementerio, que está cerrado, pienso en mi abuela, que está ahí dentro. La recuerdo cuando todavía podía caminar con cierta normalidad y salíamos a votar en jornadas similares a estas. Le gustaba comer algo en el camino, más que todo algún helado o gelatina. Era fanático de lo dulce. Luego, cuando esa misma dulzura incrementó sus malestares por la diabetes, su caminar fue menguando, tanto que eligió no votar más, sino quedarse en casa a esperarnos, a escucharnos acerca de cómo nos fue, si había fila o no.

    Ya en el centro, la ciudad de La Paz se veía paralizada, como siempre pasa en estas fechas. El bullicio diario y contundente de estos lares se veía vaciado, con solo alguna que otra persona que caminaba hacia alguno de los pocos colegios cercanos para votar. Una pareja de turistas asiáticos se divertía sacando fotografías a la urbe, sonreían. La lluvia ya había pasado hace más de una hora, así que vestían ropa más liviana.

    ¿Qué pensarían de nuestra ciudad? ¿De nuestro país?, me pregunté ya a punto de llegar a casa para descansar un poco de la casi hora de caminata sin parar para luego continuar trabajando. Así es esto de trabajar en los medios de comunicación, pensé, recordando a mi padre, que cada vez que llegaba una de estas votaciones ingresaba a su oficina a eso de las 18.00 para regresar a las 05.00 o más tarde del día siguiente. Él era corrector de estilo en un periódico de alcance nacional. De eso ya ha pasado algún tiempo: ahora, cuando le escribo a mediodía para saber cómo está, me cuenta que irá recién a votar con mi hermano. Que luego descansará y verá algunos partidos de fútbol internacional por la televisión. Son los lujos de la jubilación, quisiera decirle, pero borro esas palabras del chat y le respondo que me alegra mucho, que se merece ese descanso después de más de dos décadas de trabajo continuo.

    Abro la puerta de mi casa, del departamento donde vivo en alquiler, enciendo mi computadora y me pongo a escribir estas palabras. En la noche, a eso de las 21.00, conoceremos los resultados de los nuevos alcaldes y gobernadores del país. Habrá que ver cuánto realmente cambian nuestras ciudades con estos nuevos cambios de mando. Solo el tiempo lo dirá. El tiempo nada más.

    Últimos Artículos

    spot_img

    Artículos relacionados

    spot_img