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    [Crónica] La tristeza

    Foto: Ministerio de Gobierno

    Por: Rodrigo Villegas

    La noticia es la siguiente, la que rellena los portales de todos los medios informativos, la que explota en las pantallas de nuestros celulares: un avión se sale de la pista en el Aeropuerto Internacional de El Alto y termina impactando con varios vehículos que se encontraban cerca. Aquello sucede el pasado viernes por la tarde, cerca del anochecer. Los videos son terribles: la aeronave siniestrada, hecha pedazos, así como las vagonetas y los cuerpos humanos, tirados en un piso lodoso ante la granizada que había caído horas antes y que había provocado el accidente. La tristeza cayó como una bola de piedra encima de nuestras cabezas.

    Conforme se iba conociendo más del hecho, la información derivó a que la nave le había pertenecido a la Fuerza Aérea Boliviana (FAB) y que contenía mucho dinero que tenía como destino el Banco Central de Bolivia (BCB). Los billetes, cientos de ellos, terminaron regados por el piso.

    Es por eso que, primero alertados por la tragedia y luego por la inesperada caída de tanto dinero y tan cerca de ellos, cientos de personas (que después fueron miles) intentaron tomar algo de aquella planta derivada al suelo. Muchos lo lograron, extrajeron los fajos como pudieron. El control policial se hizo más intenso ante aquel hecho y se procedió a una gasificación y hasta a espantar a la gente con agua.

    Pero la gente, al parecer olvidada del dolor de ver tantos muertos (que con el paso de las horas se confirmó en la cifra de 20), hacía todo lo posible por tomar algo de la fortuna que había soltado el avión. A pesar de que el Presidente del BCB afirmó que aquel dinero no tenía valor legal, la turba, cada vez más enardecida, intentaba jalar aunque fuera un billete suelto.

    Aquello, cabe aclarar, hubiera sucedido en cualquier espacio, ya sea en Santa Cruz, La Paz, Beni, Sucre u otra ciudad o departamento. O en otro país. Es decir, no todos los días das con tanta plata a tan pocos metros de tus manos. Y más aún en la actual situación económica en la que todavía nos encontramos como país. Pero es difícil entenderlo del todo: en medio de tanta sangre, el dinero, la mayor parte de las veces, manda. La historia nos ha enseñado eso.

    En fin, ante todo aquel conflicto, en el que ya se había hecho de noche en El Alto y donde las ambulancias y forenses recogían los cadáveres y se llevaban a los heridos a los hospitales más cercanos, se procedió, por órdenes de arriba, a quemar el dinero.

    Fue lo que pasó: el humo de los billetes chamuscados llegó hasta el cielo, perdiendo cualquier capacidad para comprar lo que fuera. Es una imagen poderosa: la del dinero perdiéndose eternamente, mostrándonos que cualquier valor material es así de efímero.

    Así, el conflicto fue pasando de a poco. La gente apostada en inmediaciones de la tragedia, al ver el fuego que consumía aquel dinero, se fue para su casa, aunque muchos mostraron su molestia ante aquel hecho.

    Horas más tarde se dieron más cifras de los fallecidos, testimonios de los heridos, que ya se encontraban en hospitales cercanos. Bolivia era noticia mundial, todos los medios se encargaban de nosotros, de contar nuestro dolor.

    La tristeza permanece entre nosotros, ante un hecho que parecía más la escena de alguna película que algo que aconteciera en la realidad. Aquel dinero sobreviviente al fuego se encuentra en las casas y manos de personas que lograron tomarlo del suelo. Pero los muertos no volverán con nosotros, serán solo parte de una estadística dolorosa.

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