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    [Análisis] Frente al año de las decisiones incómodas

    Imagen: Generada con Chatgpt

    Por: Carlos Decker-Molina

    El año 2026 no será un año de grandes promesas.
    Será, más bien, un tiempo de ajustes forzados, decisiones incómodas y verdades que ya no pueden seguir postergándose.

    En Europa, el problema ya no es solo económico. Es político. Hay una alarmante escasez de ideas y una política temerosa frente a su antiguo aliado estadounidense, hoy capaz incluso de fantasear con integrar a su territorio la gran isla danesa de Groenlandia.

    El continente enfrenta una combinación peligrosa: crecimiento débil, fatiga social, migración desordenada —un tema que dejó de ser patrimonio exclusivo de las derechas— y una guerra, la de Ucrania, que ya no ocupa los titulares, pero sigue determinándolo todo.

    Los enemigos de Europa trabajan para erosionar su frágil unidad.
    Entre Putin y Trump, y una ultraderecha apadrinada por ambos, ya no se grita desde los márgenes: se gobierna o se cogobierna, como ocurre en Suecia desde donde escribo. Prometen orden, identidad nacional y protección, pero lo hacen vaciando el lenguaje democrático desde dentro.

    El dilema es claro: o el derrumbe definitivo de la unidad europea, o la construcción de una nueva cohesión basada en mayorías políticas reales y conscientes.

    Pero Europa enfrenta también una crisis más silenciosa: el nuevo oscurantismo. Gran cantidad de información que no siempre hace justicia la verdad ni siquiera a la media verdad. Y …

    La debilidad de los partidos tradicionales —socialdemocracia, socialistas, liberales, democracia cristiana— ha dejado un vacío peligroso. Cuando los partidos pierden identidad, la política se vuelve improvisación, marketing y reacción. Y cuando la política se vacía, el miedo ocupa su lugar.

    Europa está mal. Y 2026 no será el año en que resuelva sus problemas de fondo. A la Unión Europea le espera un camino largo, áspero y lleno de tensiones.

    América latina

    En el nuevo continente, el panorama no es más estable, aunque sea distinto.
    La región entra en 2026 con economías frágiles, Estados debilitados y sociedades profundamente fragmentadas. La desigualdad persiste, pero ya no explica por sí sola el malestar. Lo que crece es la desconfianza: la sensación de que nadie representa a nadie.

    Emergen liderazgos que prometen soluciones simples a problemas complejos: mano dura, antipolítica, desprecio por las instituciones; a veces con rostro militar o paramilitar. Algunos se presentan como salvadores, otros como gerentes eficientes, otros como vengadores históricos. Todos coinciden en algo: desconfían de la democracia como proceso, aunque utilicen las urnas como atajo.

    América latina enfrenta un dilema profundo: la confusión entre identidad y clase, especialmente en países con mayorías indígenas. En otros, la rabia de abajo se transforma en proyecto de arriba, sin ideología y sin partidos. El voto deja de ser construcción colectiva y se vuelve un gesto reactivo, convencido de que la deconstrucción es sinónimo de cambio.

    A esto se suma el retorno de la Doctrina Monroe, ahora en su versión MorroTrump 2.0.

    El otro gran conflicto es la aparición de la extrema derecha como solución. Sin duda el crecimiento de esas corrientes y el voto de los “pobres” por ellas no es porque la gente sea ignorante. En algunos sitios más en otros hay inseguridad, es patente la pérdida de estatus porque las clases medias en ascenso, no quieren volver a la pobreza; la sociedad esta desordenada y hay una sensación general de ausencia de ideas y programas comunes.

    La izquierda habló de identidades olvidándose que una identidad puede alojar diferentes clases, se ocupó del lenguaje, moralizó y censuró la política.

    Los otros, es decir la derecha y sus muchas expresiones hablan de gestión, de corrección moral donde entra la religión y la eficiencia del mercado. Y, esos pobres que subieron en la escalera social y económica quieren eficiencia, sobre todo y proyectos comunes. El neoliberalismo infectó las “venas abiertas de América latina”.

    La política no tolera el vacío.

    Cuando las sociedades se cansan de pensar, alguien piensa por ellas.
    Cuando renuncian a la duda, aceptan el dogma.
    Cuando el miedo se vuelve rutina, el autoritarismo deja de parecer una amenaza y empieza a parecer una solución.

    Porque cuando la política abdica, no gobierna la razón sino el instinto.
    Cuando el lenguaje se vacía, la violencia aprende a hablar.
    Y cuando la democracia se convierte en un trámite, el poder deja de pedir permiso.

    No será el fin del mundo. Será algo más grave:

    La normalización del miedo, la obediencia sin preguntas, la renuncia a imaginar lo común.

    Y entonces, cuando ya no quede nadie a quien culpar,
    descubriremos que el futuro no fue robado:
    fue entregado,
    poco a poco,
    en nombre del orden,
    de la seguridad,
    y de una paz que nunca llega.

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