Por: Pablo Peralta M.
Muchos años después, experimentó una sensación de asombro cuando subió a la segunda planta de un cholet en construcción, aún en obra bruta. Al mirar hacia adentro, pudo imaginar las posibilidades que ofrecían ese tipo de edificaciones; al observar hacia afuera, vio “casas sencillas” y otros cholets cercanos también en construcción. El Alto había cambiado.
Nos movemos en el ámbito de la identidad. Es marzo. Hace poco, El Alto cumplió 41 años de vida, y uno de los escritores alteños que aborda aquello es Luis Raimundo Quispe. En la crónica “Ciudad Apacheta” —que da nombre a su libro de relatos publicado en 2023— nos sumerge en esas aguas para definir a su ciudad y mostrarnos, a través de su texto, el cambio de esa urbe: el paso del vacío y la precariedad a convertirse en la segunda urbe más poblada de Bolivia, donde los cholets comunican algo más que construcciones llamativas.
A través de esta crónica/ensayo, nos cuenta cómo fueron sus primeros años en esa ciudad. Nos retrata que El Alto, “en su niñez”, que corría a la par de la suya, se caracterizó por ser “el lugar del vacío”, algo que se notaba en la ausencia de vegetación, la precariedad de sus calles y construcciones, pero, sobre todo, en sus habitantes.
Y ahí nos da su primera premisa: la mayoría de las personas que iban a vivir a El Alto eran “gente derrotada”, que, aunque procedía de muchas partes de Bolivia, tenía un común denominador: el fracaso que los llevó a instalarse en esa ciudad, como los mineros relocalizados o los campesinos quebrados por las sequías del altiplano. Nos remarca que era una urbe de la cual los hijos de los derrotados deseaban irse, como alguna vez los progenitores se fueron de sus provincias.
Luego, nos lleva a octubre de 2003, cuando el entonces presidente Gonzalo Sánchez de Lozada renuncia y sale de Bolivia, un día 17, tras los hechos luctuosos. Ahí nos da su segunda premisa: en esas jornadas, El Alto vivió “un hito de gloria”, que redefinió su identidad.
“De ser el epicentro del conflicto, pasamos a ser el epítome de la fuerza que impulsó un cambio radical en nuestra historia. Los alteños en adelante nos veríamos de distinta manera a nosotros mismos y al resto”.
Después, en la lectura, damos un salto a los hechos de 2019, cuando los conflictos poselectorales derivaron en la renuncia del entonces presidente Evo Morales. En El Alto, esas jornadas se vivieron con particular singularidad, y ahí el autor nos da su tercera premisa: los dos pilares que iban a la par en el avance de esa urbe entran en contradicción.
Nuestro autor se refiere al discurso (posición política inclinada a la izquierda) y al trabajo (la actividad económica), a los cuales ve como dos pies con los que corría la urbe. Sin embargo, en 2019, cuando la situación se radicaliza en la ciudad, sobre todo por los hechos luctuosos de Senkata, experimenta algo que lo lleva a la reflexión.
Además de escritor, Luis Raimundo Quispe es panadero y relata que, debido a los bloqueos, tuvo que sortear con su familia las entregas de ese alimento en cochecitos con ruedas, que usaron en vez del minibús con el que suelen hacer las entregas. Un día, recuerda bien que el calendario marcaba el 15 de noviembre, los bloqueadores intentaron cerrarle el paso y le reprocharon por trabajar en esa coyuntura.
Nuestro autor sostiene que en 2019, el discurso se había estancado: El Alto ya no era villa miseria, sino la segunda urbe más grande de Bolivia, en cuanto a lo económico, a la población y a la cultura. Lo retrata de una forma elocuente:
“Ya no éramos la carne de cañón que podía darse el lujo de parar el trabajo por semanas. Teníamos responsabilidades. Éramos negociantes, profesionales, empresarios, artesanos, obreros y, sobre todo, emprendedores. Cargábamos con la responsabilidad de sostener la confianza bancaria que nos ayudaba a pagar los gastos de nuestras familias, nuestras casas, nuestros vehículos y hasta las fiestas que teníamos o planeábamos darnos con justo derecho”.
Luis Raimundo Quispe, en su relato, registra no solo el cambio de su ciudad, sino también de él mismo. Tras una mala experiencia que vivió en el cuartel relacionada con su origen, ya no quiere huir de El Alto, sino que desea volver a su urbe.
Al final, llega a celebrar su boda una tarde en un cholet, una de esas edificaciones que había visitado y donde había imaginado las posibilidades de este tipo de construcciones, observando afuera “casas sencillas” y otros cholets en plena edificación. “El camino no ha terminado”, cierra.
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P.D. Recuerdo aquel día, cuando, por los cortes de vías, fuimos a casa del abuelo Pepe a pie. Pasamos avenidas y calles; todo estaba paralizado. Al volver, la avenida 6 de Marzo estaba repleta de personas a los costados. Varios miraban cómo pasaban las caravanas de vehículos con gente que venía del interior; entre los recién llegados estaban los mineros, que mostraban sus dinamitas en las manos. Salimos de nuestra casa cuando Goni estaba en el poder; al volver, él ya no era presidente. Era el 17 de octubre.


![[Crónica] 31/41](https://unapalabra.net/wp-content/uploads/2026/03/EL-ALTO3-218x150.jpg)
