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    [Artículo] Kapuscinski y la guerra, de primera mano

    Por: Pablo Peralta M.

    “Recuerdo más el comienzo que el final de la guerra”. La frase forma parte del primer relato de La jungla polaca, el primer libro de Ryszard Kapuscinski (K). Podría ser el comienzo de una novela, pero en este caso es el inicio de un libro de relatos de no ficción, en el que el autor le toma el pulso a su Polonia a través de historias y personajes.

    Sin embargo, al contar sobre “la Polonia profunda”, el autor deja entrever el trasfondo de la II Guerra Mundial precisamente en ese país, cuya invasión, en 1939, fue el inicio del conflicto bélico.

    De primera mano, K relata cómo percibió, siendo niño, el inicio de la guerra: 12 puntos de plateados destellos en un cielo azul de verano del 39, estallido de bombas junto a un bosque cercano y la advertencia de su madre de que no fuera por ese rumbo, porque “ahí está la muerte”.

    Pero la vida, o más bien el cotidiano vivir, se convertiría para nuestro autor, desde ese inicio, en no tener zapatos (“Durante toda la guerra soñé con un par de zapatos”, confiesa), ni comida y siempre estar en modalidad de huida. Por eso no sorprende que, cuando finaliza el conflicto bélico, K afirme sin ambages: “Cuando se acabó la guerra, yo no conocía más que el infierno”.

    En los relatos, cuando K se adentra en la Polonia profunda, deja entrever las marcas del conflicto. En los reportajes desfilan desde dos ancianas que se escapan de un asilo en busca de recuperar sus dos casas, las cuales, tras la guerra, quedaron en otra jurisdicción (y, por supuesto, ya no eran suyas); pasando por un agricultor que, a su modo, cobra venganza de los invasores, en pleno conflicto armado, tras ser obligado a transportar piedras; y hasta los Nana, jefes originarios de África, con quienes tiene un encuentro y les explica que Polonia no tiene colonias y que más bien, durante la guerra, padeció “el peor de los colonialismos”. (En el libro también hay textos sobre distintos personajes y hechos no necesariamente ligados a la guerra).

    Precisamente, en “La jungla polaca”, relato que le da título al libro, a muchísimos kilómetros de su Polonia, le toca responder a preguntas de jefes originarios de Ghana, quienes están asombrados de que provenga de un país blanco que no tenga colonias. En su forma de pensar, un país blanco es colonialista. Es en ese encuentro donde K les comenta que su Polonia no es de ese tipo, ya que incluso en la II Guerra Mundial fue colonia del invasor, y les dice algo más:

    “Tengo mucho respeto por vuestros sufrimientos, pero debo deciros que lo nuestro fue terrible: había tranvías, restaurantes y barrios ‘Sólo para alemanes’. Había guerra, ejecuciones, campos de concentración… Vosotros no sabéis lo que son campos de concentración, ni guerras, ni ejecuciones. Aquello se llamaba ‘fascismo’. Es el peor de los colonialismos”.

    En los textos, un elemento que muestra un contraste marcado está relacionado con el pan. Años después del fin de la guerra, cuando hace un reportaje de los estudiantes de la universidad, cuenta cómo se las arreglan para seguir en la residencia pese a ser expulsados y cómo logran conseguir comida en el comedor, donde el pan es lo que hay en abundancia. “Por la mañana, hay que agenciarse un desayuno en el comedor de la residencia. Los compañeros darán la mitad del suyo, el pan es lo de menos, siempre hay de sobra”, le cuenta uno de los desviados.

    K evoca que, durante su niñez, no conocía el pan y que su mamá solía juntar agua y harina y las llevaba a la plancha para preparar lo que llamaban podplomyk (llamita). Por eso, cuando un día su papá compra media hogaza de pan y vuelve a su vivienda, junto a su hermana lo observaban desde la ventana, y K comienza a llorar al ver la pieza. “Fue aquella la única vez en mi vida en que supe lo que era la felicidad”.

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    P.D. En medio de uno de los relatos, Kapuscinski revela que está copiando los datos de un libro aún no escrito sobre la guerra. A mí me pareció un guiño al “Doble taller” de los “Cinco sentidos de periodista”, que muchos años después se editará por este lado de mundo.

    Foto: Anagrama

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