Por: Pablo Peralta M.
Aquel día se oyeron disparos al aire de fusiles y ametralladoras. Horas antes de la victoria, las balas escaseaban y valían más que el metal más preciado. En medio de todo, incluso se conoció la hazaña de un grupo de combatientes que resistió el ataque con balas de fogueo, “porque ya no quedaban de las otras”. Aquel día, después de la gesta, las municiones se usaron para celebrar.
Mientras resonaban disparos al aire, una muchedumbre avanzaba hacia El Alto, donde se ubicaba el aeropuerto. El jefe del partido rosado, Víctor Paz Estenssoro, retornaba después de haber estado en el exilio, en Argentina.
Un relato de cómo la gente esperó y fue a recibir al político lo podemos encontrar en “Víctor Paz Estenssoro: El Hombre y la Revolución”, quizá la primera biografía del líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Fue publicada en 1954 por José Fellmann Velarde, militante y persona cercana a Paz Estenssoro.
El autor nos advierte desde el principio que es un combatiente y que siguió al líder del partido desde su primer encuentro con él. Afirma que esa obra no es imparcial: “He procurado pintar a Paz Estenssoro tal como lo veo, y relatar su vida, como la he seguido”.
Aquella jornada, después de tres días de batalla, las fábricas se paralizaron y la cúpula del partido rosado lideró la marcha hacia El Alto. El autor narra que, en el recorrido, se escuchó la estrofa: “Viva el movimiento / Gloria a Villarroel / el Paz Estenssoro / ya está en el poder”.
En el trayecto se podía vislumbrar a campesinos con ponchos, cuyos tambores y zampoñas acompañaban el recorrido. En tanto, mujeres de pollera aprovecharon la ocasión para abrir puestos de venta, donde artesanos, comerciantes y desocupados se detenían para “reparar fuerzas o a aclarar la garganta”.
Entre los que subían se encontraban el modesto chofer que llevó en hombros hasta la plaza Murillo a un general sin botas que se rindió; el lustrabotas que capturó una ametralladora en la base aérea e hizo creer a los del otro bando que estaban rodeados; el grupo de hombres que resistió el ataque de un regimiento con balas de fogueo; y los mineros de Milluni, con sacos amarillos, “que habían decidido la victoria en El Bosquecillo”.
Después de que el reloj marcara el mediodía, la explanada que rodeaba al aeropuerto se llenó de gente y empezó a sentirse una sensación de aprensión, mezclada con orgullo. El autor lo explica de esta forma: “Aprensión porque todos aquellos cientos de miles que esperaban a Paz Estenssoro, con el fusil oloroso todavía a pólvora quemada, habían sufrido mucho, en sus padres, en sus abuelos, en su Patria, y habían sido decepcionados muchas veces; orgullo, porque se sentían los autores de la victoria”.
Cuando el avión apareció en el cielo, hubo silencio… luego, sollozos. Una vez que la nave aterrizó, se vio en la puerta a Paz Estenssoro, quien, conmovido, agitó las manos y abrió los brazos. La multitud —dice el autor— derribó las cercas, arrolló a los dirigentes del partido y arropó al recién llegado.
Aquel día, en brazos de la multitud, llegó Paz y entró en la ciudad. Aquel día se oyeron disparos al aire de fusiles y ametralladoras. Aquel día, después de la gesta, las municiones se usaron para celebrar… Era la revolución. Era abril del 1952.
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Un libro interesante sobre la Revolución Nacional, planteado en clave pedagógica, fue publicado en 1970 por el Mago Baptista. Su título es “Páginas para la Revolución”. Siempre me ha sonado a algo parecido a unas “cartas a un joven revolucionario”, a la manera de—y salvando las grandes diferencias— “Cartas a un joven novelista” de Mario Vargas Llosa.


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