Por: Rodrigo Villegas
Al final no pasó nada. La semana que pretendía ser apocalíptica se desinfló antes de iniciar: el domingo por la tarde, la Central Obrera Boliviana (COB) y el Gobierno llegaban a un acuerdo y derogaban el Decreto 5503. Se levantaban todos los puntos de bloqueo, se interrumpían las marchas, todos prometían el regreso a la normalidad.
Efectivamente fue lo que sucedió. 2026 empezó oficialmente el lunes 12 de enero, con una ciudad de La Paz sin dinamitazos, sin petardos. Sin policías que resguardaran la Plaza Murillo, dispuestos a gasificar a todo el que se interpusiera por delante en caso de algún descontrol social. La sede de Gobierno recuperaba una paz muy pocas veces vista. El silencio que aparece, inmenso, después del huracán.
Fue así que la mayoría pudimos volver a nuestra rutina, a retomar nuestras actividades sin tener que esquivar alguna calle cerrada ya sea por efectivos del orden o mineros. Lo único, capaz, que nos detenía era una lluvia persistente que no dejó de hacer aunque sea una aparición momentánea en cada uno de los días venideros, pero nada más que eso, un poco de agua que uno podía esquivar.
Volvieron, también, las canchas.
Volví, especialmente, a una. La de Aquazul. Cuando los amigos con los que jugamos todos los sábados por la tarde dijeron que íbamos a cambiar de cancha en este año y que la elegida sería esa, que queda a pocos pasos de la Avenida Busch, una ola de nostalgia removió mi cuerpo, mi sangre.
Porque uno de los recuerdos más lindos de mi vida llegaba a mi mente después de muchos años: hace más de una década había participado de un campeonato en esa misma cancha, había salido campeón en ese piso de madera donde, a mis 17 o 18 años, había conseguido una de mis primeras medallas del primer lugar.
Pero eso no era lo especial como tal, sino que lo había logrado junto con mi hermano menor y mi papá, dado que compartíamos equipo. Era el campeonato del periódico La Razón, donde mi papá trabajaba por aquel entonces.
En la línea de talento, primero venía mi padre, luego mi hermano y después yo. Ellos, los dos, eran mucho más técnicos, tenían las pausas necesarias que a veces se necesita en la cancha, así como la pulcritud en los pases, la efectividad a la hora de rematar al arco contrario.
Yo era más de despliegue, de marcar atrás, en la defensa, y no cansarme nunca. Correr de un lado para el otro, adelante y atrás como si no hubiera un mañana. Mi papá me decía: “Vos eres un guerrero”.
Fue así que, tras varios partidos con una dificultad cada vez más alta, logramos vencer en la final, dimos una breve vuelta olímpica y nos dieron nuestras medallas. Poco antes de que uno de los organizadores del campeonato nos pasara el trofeo del primer lugar, me dijo: “Lo que han conseguido ustedes tres es de lo más lindo de la vida, con el tiempo atesorarás ese recuerdo como pocas cosas”.
Aquel momento no tomé la constancia real de lo que me transmitía, concentrado más que todo en vivir el momento, ser feliz. Ahora, con más de diez años transcurridos de aquel instante, ese campeonato toma un fulgor mucho mayor, uno que crece su brillo conforme pasa el tiempo.
De los tres, el único que todavía juega (y bastante) soy yo. Mi papá se ha retirado de las canchas hace más de cinco años, principalmente por el COVID, virus que contrajo y que lo debilitó tanto que había decidido colgar los cachos nomás. Mi hermano, por su parte, se decantó más por los videojuegos y por el trabajo, que de alguna u otra forma te comen la vida.
Pero fue imposible no vernos otra vez ahí, una década atrás, en la cancha a la que regresaba para jugar con nuevos amigos, esta vez no en un campeonato, sino en algo más leve aunque reñido, pero siempre con la buena fe que da el cariño entre todos. Vi a mi papá cabeceando una pelota y a mi hermano driblando a un rival. Suspiré y me dije que ahora debía jugar también por ellos, hacer mi mejor esfuerzo por representarlos de la mejor manera.
A veces sí es lindo regresar a los lugares donde fuiste feliz. Esta vez lo fue.


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