Foto: José Fernández
Por: Rodrigo Villegas
Y salió el sol a mediodía, la ciudad de La Paz se iluminó al son del Ekeko, que, en medio de campanillas y sahumerios, participó de la bendición de cientos, si no miles, de autitos pequeños, de casitas, de maletas, de títulos profesionales o de un bien inmueble. De salud, de alimentos, de posibles viajes al exterior. Así llegó otro 24 de enero, día oficial de la inauguración de la Alasita, la fiesta de la fe y la abundancia.
Desde muy tempranas horas de la mañana cientos de caseras ultimaron los amarres de sus carpas, la instalación de sus mesas, donde encima quedaban los diversos productos que habrían de ofrecer a la población. Las familias fueron llegando a eso de las 10.00 en adelante para comprar lo necesario y esperar hasta las 12.00, hora sagrada para ofrecer su esperanza hacia un futuro más próspero.
La avenida Simón Bolívar se inundaba poco a poco de miles de ciudadanos que habían llegado hasta el lugar para ser parte una vez de la feria de la abundancia. El sol, muy en lo alto, no mancillaba la fecha tan esperada; por el contrario, pintaba el escenario de mayor prosperidad y alegría.
Muchas familias, seguramente cansadas de caminar, se acomodaban en los lugares verdes próximos al Parque Urbano Central. Descansaban, comían algo.
El manjar preferido por la mayoría de los paseantes era el tradicional Plato paceño, que muchísimos vendedores ofrecían a cada cuadra al precio de Bs 40.
Las familias masticaban el queso frito, el choclo húmedo, la carne larga y las habas mojadas. Claro, todo con llajua, como debe ser.
Llegada las 12.00 la gente que ya había comprado lo necesario, sus deseos más fervientes para este 2026, se apostó donde los amautas, que k’oaron los productos en miniatura, con el destino de que crezcan lo suficientemente para equiparar a su tamaño normal.
Me acerqué a un banco donde un pelotón de vecinos estiraba sus manos para alcanzar los billetes que regalaban. Un hombre disfrazado de Ekeko lanzó muchos de esos billetes amarrados con otros y me llegó a mí. Será mi suerte, me dije, y, sin pretenderlo, me coloqué en la fila donde un especialista se encargaba del sahumerio.
Cuando recibí el aroma a ceniza, una mujer de la entidad bancaria me entregó más billetes de Alasita, tarjetas de crédito diminutas y un contrato de préstamo con la institución.
“Es para que este año te prestes y te vaya bien con lo que saques”, me dijo jocosa.
Me retiré de ese lugar y guardé lo regalado en mi mochila. Ahora debía pensar en eso, en un futuro crédito para una moto, una casita o un auto. Había sido señalado por la providencia.
Mientras la gente continuaba en su paso por la feria, me interné entre la multitud para intentar llegar lo más pronto posible hasta el Estadio y subir hasta la avenida Busch. Tenía un partido de fútbol y ya iba demorado.
Caminé rápido con mi mochila llena de mis implementos deportivos y los billetes de Alasita que me habían sahumado. En un año, hasta el siguiente 24 de enero, comprobaré si la providencia jugará a mi favor. Tendré fe.



