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    [Crónica] La repartija sin relato

    Imagen: Generada con la IA Grok

    Por: Carlos Decker-Molina

    Luego de haber observado la interminable guerra en Ucrania, la captura de Maduro en Venezuela, el avance silencioso de China. La aparición de gestores políticos antes que políticos con ideología, me permito advertir que está en marcha una repartija mundial sin las ideologías del pasado siglo XX.

    Esta idea se confirma con la intención trumpista de apoderarse de Groenlandia. Y, por el desprecio a las normas internacionales y sus instituciones. EE.UU. abandona 66 agencias de desarrollo, incluido el tratado de la ONU sobre clima.

    Siglo XX

    Durante buena parte del siglo XX, los imperialismos no solo disputaban territorios o zonas de influencia. Disputaban “estilos de vida” o quizá sentidos. Cada uno se presentaba como una promesa civilizatoria, un modelo de vida, una forma superior de organizar la sociedad. El poder no avanzaba solo con ejércitos o dinero, avanzaba empaquetado en cultura.

    Estados Unidos ofrecía libertad individual, consumo, movilidad social, cine, música, bienestar. Hollywood no era un adorno, era parte del dispositivo ideológico. La vida americana se exportaba como aspiración.

    La Unión Soviética respondía con otro relato: Solidaridad colectiva, igualdad material, soluciones de conjunto. La libertad no era individual, sino administrada por la homogeneización económica. Dos imperios, dos culturas, dos promesas, dos estilos de vida diferentes. Ese mundo ya no existe.

    Siglo XXI

    La repartija que hoy se despliega no necesita relato cultural. No seduce, no convence, no propone modelos de vida. Se ejecuta. El poder ya no se molesta en parecer deseable, le basta con ser eficaz.

    Un reparto sin tratado ni escenografía.

    No habrá un nuevo Yalta.
    No habrá fotos históricas ni firmas solemnes.
    La repartija del mundo ocurre sin ceremonia y sin acta final.

    A diferencia de las grandes divisiones del pasado, este nuevo orden no nace de una guerra total ni de una victoria indiscutida. Nace del desgaste, de instituciones fatigadas, democracias frágiles, reglas que siguen existiendo, pero, ya no protegen.

    Tres imperios

    Tres grandes polos estructuran este proceso. No son bloques ideológicos, son simplemente centros de poder operativo. Su lógica no es convencer, sino condicionar. Hay todavía quienes miran a esos tres polos como si fueran representación de mejores sociedades, de culturas más aceptables; esos individuos no se han sacado los espejuelos del Siglo XX. Los tres imperios no tienen ni siquiera un relato que remplace a la ideología.

    Estados Unidos: Poderío militar y autocrático

    Estados Unidos sigue siendo la principal potencia global, pero ya no siente la obligación de explicar su liderazgo. Ya ni habla de la democracia ni siquiera cuando le conviene. Negocia con autócratas cuando es necesario y rompe reglas democráticas o leyes internacionales cuando las considera un obstáculo.

    Antes exportaba un estilo de vida. Hoy exporta autoritarismo, fuerza, burla, bullying.
    Sanciones, presiones financieras, control tecnológico, intervención indirecta. No ocupa países, lo obliga al encuadre. Su poder no necesita banderas ni discursos, funciona por dependencia.

    La libertad individual ya no es un mensaje central. El bienestar dejó de ser promesa universal. El poder estadounidense actúa sin pedagogía y sin culpa. Atropella sin disimulo.

    China: Eficiencia sin relato

    China nunca pretendió seducir culturalmente a Occidente. Hoy ni siquiera lo intenta. No ofrece democracia, ni derechos, ni identidad. Su “comunismo” es menor que su capitalismo de Estado. Ofrece infraestructura, crédito y previsibilidad.

    Puertos, carreteras, minerales estratégicos, redes digitales. Donde llega, no habla de valores, habla de contratos. Su poder no se legitima cultural ni políticamente; se naturaliza por necesidad.

    China entendió algo que otros olvidaron, en un mundo cansado de promesas, la eficiencia es suficiente. No necesita convencer, le basta con que no haya alternativas. Y deja el nudo ciego en la garganta de sus deudores.

    Rusia: La cultura de la fuerza sin justificación

    Rusia tampoco empaqueta su poder. No propone un modelo exportable. No promete bienestar ni futuro. Su mensaje es más simple y brutal, es decir, las reglas, los acuerdos y las fronteras pueden romperse.

    Su poder no se mide por prosperidad, sino por capacidad de desorden. La guerra vuelve a ser su lenguaje central. No para construir un nuevo orden, sino para impedir que otros lo consoliden o lo intente construir como Georgia o Moldavia para no citar a Ucrania.

    No hay pedagogía, solo advertencia.

    La ruptura histórica

    Aquí está la ruptura histórica, porque los “nuevos” imperios ya no necesitan cultura ni ideología ni tan siguiera política. No necesitan convencer a las sociedades, solo gestionar gobiernos. No necesitan ganar corazones, solo controlar nodos estratégicos.

    La ideología, entendida como promesa de sentido colectivo, ha sido reemplazada por la administración del poder. El mensaje es implícito, o te adaptas o quedas fuera.

    Europa y las zonas grises

    Europa queda atrapada en una posición incómoda. No es imperio, pero tampoco periferia. Tiene instituciones, economía y valores, pero carece de poder duro unificado. Su riesgo no es la invasión, aunque Groenlandia es parte de Europa porque pertenece a Dinamarca un país escandinavo miembros de la UE y de la OTAN. El verdadero riesgo es la irrelevancia progresiva.

    América Latina, África y parte de Asia vuelven a ocupar un lugar conocido, vuelven a ser espacios de disputa, proveedores de recursos, apoyos, halagos, piropos y también de mano de obra. No deciden la repartija; la padecen.

    Instituciones sin autoridad

    Las instituciones internacionales siguen en pie. El edificio de la ONU permanece en la Primera Avenida de Manhattan. El ritual de la Asamblea General, continua. Pero la ONU ya no arbitra. El derecho circula, pero sin fuerza. La democracia persiste, pero cercada.

    La repartija no necesita abolir las reglas. Le basta con llegar antes que ellas.

    Un mundo sin explicaciones políticas

    Esta es la señal de la época. El mundo se reparte sin relato compartido. Sin árbitros y sin testigos porque la prensa esta cada vez más cercada por el poder, el autoritarismo y el fragmentarismo digital. Es una prensa que pierde vigencia, la insultan mandatarios y los otros.

    Cuando el poder deja de justificarse, la historia deja de explicarse. Solo se administra. Y cuando la historia se administra sin cultura, sin ideas y sin límites, los costos no los pagan los imperios, sino las sociedades que quedan atrapadas entre ellos.

    El peligro imperialista del Siglo XXI no se disfraza ni busca explicaciones políticas, ocupa instituciones, vacía el lenguaje, normaliza la arbitrariedad y luego penetra como si fuera una solución.

    ¡Qué mal comenzamos el 2026!

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