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    [Crónica] El Carnaval

    Foto: Viceministerio de Turismo

    Por: Rodrigo Villegas

    Y llegó nuevamente el Carnaval, fiesta de baile, alcohol y tradición. Algunas fuentes cuentan que se festeja desde la época precolombina, con el pueblo Uru como protagonista: al parecer en Oruro ya realizaban ceremonias previas a la invasión española, a la que resistieron a través de la perseverancia en sus rituales donde los dioses andinos suyos eran “ocultados” en la simbología religiosa impuesta. Luego, de a poco, se fue armando el Carnaval que ahora todos conocemos.

    El sábado, por ejemplo, después de los destructivos jueves de Comadres y viernes de ch’alla de oficinas, el centro paceño se ve desbordado de adolescentes, jóvenes y niños acompañados por sus padres que visten ponchos transparentes que los cubren del agua con el que se mojan. Utilizan globos, chisguetes y espumas para atacarse en el tradicional Corso Infantil, que logra durar casi hasta el atardecer.

    Se cierran los carriles del paso vehicular, obviamente. Hay prioridades, y una de ellas es la fiesta.

    Como debo hacer unas diligencias en la tarde en El Alto, camino entre ellos para encontrar un minibús que me lleve hasta esa ciudad. Por suerte nadie me moja, no lo intentan. Ya soy todo un señor. Hay una nostalgia extraña en esa afirmación.

    Llego hasta la urbe alteña, a la Ceja, donde el comercio es mayoritariamente carnavalero: mixtura, globos, serpentina y otros insumos para la ch’alla, que es un ritual andino de reciprocidad con la Pachamama, donde se le regala alcohol y otros adornos para una futura bendición. Mientras camino veo que en todo lado se está bebiendo: en la calle, en las casas, en las tiendas. Donde se pueda.

    Incluso hay calles cerradas por tarimas instaladas para la llegada de grupos musicales que amenizarán la fiesta. Y, claro, ya muchos hombres ebrios dormidos en sus sillas de plástico o en el pavimento.

    Es el desborde, es la alegría llegada hasta los máximos extremos.

    En La Paz el escenario es el mismo. Cuando regreso a la ciudad a través del Teleférico Rojo, veo desde la cabina que la bebedera persiste en toda la bajada, en las laderas y hasta en puertas del Cementerio General. Es una locura.

    Ya en la Vita, en el trayecto hacia la Pérez, decenas de grupos de personas con chalinas de serpentina se reúnen delante de sus tiendas para compartir latas o botellas de cerveza. De tanto en tanto hacen reventar cohetillos. Sus hijos, mientras tanto, juegan con agua, se lanzan barriles y se llenan los cuerpos de espuma. El clima caliente ayuda en esta circunstancia. Salió en sol en La Paz.

    Así se lleva adelante el Carnaval. En pocas horas será la Farándula, donde cientos de pepinos y personas disfrazadas de otras cosas reventarán el Prado paceño otra vez, así como este sábado de corso. Luego, el lunes, vendrá el Jisk’a Anata y el martes de ch’alla de casas y autos dará fin a esta celebración, que solo terminará por concluirse del todo al pasar el Miércoles de ceniza y el posterior entierro del pepino, en algunos días más.

    Y es que a los bolivianos nos encanta estirar la fiesta lo más que podamos. Mi papá siempre decía que el año comienza recién como tal cuando se termina el Carnaval.

    Claro, la locura máxima siempre será Oruro, el alma de esta fiesta. Tuve el gusto de estar ahí hace unos años y a pesar de no ser un fanático de la música folclórica ni de las entradas como tal, me quedé embelesado con el ingreso de las fraternidades, con su energía al bailar, con sus vestimentas, con su capacidad de organización y esfuerzo al bailar tanto y por tantos kilómetros. También con el Festival de Bandas, donde grupo tras grupo de trajes coloridos ingresaba a sus tarimas para entonar ritmos increíbles. Es como que hubiera algo en el aire, algo que te contagia y te llena de vida.

    La bebedera también es intensísima, por supuesto. Viene de la mano del Carnaval.

    Lo cierto es que, le guste a quien le guste, esta celebración genera un movimiento económico millonario para el país, considerándose una de las fiestas más importantes de toda Bolivia, ya que se festeja en todos los departamentos. Además, la UNESCO la ha reconocido como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, llevando al Carnaval hasta el pináculo de la memoria nacional e internacional.

    Eso es digno de celebrar. Y qué mejor que en este Carnaval. Salud.

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