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    [Crónica] 31/41

    Por: Rodrigo Villegas

    Cumplo 31 un día después que El Alto, ciudad en la que viví y adoro, cumplió 41. Siempre me ha parecido extrañamente bella esa coincidencia, como si fuéramos casi gemelos a pesar de no haber nacido en el mismo hospital. Yo no nací ahí, es la verdad, no soy un alteño “legítimo”, pero me gusta pensar que tengo aunque sea alguito de su esencia en mi piel por el tiempo que dormí y desperté en ese hermoso espacio al que siempre intento volver. Así como cuando pasé una temporada en Cochabamba, me gusta pensar que jalo algo, como si fueran tatuajes, de esas casas que nunca olvidaré.

    Le cuento eso a mi papá, que llega con mi hermano a visitarme a mi actual hogar ya en La Paz, en la urbe. Llegan con una olla.

    “Es lo que pudimos cocinar”, me dicen al acomodarse en las pocas sillas que tengo en casa (el precio de vivir solo). Les agradezco mucho por el gesto. Me abrazan antes de servir los platos y almorzar mientras yo sigo trabajando, ya que es sábado y me ha tocado turno.

    Termino de publicar un par de noticias internacionales y ahora sí como en libertad: es un mix ingeniado por mi papá. El plato lleva arroz, camote, yuca, choclo tupiceño (enviado por una tía) y carnes de pollo y de cerdo. Conversamos con las bocas llenas. Hay esa confianza.

    Diego, mi hermano, me pregunta cómo me ha ido en la cancha, donde jugué hace unas horas. Le cuento que bien a pesar de estar saliendo de un resfriado que me tuvo enfermo por casi una semana.

    “Así me reciben los 31”, le digo a modo de juego. Conversamos luego de Irán y Estados Unidos, del conflicto y sus posibilidades de crecimiento. De la visita del presidente Rodrigo Paz a Miami, de su saludo con Donald Trump. Del viraje del país a la derecha, que ha comenzado cuando Paz tomó el mando de Bolivia hace ya varios meses.

    La charla va por muchos lados: por el accidente de avión en El Alto, por los fallecidos y heridos. Por la cuestión del dinero caído, por la serie B. Por el discurso incendiario del presidente Javier Milei en el Congreso de su país. Por el destino de Marcelo Martins, en si será o no convocado oficialmente a la Selección Nacional. Por la reunión del vicepresidente Edmand Lara con José Luis Lupo, el ministro de la Presidencia. Por sus últimos tiktoks. Le cuento que vi a Lara hace una semana en El Alto, en la feria, cerca de la cruz papal. Que mucha gente se sacaba fotos con él.

    Terminamos de almorzar y mi hermano se disculpa, me cuenta que debe irse porque tiene una reunión. Le pregunto si le han llamado para un trabajo donde lo recomendé, en un medio periodístico digital.

    “Todavía no, estoy a la espera. Aunque tal vez ya han llamado a alguien más”, me responde.

    “Puede ser, la verdad. Pero no te desanimes, hay que estar nomás a la espera, o seguir buscando”, le digo.

    Y es que sí, la situación en la mayoría de los medios de comunicación está difícil, con poco presupuesto para resistir (a excepción de algunos canales de televisión de jefatura empresarial), dejando a los periodistas y gente que trabaja en la noticia al borde de la desesperación. Más aún con los jóvenes, que esperan atentos a una oportunidad para ejercer sus estudios y formar algo. La cosa está más complicada conforme pasa el tiempo. Ya conozco más de un caso de colegas desempleados ante la falta de puestos laborales…

    Diego se va y me quedo con mi papá, con quien conversamos por una hora más. Recordamos a mi abuelita, mi Mamá Juana, que ya no está con nosotros. Papá me dice que la sigue extrañando, que le hace falta. Luego me habla de Dios, de que siempre deberíamos ver formas de volver a él, de no apartarnos de su camino. Él no es cristiano ahora, pero lo fue hace muchos años. Es algo que no se olvida, que siempre está ahí, como una cicatriz.

    Se hace casi de noche y salimos a la calle, papá debe regresar a casa, que ahora queda en Palca. Vamos hacia la plaza Camacho, donde un PumaKatari está a punto de salir de ahí. Me explica que está llevando en su mochila algo de los restos de carne del almuerzo para Blanco y Choco, el gato y perro de la casa. Que nunca se olvida de ellos.

    “Me iré en eso, hijo”, me dice, y me da un abrazo antes de subirse al bus amarillo. “Feliz cumpleaños una vez más”, me dice y lo veo partir.

    Afuera llueve un poco, aunque el cielo no está del todo nublado. Camino hacia el teleférico Morado, compro un boleto y me subo a una cabina. Pienso en lo normalizado que está por todos nosotros el hecho de transportarnos por el cielo casi a diario. De que otros países o departamentos no tienen ese privilegio.

    Así, mientras veo la hoyada, las infinitas casas de ladrillo amontonadas en medio de las montañas y de un cielo enorme y repleto de nubes, voy a El Alto a celebrar lo poco que queda todavía de estos nacientes 31 años.

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