Foto: White House
Por: Carlos Decker-Molina
No toda amenaza militar anuncia una guerra; algunas anuncian una época. Los bombardeos de EE.UU. a Venezuela son el nuevo belicismo de Trump, no debe leerse como un gesto aislado, ni como un arrebato personal. Es un síntoma. Un indicio de que el mundo ha entrado en una fase donde el poder ya no se justifica: Se ejerce. Donde la ideología no desaparece, sino que se disfraza de “sentido común estratégico”.
La pregunta —qué busca Trump— es menos ingenua de lo que parece. Porque obliga a separar el discurso de la estructura, la moral de la materia.
I. Democracia: una palabra útil, no un principio
Si la democracia fuera el objetivo, el método sería otro. La historia reciente desmiente la coartada: Trump no es un cruzado liberal; es un negociador duro que admira a los hombres fuertes y desprecia los límites. Apoya o tolera regímenes autoritarios cuando le son funcionales y desprecia a las democracias cuando le estorban. La democracia, en su léxico, es una palanca retórica, no un horizonte normativo.
En ese marco, Venezuela no es una excepción: Es una oportunidad. La democracia sirve para nombrar la intervención; el poder sirve para ejecutarla.
II. El petróleo y la tabla periódica del poder
Venezuela concentra dos activos decisivos del siglo XXI: petróleo y minerales estratégicos. La Faja del Orinoco y el subsuelo cargado de coltán, oro y bauxita no son anacronismos fósiles: son la base material de la guerra tecnológica global. En un mundo que reordena cadenas de suministro y reduce dependencias, la soberanía de los recursos se vuelve un problema para los imperios tardíos.
No es ideología: es geoeconomía. No es democracia: es control.
III. El atajo institucional
La Constitución de Estados Unidos reserva al United States Congress la potestad de declarar la guerra. La práctica, desde Corea hasta Siria, demuestra otra cosa: “operaciones limitadas”, autorizaciones ambiguas, hechos consumados. Trump gobierna desde el atajo. Actúa primero, explica después. Sus bombardeos, serán expansivos en el efecto, y los presentará como necesidad de seguridad y lucha contra el narcotráfico.
La legalidad no detiene al poder cuando el poder se siente autorizado por el dicatador.
IV. El regalo al adversario
La intervención externa tiene un efecto conocido en América Latina: unifica lo que estaba fragmentado. Un ataque a Venezuela produciría solidaridad transversal, incluso entre quienes hoy rechazan a Nicolás Maduro. El nacionalismo defensivo clausura la crítica interna. La represión se vuelve “defensa”. La propaganda encuentra su enemigo perfecto.
No hay error más grande —ni más repetido— que creer que las bombas aceleran la democracia. La historia enseña lo contrario: la retrasan.
El gobierno latinoamericano que no abra la boca y deje de condenar la acción militar de Trump se descalificará automáticamente porque pasará a ser parte de la estrategia del nuevo amo.
V. MonroeTrump 2.0
No estamos ante la Doctrina Monroe clásica. Estamos ante su mutación cínica. MonroeTrump 2.0 no promete protección; exige alineamiento. No busca influencia cultural; impone obediencia estratégica. Rechaza el multilateralismo, desprecia a Europa y trata a América Latina como zona de tránsito entre recursos y mercados.
Aquí no hay misión ni tan siquiera política. Hay contabilidad de poder.
VI. La administración de las guerras
Vendrá un tiempo —ya está llegando— en el que las guerras no se declararán: se administrarán. No se dirán imperiales: se dirán necesarias. No hablarán de conquista, sino de “orden”. Y muchos, cansados del caos, aplaudirán.
Pero hay una ley que el poder olvida cuando se cree eterno: toda intervención que se disfraza de democracia termina erosionándola, incluso en casa. El imperio que actúa sin límites exporta violencia y reimporta autoritarismo. Empieza lejos y termina cerca.
Venezuela puede ser el laboratorio. América Latina, el escenario. Y Occidente, el paciente que confunde fuerza con destino.
Cuando la democracia se usa como coartada, deja de ser promesa y se convierte en ruina. Y entonces —como siempre— no será la historia la que absuelva, sino el silencio el que condene.
Mi posición es clara.
Cierro esta crónica con algo que escribí cuando TRUMP envió sus naves a la costa cercana a Venezuela.
En mi vida de periodista me tocó cubrir la invasión de EE.UU. a Panamá estuve entre otros con el entonces reportero internacional de Página 12, Walter Goobar.
- Repudio la invasión rusa a Ucrania. En 1994, Ucrania firmó el Memorando de Budapest y renunció al tercer arsenal nuclear más grande del mundo, a cambio de garantías de Rusia, EE. UU. y Reino Unido de respetar sus fronteras. Moscú violó ese pacto.
- Repudio la masacre y el hambre infligidos a la población de Gaza. Condenar esos crímenes no es antisemitismo, es simple sentido de justicia.
- Repudio los bombardeos contra Irán, aun repudiando al mismo tiempo al régimen teocrático que oprime a mujeres y jóvenes.
- Repudio los bombardeos perpetrados contra Venezuela, pese al carácter dictatorial y asesino de su gobierno.
El 24 de febrero de 2022 transformó al mundo: esa invasión rusa a Ucrania. Putin pateó el tablero del derecho internacional, que funcionaba mal, pero existía.
La llegada de Trump a la presidencia de EE. UU. profundizó la distorsión: fantasea con una Guerra Fría 2.0, mientras favorece el imperialismo de Putin a cambio de que deje tranquilo el “patio trasero” de Washington.
Y para colmo me llega la noticia del terremoto en México que también me trae recuerdos porque fui enviado especial cuando desapareció el barrio Tepito, el 19 de septiembre de 1985. Kerstin Bodell la corresposal de EKO y yo pasamos una noche en el patio de un hotel del que ya no recuerdo el nombre.
¡Qué mal comenzamos el 2026!


![[Crónica] La captura de Maduro](https://unapalabra.net/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2026-01-04-at-12.50.36-PM-218x150.jpeg)
